DE GITANOS Y SOLEDADES

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Arta estaba sudando. Llevábamos más de dos horas caminando en el mercado de pulgas de Neukölln tratando de comprar una bicicleta de segunda, por máximo 15 euros. El sol estaba en el cenit y quemaba como recoger una moneda que ha caído sobre un fogón prendido: 39 grados a la sombra. Cinco de la tarde, cielo sobre Berlín totalmente despejado.

Andábamos despacio, aplastadas por el sol, deteniéndonos en cada tienda a inspeccionar los objetos sobrevivientes de múltiples naufragios. No muy diferentes eran sus dueños. Mujeres con la cara quemada por el sol y el viento, con las líneas de sus travesías dibujadas en el rostro y los golpes de la vida en la falta de dientes. Usaban cuatro o cinco vestidos al tiempo sin importar el calor, al mejor estilo de las cebollas cabezonas y con su mismo olor.

También había hombres luciendo piezas de oro entre dientes podridos, manos negras de tierra y estiércol, pieles curtidas por años cruzando fronteras y cicatrices en cualquier lugar del cuerpo escondidas bajo tatuajes caseros. Junto a ellos, hordas de niños con las caras sucias, los mocos secos y las rodillas sangrantes, detenidos en el tiempo sin tiempo de los días soleados.

Frente a estos gitanos estaban las cosas que ofrecían, tiradas en el piso, como la basura que deja el mar cuando baja la marea.

Caminar por el mercado era recorrer el mundo.

En nuestro viaje era Arta quien regateaba con los vendedores en alemán pero, una vez reconocía su nacionalidad, lo hacía en kosovar, albanés o serbio. Casi todas las personas eran gitanas nacidas en esa zona de los Balcanes.

Para ella entender esas lenguas era tan natural como recordar que nació en Prístina, ciudad que primero perteneció a Yugoslavia, luego a Serbia y Montenegro, más tarde solo a Serbia y finalmente a Kósovo. Sin contar las innumerables peleas de Albania reclamando ese territorio.

A pesar de detestar a los gitanos Arta parecía uno de ellos.

Era nómada sin mover un pie de su ciudad natal. Cuatro países distintos habían sido alguna vez su patria. Fue solamente la necesidad de huir del yugo paterno lo que la impulsó, por primera vez, a viajar en línea recta desde Prístina hasta Berlín.

Ahora mismo eso no importaba. Simplemente éramos dos mujeres físicamente bastante parecidas, metidas en el mercado de pulgas más grande del barrio inmigrante de Berlín tratando de comprar una bicicleta y un ventilador. Por supuesto, cada una era libre de llevarse cualquier baratija pero, nuestro proyecto en común como compañeras de piso, era conseguir esos tesoros entre las montañas de basura descolorida y expuesta al sol que había en el mercado.

A simple vista todo aquello parecía un patio de reciclaje. Estaba lleno de cosas como vestidos de seda con olor a esencias y sudor humano, bebes de caucho sin un ojo, oro falso, uñas postizas con paisajes dibujados, libros incompletos o rasgados, camisas manchadas en las axilas, elementos usados de odontología y hasta dientes y retretes raspados. Por supuesto, también abundaban las bicicletas “de propiedad pública” y los apetecidos ventiladores para el verano.

El tiempo pasaba y el calor no mermaba. A pesar de ser las seis de la tarde, el sol seguía firme como la yema de un huevo frito en la mitad del cielo. En verano los días no tenían fin.

Al cabo de un rato decidimos sentarnos y tomar una gaseosa con un pan turco de semillas. Mientras comía vi a lo lejos una fotografía familiar a blanco y negro. Era un grupo numeroso que incluía los abuelos, los primeros bisnietos y las generaciones intermedias. Todos sonreían y estaban vestidos muy prolijamente. Hasta los bebes más pequeños llevaban corbatines y miraban a la cámara.

Las diferencias entre los rostros de los vendedores y quienes posaban en la foto no eran grandes. Las facciones de todos eran hermosas. Como si aquellos gitanos fueran descendientes de los abuelos del Génesis. La historia de una familia que olvidaba su pasado y remataba sus recuerdos en el pulguero.

Como si leyera mis pensamientos Arta se levantó y compró la foto por 25 céntimos. Era su primera adquisición de toda la tarde.

TURCOS EN BERLIN

Luego, llevada por un impulso regateador caminó hacia unos turcos y negoció –usando sus grandes pechos− una monareta con canasta por 18 euros. La bicicleta estaba llena de calcomanías. Desde donde yo estaba sentada podía verlas porque su papel brillante reflejaba los rayos del sol. El vendedor intentó quitar una y lo logró hasta la mitad. Bajo la calcomanía relucía otra y otra más.

Cerré los ojos y permanecí sentada, incapacitada para levantarme, derritiéndome lentamente mientras evocaba la imagen de la calcomanía de Batman que tenía pegada en mi habitación de la infancia.

Al regresar Arta estaba tan sonriente que se notaban sus grandes colmillos de triángulo invertido. Venía con la bicicleta y un regalo para mí: un peluche al que se le salía el relleno por la cola y tenía un botón por ojo.

–Es para que te acompañe en tus noches de tristeza. Ahora que andas en una relación por skype.

No era su primer regalo, pensando en el novio que por aquel entonces yo tenía al otro lado del Atlántico. Durante la Navidad, me había regalado una verga plástica tan grande como una lámpara de lava, de origen brasilero y nombre Marchelo Everardo, según la información de la caja.  Me pareció enfermiza la obsesión de los europeos por las nacionalidades.

Al lado de Marchelo el peluche era un detalle de infinita ternura. Agradecí el regalo con un fuerte abrazo. Hasta ese momento, no había notado la falta que me hacía tener un oso polvoriento y roto. Un objeto cualquiera para rehabilitar.

Al llegar a nuestra casa nos invadió el olor a curry que se escapaba bajo la puerta de nuestros vecinos. Los Indios jamás se escuchaban, pero se encargan de perfumar diariamente el edificio con su presencia. Era inevitable que todo me supiera a curry incluso antes de probar.

Una vez en nuestra cocina, abrí una cerveza para bajar el sabor picantón de la especia. Una mezcla que a menudo incluye ají, albahaca, azafrán, canela, comino, cúrcuma, jengibre, nuez moscada, pimienta y tamarindo, según Wikipedia. Unos minutos más tarde Arta llegó. Ella no sentía el olor a curry pero, en cambio, no soportaba los pelos de un gato que vivía tres pisos abajo y jamás se acercaba.

Después de una breve discusión, Arta sacó unas tijeras de su caja de costura. Todas las niñas de Kosovo sabemos coser, me dijo siempre orgullosa. Después cogió la foto familiar, cortó la cara de la abuela y pegó sobre el hueco una foto de su propia cara. Acto seguido y sin autorización previa, sacó una foto de mi pasaporte e hizo lo mismo. Me tocó un cuerpo con vestido de merengue que parecía temblar desesperado por la asignación de esa nueva cara criminal. Sentí el escalofrío de los encajes rosados bajo mi cuello.

Al terminar su obra Arta puso la foto en la cocina, sobre la mesa del comedor.  Terminó de beber su cerveza, abrió otra más, fumamos un poco y se fue a dormir.

La imagen era nuestra propia versión de familia.  Apenas justa para no sentirnos solas en esa ciudad que nos albergaba de una forma tan ajena.

Fotos: Adriana Puentes

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

Un comentario en “DE GITANOS Y SOLEDADES

  1. Pedazo de loca, fui hasta Berlín, senti su olor, su calor y vi su gente, pude ver el cuadro y la bicicleta que compró Arta, todo gracias a tus palabras, a este fascinante relato. Nota: la calcomania de Batman en tu cuarto trajo a mi mente, mi camiseta de Batman, si mal no recuerdo fuimos a ver la película juntas (con familia a bordo), tendríamos cada una entre 5 y 8 annos.

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