ASUNTOS DE FAMILIA

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Se masturbó toda la tarde. Primero con sus dedos y después con un banano que había comprado hacía algunos años en un sex shop. Descansó unos minutos y luego volvió a hacerlo usando su cepillo de dientes eléctrico. Respiró con fuerza. Gimió cuatro, cinco veces. Entonces sonó el teléfono. P dejó el cepillo, caminó hasta el auricular y levantó la bocina.

—Aló.

Silencio al otro lado.

—¿Aló?

Esperó unos minutos y colgó. Volvió a su habitación y nuevamente se tocó. Su clítoris estaba hinchado como una uva madura. Lo acarició y comenzó a sudar.

Al terminar se dio un baño. Mientras se afeitaba las piernas se hizo una cortada cerca al tobillo. La sangre fluía sin parar y pronto dibujó un hilo en el piso. Por unos segundos miró el caminito rojo nacer de su piel y terminar en el sifón. Cerró la llave del agua y decidió detener la hemorragia con un algodón. Se limpió varias veces y cubrió la cortada con una cura que enseguida se tornó púrpura.

Luego se vistió, agarró su bolso y salió. Eran las cinco en punto.

La tarde tenía el rastro de un día amarillo muy picante, pero golpeaba un viento frío. P metió las manos en los bolsillos del abrigo y aceleró el paso. Al llegar a la cafetería tenía las mejillas sonrosadas. Se sentó en una mesa y pidió una sopa de letras. Armó palabras mientras comía:

enano

arvol

potra

Dejó la sopa a la mitad. Miró la hora, suspiró y comenzó a comerse una uña que estaba más larga que las demás.

A lo lejos se oyó un trueno. Las nubes se pusieron grises, rebosantes. Pocos segundos después, el agua comenzó a caer violentamente sobre la ciudad. Al terminar de comerse la uña, las calles estaban inundadas.

Del otro lado de la acera, veinte minutos más tarde de lo acordado, venía un hombre vestido de traje y sombrero negro. Se movía a grandes zancadas, saltando sobre las cumbres de cemento que aparecían en la calle como islas entre un río de barro.

Entró a la cafetería, sacudió el agua del gabán y lo colgó del perchero que estaba al lado de la entrada. Lo mismo hizo con su sombrero. Al levantar la cabeza chorreó agua por su frente que era amplia y arrugada. Algunas gotas llegaron incluso hasta su papada: era tan prominente como un globo ubicado entre su mentón y el inicio de la camisa.

Al ver a P se sentó frente a ella. Su palidez extrema le hizo recordar las ranas transparentes que aparecen en los inodoros de las casas de campo. Sintió repugnancia hacia ella.

—La he estado llamado a su casa. ¿Por qué no me contestó?

P se sorprendió al escuchar la voz chillona del hombre. No la habría podido imaginar de su aspecto. Hizo silencio y pensó en la pregunta, luego respondió:

—¿Cuándo puede hacer el trabajo?

—¿Trajo el dinero?

—Lo he cargado en mi bolso durante las últimas dos semanas. No he hecho nada diferente a pensar en este tema. Nada —enfatizó P—.

—Entonces, ¿por qué no me contestó?

P lo miró detenidamente. Su cara tenía forma de huevo, sus manos eran rechonchas, los dedos rojos, las uñas negras. Desde donde estaba sentada podía ver su ombligo porque la camisa se le abría justo en ese punto. Era un agujero negro y peludo, redondo como una ciruela.

Intentó concentrarse. El hombre sudaba, igual que los vidrios del lugar, untados de vapor y grasa. Afuera la lluvia no daba tregua.

—¿Cuándo puede hacer el trabajo?

—Entenderá que soy un hombre de negocios, debo agendar mis actividades, no puedo improvisar. Todos mis trabajos se caracterizan por su limpieza y puntualidad. Si su padre no me dice que usted necesita esto urgente, no sé imagina cuánto tendría que esperar y por mucho más dinero, doctora. — dijo ofuscado. Su voz sonó aún más aguda.

—El trabajo es urgente, usted mismo lo ha dicho. Pero mi papá dice que usted es excelente para estas cosas. Por eso lo he esperado tanto.

—Su padre me conoce de años atrás, incluso podría decir que nos tenemos afecto. Me imagino que él está al tanto de todos los detalles que me pide.

—Sabe perfectamente. Entre él y yo no hay secretos—. P hizo una pausa y luego retomó con tono amenazante—: ¿Le parece si lo llamamos, a ver si usted deja de tratarme como una cualquiera?

—No, no, no, no… —su voz chilló como si estuviera perdiendo el aire—. Podemos manejar el asunto entre nosotros. Su padre es una persona importante, no debemos importunarlo. —Tosió brevemente y prosiguió con esfuerzo—: Usted sí es especial, solo le pido que respete mis horarios, mis trabajos. Si hubiera contestado el teléfono… No hay porqué llamar a su pa…

El hombre se puso morado y tuvo un violento acceso de tos. Por un segundo, ella pensó que podría ayudarlo, pero desistió de la idea. La tos continuó cada vez más fuerte y desgarrada, sus mejillas enrojecieron y nuevas gotas gordas asomaron en su frente. Una mesera le trajo un vaso con agua que se tomó en sorbos pausados, recuperándose a medida que bebía. Pasados algunos minutos la tos mermó.

Miró a P con odio.

Ella lo ignoró.

—¿Podría hacer el trabajo mañana mismo si le entrego el dinero ahora?

—Si —le respondió, mientras se soltaba la corbata—. Pero le costará tres millones más.

—Perfecto. Encontrará el dinero sobre el comedor, en una bolsa de papel manila. Estará en efectivo, igual que lo demás acordado.

—¿De donde va a sacar los tres millones? ¿Se los va a pedir a su papá? —dijo socarronamente. Una risita de perro salió de su boca.

—Exactamente. Ya usted me conoce igual que él.

P sonrió al pensar en la reacción del cerdo si lo besara en agradecimiento. Entonces, en actitud de travesura, se le acercó tanto que sintió su aliento tibio, y notó cómo toda la sangre del cuerpo se concentraba en su cabeza. El hombre tenía la actitud de una olla a presión a punto de explotar y lanzar los fríjoles al techo.

Él la miró asustado y luego recorrió con sus ojos el lugar, buscando un aliado para librarse del ataque.

Pero estaba solo.

Ni siquiera la tos parecía ayudarlo a quitarse esa rana transparente de la cara.

−Gracias− susurró ella y al decirlo tocó con la punta de su lengua la mejilla del hombre. El movimiento fue tan rápido que él pensó que le había escupido un poco al hablar. Apretó los ojos con rabia y pasó un gran trago de saliva.

P se alejó bruscamente y puso el bolso con el dinero sobre la mesa.

El golpe le hizo abrir los ojos. Recordó el pañuelo que llevaba y lo sacó para limpiarse la frente. Tenía la camisa pegada al cuerpo por el sudor y culpó a P por eso. Irónicamente deseó aplastarla o matarla con sal como a una babosa. Suspiró y con sus manos un poco temblorosas levantó el morral, por su peso supo que la suma era correcta. Una sonrisa desfiguró su cara.

—Mañana estaré a las cinco en punto.

P asintió y se fue. La lluvia había mermado así que caminó hasta su casa.

Al llegar se quitó la ropa y se estuvo mirando en el espejo durante unos minutos. Luego se tomó una botella de whisky completa y dos vasos de ginebra. En estado de total embriaguez pensó escribir una carta explicándolo todo, pero desistió de su idea. No había nada que explicar. Se quedó dormida a las cinco de la madrugada y se levantó al medio día.

Llamó a su padre y él le envió los tres millones en un sobre de papel manila con el mensajero.

Se masturbó nuevamente y esta vez fue tal su excitación, que sintió perder la consciencia brevemente. Al terminar, su cara estaba totalmente rejuvenecida.

Al rato se dio una ducha. Despegó la cura y al instante su herida comenzó a sangrar. Estuvo bajo el agua caliente una hora. Al salir miró el reloj: eran las 4 y 58 de la tarde.

Mis trabajos se caracterizan por su limpieza y puntualidad, recordó.

A las cinco de la tarde se ubicó de espalda a la puerta y de frente a su habitación. Esperó, pero nada sucedía. Pasaron diez minutos y entonces sintió las pisadas torpes del hombre. Imaginó que le faltaba el aire al subir las escaleras y que la piel que le colgaba del cuerpo era muy pesada para sus articulaciones. Luego escuchó el forcejeo de la entrada, sin resultado alguno. Hubo un silencio corto, como si el hombre tomara un respiro antes de reanudar su labor. En el segundo intento, la puerta se abrió.

Eran las cinco y quince de la tarde. P seguía esperando en la misma posición.

Finalmente, a las cinco y dieciséis una bala atravesó su columna vertebral. La espera había terminado. Sus rodillas flaquearon y cayó en cámara lenta. Sintió la sangre caliente recorrer su espalda y enseguida comenzó a temblar. El dolor se expandió por sus venas, quemándola como si le hubiesen arrancado la piel y arrojado aceite hirviendo sobre las heridas. Luego sintió un hormigueo y cuando este se calmó dejó de sentir sus piernas.

En ese momento P comprendió que seguía consciente y se llenó de ira.

¡Estoy viva, idiota! ¡Estoy viva, maldito idiota! ¡Inepto, mediocre hijo de puta! ¡Estoy Viva!, quiso gritar, pero las palabras no salieron de su boca.

El hombre recogió el dinero y se fue sonriente con una gran erección entre las piernas.

Dibujos: Adriana Puentes

Cuento publicado en el libro Líneas Flotantes Ediciones Doble Delirio, versión digital, del taller virtual de escritores ganador de una de las becas que otorga el programa Becas a antologías de talleres literarios 2013, del Ministerio de Cultura de Colombia. Para descargar libro completo: http://tallervirtualdeescritores.com/nueva/antologia/

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

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