UN PARTIDO ENTRE AMIGOS DESCONOCIDOS

El paisa y yo ya nos conocíamos. Nos habían presentado algunos meses atrás. Desde el primer día supimos que tendríamos negocios en común. Nos interesamos mutuamente.

Él fue la primera persona que conocí desde que empecé a ir a Cazuca, uno de los barrios que se comen las montañas del sur de Bogotá y el norte de Soacha, y las colorean de amarillo arcilla y gris tristeza. Yo estaba en el barrio porque había encontrado ahí un espacio para trabajar voluntariamente en una fundación. El Paisa, por el contrario, llegó involuntariamente. Era su última estación después de múltiples desplazamientos.

Nuestras vidas se cruzaron por casualidad. Nos unió la misma loma. Nos unió la misma cancha de fútbol donde nos encontrábamos todos los sábados. Él entrenaba y yo iniciaba los talleres en la fundación Tiempo de Juego.

Cuando lo conocí todos los jugadores del equipo le decían el Paisa. En Antioquia, sus amigos y su familia le dicen Cejis porque tiene unas cejas negras y gruesas que le enmarcan la cara. Y los ojos aún más negros y profundos, parecen alumbrar siempre, sin importar su estado de ánimo real.

Un sábado de enero, pasadas las festividades y los voladores de fin de año, el Paisa decidió buscarme. La cancha estaba hecha un barrizal. El invierno derrumbaba lentamente las montañas de Soacha. El sol picante de ese día aún no secaba la tierra mojada por el último aguacero, ni las piscinas negras con gusanos flotantes. Mientras unos niños jugaban apiñados en los lugares donde el pasto cubría la cancha, otros se llenaban de barro hasta el pelo y luchaban como gladiadores en el lodo.

Entre la gente vi al Paisa venir hacia mí. Caminaba seguro, dando grandes zancadas, esquivando charcos y ataques de quienes tenían toda la intención de arruinar su uniforme limpio. Cuando llegó, sin una mancha de barro en su pantaloneta nueva, me dijo con aire ceremonioso:

−Quiero que me ayude a escribir un libro de la historia de mi vida.

Hice un silencio corto y respondí extrañada − ¿Y por qué quiere contar su vida?

−Aaahh… pues… porque todas las personas no viven lo mismo.

PRIMER TIEMPO

A mí todo el mundo me dice Paisa porque vengo de Antioquia. Yo crecí en un pueblo que se llama Sonsón, pero allá no me decían paisa, porque allá todos son paisas. Sonsón queda a cuatro horas de Medellín, pasa uno por la Ceja, la Unión, varios pueblitos. Antioquia tiene varios pueblitos.

Viví allá cuando era pequeño, pero antes vivimos en una finca hasta que mis papás se separaron. Después de la separación, cuando yo tenía dos años, mataron a mi papá. Dicen que él era del que mata y come del muerto, hasta que un día el muerto fue él.

Yo no pude ir al velorio y tampoco sé dónde está su tumba. Claro que tampoco me interesa ir a visitar los muertos. Ya el que murió, murió.

Después de eso, mi mamá decidió mandarnos a vivir a Sonsón con mis abuelos.

Mi abuelo siempre fue jornalero. Jornal es por decir, un día trabajando en el campo. Uno dice: “¿Cuanto me paga por un jornal?” y entonces le dan quince, dieciséis mil pesos, depende.

Cuando yo tenía como seis años, nos íbamos con mis hermanos a las fincas donde sembraban papa a que nos regalaran. Entonces los manes nos decían “venga y me ayuda aquí un poquito en lo que pueda y yo le regalo”. Eran las sobras, ¿si me entiende? Es que cuando uno arranca las papas, hay unas que quedan en la tierra.

Para llegar a las fincas teníamos que caminar como hora y media. Yo me levantaba a las cuatro de la mañana, me ponía la sudadera y la ruana de mi hermano. Siempre salíamos sin bañarnos, tratando de conservar el calor de las cobijas en el cuerpo. Es que eso era pa’ congelarse uno porque ahí queda el Páramo de Sonsón.

El camino era oscuro y lluvioso. Lleno de neblina. ¿Usted si conoce la neblina? Eso es como caminar entre humo blanco. A veces ese humo es tan espeso que no se puede ver ni a un metro. Por eso tocaba caminar lentico, agarrao del otro porque no llevábamos linternas, ni nada pa’ver.

Si no nos regalaban papas y después de semejante madrugada, lo que hacíamos era robar. Oh… pues robar no, tampoco era robar, porque no queríamos hacer mal, entonces no era robar, porque robar es diferente y nosotros teníamos hambre. De todas maneras teníamos que llevar algo a la casa.

Yo también fui jornalero cuando tenía como nueve años. Claro que eso no duró nada, porque pagaban muy mal y el trabajo era muy pesado.

Pero ese no fue mi primer trabajo.

INICIANDO EL ENCUENTRO

Como los culebreros de las ferias, el Paisa revivía cada historia al abrir sus brebajes o personificar sus trucos de magia. Su perorata era como una lengua de tela colorida que se extendía hasta los confines de Antioquia, sus formas de montaña, verde café, sangre campesina y caras bigotonas.

Este elixir mi señora, le sirve para conseguir trabajo, pero si usted lo mezcla con tres goticas de aguardiente, también le aguanta para sobrevivir al frío del Páramo. ¿Si sabe a qué frío me refiero, mi señora? Eh ave maría pues home, ese que se le mete a usté en la cama y le mantiene las sábanas húmedas. Pero si usté lo que necesita es un contra pa’ conservar siempre la casa libre de paracos o a los familiares vivos, yo le recomiendo, mi señora, este frasquito que viene con extracto de cáscara de papa, que además adelgaza. O en su defecto, esta pata de conejo que además sirve pa’ que usté tenga siempre vivo el recuerdo de sus amigos y pa’ que ellos no se olviden de usté.

El Paisa y yo somos muy diferentes. Ninguno de los dos viene de esa falsa aristocracia colombiana, pero nuestras vidas han tenido destinos muy distintos. Él estudia y trabaja para salir adelante, y aunque aparentemente yo estoy en ese “adelante” él trata de enseñarme y redimirme.

Me cuenta su vida para brillar y revelar su lucha, no para lamerse las heridas o mostrar el lado miserable del mundo. En ese deseo de expresarse, yo soy su primera oyente. Su prueba piloto.

SEGUNDO TIEMPO

Mi primer trabajo fue a los ocho años lustrando zapatos. Los sábados, me iba pa’ las cantinas con una caja de embolar que pasó de generación en generación. Primero la tuvo mi hermano mayor, después mi hermano que sigue y él me la pasó a mi.

La lustrada normalmente costaba 500 pesos o 700. Pero como la gente me veía tan pelao, pensaba que no iba a hacer bien el trabajo y me pagaban menos. Hasta 200 pesos me dieron una vez.

Lo bueno era que los otros emboladores no se metían conmigo. Ellos me dejaban trabajar por respeto a mis hermanos. Es que ellos pa’ entrar en ese negocio tuvieron que darse duro con esa gente, porque uno no puede llegar ahí y comenzar a lustrarle a cualquiera. Nooo. Obviamente que no. Si usted quiere trabajar, hay que abrirse espacio y lograr que los demás le respeten el lugar. Eso siempre es una pelea, porque uno llega a una cantina y toca lucharse el cliente.

Luego la cosa se puso peor. Me tocó lustrar de día y vender chicles por la noche. Yo empezaba a vender los chicles a las diez de la noche y terminaba cuando vendiera la caja. A veces me daba mucha rabia la injusticia y llegaba a mi casa a llorar.

Más tarde, cuando cumplí los nueve años, comencé a andar con un combo como de cinco amigos. Era un combo pa’ defenderse de los otros e ir a las minitecas a bailar.

Al principio éramos muy sanos, pero después con ese parche comenzamos a fumar mariguana, a robarnos el cobre de las casas, los aritos que usaban las señoras y a oler sacol. Aquí al sacol le dicen bóxer o pegante, pero es que en Antioquia le dicen diferente a las cosas.

Pa’ poder robar nosotros nos metíamos una buena traba y nos levantamos unos cuchillos. Aprendimos a usar esos chuzos a punta de ver películas, mirando a los demás y practicando. Eso es como todo, se va sacando la experiencia lentamente, igual que se aprende a sacar papas o a lustrar.

P1040030

EL OJO DEL OTRO

Un día decidí subir la loma a pie, desde la autopista sur hasta la fundación. El barrio que desde abajo se ve tan deprimido por su color ocre, sus historias de violencia y su cercanía con la zona industrial del sur, es colorido y lleno de vida, una vez se sube. El aire se siente limpio y corre libremente. Cuando se está arriba es la ciudad la que parece triste.

De camino descubrí una cancha de tejo con una fila de hombres sonrientes y medio borrachos, esperando su turno para reventar las mechas. Diagonal a ellos, un grupo de ancianos jugaba parqués con fichas originales mezcladas con tapas de jugos de fruta. Muchos niños corrían detrás de una gallina que ya casi olía a sancocho y llegando a la fundación, encontré una pañalera muy bien dotada con juguetes para bebés y peluches de muchos tamaños con olor a postre y color pastel. Una imagen tan real como esa otra habita en el barrio. Esa que lo desangra y tiñe los peluches de rojo, que descuartiza los muñecos y decapita las gallinas, las despluma, las viola y las desplaza del campo. Los dos retratos conviven en estas montañas, como la alegría y el dolor en el mismo cuerpo.

El Paisa me dice que su mamá vive mucho más arriba de la fundación en donde nos reunimos. Esa parte de Cazuca en donde estamos ahora está muy arreglada. Tiene una gran calle pavimentada, un parque de cemento con columpios, un colegio y varios cafés internet, tiendas y panaderías donde antes los ancianos jugaban parqués. A medida que uno sube la loma, las casas cambian el ladrillo por las latas y las bolsas, y peor aún si se vive en Soacha y no en Bogotá. Es que Cazuca es un sector dividido por los límites arbitrarios de los mapas.

La división no se nota si se mira de lejos. Pero al acercarse se descubre que del lado de la capital las calles están mejor arregladas y funcionan casi todos los servicios públicos. Lo que corresponde al municipio, es otra historia. El olvido es evidente en las trochas polvorientas, las casas sin agua y las montañas de basura que alegran los enjambres de moscas regordetas.

Más tarde el Paisa y yo vamos caminando por el barrio. Buscamos un lugar donde podamos escucharnos, pero terminamos en una tienda donde suenan corridos mexicanos a todo dar. Entonces él, cansado de contar, se lanza hacia mí con una lluvia de interrogantes que encierran silencios y palabras no dichas. Diferencias entre esa vida tan cruda y mi propia existencia que es una artesanía frente a ese otro, ese que sí parece real y no inventado.

¿Y usted con quién vive? ¿Y por qué vive sola? ¿Dónde están sus papás? ¿Y ese apartamento es propio o arrendado? Ahhh… como yo heredé la caja de lustrar, esa fue mi herencia. Pero entonces, ¿qué hace cuando usted llega? ¡¿Es que usted tiene computador en su casa?!

Nos quedamos en silencio. El Paisa gira su cabeza hacia la ventana y su mirada sigue a un niño que juega con una pelota de letras.

− ¿Trabajamos? La vez pasada me estaba hablando del combo… quisiera que me cuente más de ellos…

Antes de responder, el Paisa descubre una cajetilla de cigarros en mi maleta. ¿Y es que usted no es capaz de dejar el cigarrillo? Sí, yo sé que no fuma tanto… pero debería proponerse no fumar más.

La redención está más allá de las cosas que nos separan.

TIEMPO EXTRA

El combo… Pues nosotros nos manteníamos era 5 pa’ todo lado. Yombo, Norvey, el Negro, Chiqui y yo éramos los más amigos. Pero mi mejor amigo, el llave, el parcero con el que yo andaba siempre era Yombo.  Él venía de una finca y cuando llegó al pueblo no sabía nada. Fuimos nosotros los que comenzamos a enseñarle mañas.

Un día en una misa yo le dije “Jonathan: yo lo bautizo Yombo”. Desde ahí todos le comenzaron a decir así. Es que allá en Antioquia todo es con apodos. Si usted pregunta por el nombre, nadie sabe de quién habla.

En esa época, mi familia era ese parche. Nosotros andábamos siempre juntos y fumábamos bareta. Pero cuando no había lo que hacíamos era irnos pa’ los morros a coger cacao sabanero. Esos cultivos eran de la guerrilla, pero estaban abandonados porque en esa época ya no podían entrar al pueblo. En Sonsón lo que había era paracos que andaban de civil pero con su fierro ahí.

Allá todos queríamos ser paracos, porque ellos se mantenían en farras y ganaban mucha plata, tenían viejas y armas. Yo los veía y me pillaba cuando los policías pasaban y no decían nada. Entonces me imaginaba muchas cosas, quería ser como esa gente.

Nunca intenté meterme con los paracos. Me faltó tiempo.

Esos manes no podían saber que nosotros robábamos o metíamos vicio, porque a ellos les gustaba mantener el pueblo limpio. Por eso intentamos no dar tanta boleta, además ya sospechaban de nosotros. Pero al final nos terminamos boletiando.

Sí, porque un día nos encontraron fumándonos una bolsota de mariguana. Seguramente alguno de mis hermanos la dejó en la casa de mis abuelos y yo me la encontré. Eso fue como si se me hubiera aparecido la virgen.

Con los parceros lo que hicimos fue ponernos a fumar. Pero yo creo que algún vecino sintió el olor, porque de la nada llegaron los tombos, nos cogieron y nos montaran en el platón de la camioneta para todos nos vieran.

 Y todo el mundo nos vio. Los policías nos dieron la vuelta por el pueblo. Anduvieron con la camioneta por cada calle y pasaron por las dos plazas de Sonsón.

Ya en la estación, nos dijeron que los papás tenían que venir por nosotros. Pero mi abuelo no fue, dijo que no quería ir. Finalmente los tombos lo obligaron a recogerme.

A los poquiticos días mi tía llegó a la casa. Me acuerdo que estaba acostado, cuando la escuché diciendo que me tenía que venir pa’ Bogotá, que afuera había un taxi esperándome para llevarme al terminal porque mi mamá había mandado por mí.

Yo no me quería ir, pero igual me hicieron empacar como cuatro hilachas y salir. No pude despedirme de nadie, nada. Solo salir.

LAS PALABRAS NO ESCRITAS

Es sábado y el Paisa y yo estamos en una cafetería viendo un partido de Colombia. Cuando parece que el resultado se definirá por penaltis, Perú mete un gol y la fanaticada insulta y se resiente. El Paisa casi no puede hablar mientras vemos nuestro equipo perder. Un grupo de tres amigos que está sentado al lado nuestro le manotea al televisor. Cinco minutos después Perú vuelve anotar otro gol. Un hombre se quita la camiseta de la selección que tenía puesta y se va antes de que suene el pito final. Colombia ha sido eliminada de la Copa América.

En el lugar el sentimiento de derrota es generalizado. Está vez los dioses no han hecho sus milagros. Justo frente al televisor hay un divino niño con los brazos abiertos que parece ser el protagonista de un pequeño altar que incluye: una imagen minúscula de una virgen con corona, el sagrado corazón de Jesús, un cristo crucificado, un cristo resucitado, una pintura de la virgen María alzando al niño y junto a ella, un afiche del Ché con fotografías de su vida. Al parecer el Ché es otro santo en este olimpo.

Con la finalización del partido vuelvo atraer la atención del Paisa. Ahora está viviendo en el Perdomo donde la familia de un amigo, porque le queda más cerca del colegio donde valida el bachillerato. Más cerca que en Altos de Cazuca.

Hace algunos minutos que estamos viendo esos Altos. Decidimos salirnos de la cafetería. Mientras pagaba la cuenta, le pregunté al dueño:

− ¿Qué hace el Ché Guevara al lado de la virgen María?

−El Ché… pues es que él también era bueno. Yo no sé por qué lo mataron.

El Paisa me señala donde queda la casa de su amigo, donde queda la de su mamá y donde queda el colegio. La vida transcurre en estas lomas y largas distancias a pie para ir de un lugar al otro. Si él quisiera no tendría que bajar jamás. Cuando él llegó a este barrio, lo que hacía era andar. Tratar de salir de la loma para conocer.

LOS PENALTIS Y LAS MEJORES JUGADAS

Yo me acuerdo que llegué a Bogotá en noviembre y eso fue un descontrol. Tenía mucha rabia. No quería hacer nada. Estaba deprimido, triste. Me la pasaba acordándome de Sonsón y me daban ganas como de tirármele a un carro. Me sentía solo, huérfano, sin la única familia que yo realmente había conocido hasta ese momento, mis verdaderos hermanos.

Al principio yo no sabía coger un bus porque me perdía. Después aprendí a ir a Kennedy, porque allá conseguía droga. En Cazuca también se consigue, es que se consigue en muchos barrios, solo que la gente a veces piensa que esto por aquí es lo peor.

Un día me dijeron que había una fundación relacionada con el fútbol y yo me metí como por entretenerme. Así dejé de consumir. O sea, cuando comencé a jugar simplemente pensé que iba a dejar la droga para jugar mejor.

Sin embargo, seguía sintiéndome vacío. Me daba mucha ansiedad, aunque trataba de no meterme nada. Un día me vi tan congestionado que le pedí a Dios que se revelara, que si de verdad existía hiciera algo por mí. Como a la semana, me convidaron a una iglesia cristiana. Fui y me gustó. Ahora siento que Dios me acompaña a todo lugar. Él está viendo todo lo que yo hago. Pero no me está juzgando, me está acompañando y por eso ya no me siento solo, ni ansioso.

En este momento, mi principal proyecto es buscar trabajo, pero no es tan fácil, porque si consigo así de cualquier manera, sin estudio, nunca voy a lograr algo grande, ¿si me entiende? Es como quedarse con lo fácil. Pero a veces me canso, me desmoralizo. Me dan ganas de irme. No sé, cosas que se me ocurren. Por ejemplo, con el libro. ¿Será que usted si lo escribe algún día? Bueno, a lo mejor sí. A lo mejor usted lo escribe y eso le sirve a alguien.

−A quienes les he contado de usted, me han dicho es un sobreviviente y ha tenido mucha suerte. Yo también creo eso.

−Eso es Dios, es que él me tiene para algo.

Hacemos silencio. La tarde del domingo termina lentamente y el aire se enfría. El viento corre y revuelve el pelo de los transeúntes. Estamos en la mitad del puente peatonal del Portal del sur de Transmilenio. Pronto el Paisa se irá caminando hacia el oriente y subirá la loma hasta llegar a la casa de su mamá. Y se mimetizará entre las calles y sus sonidos, todos esos caminos que conoce y lo harán otro ser anónimo. Yo caminaré hasta el portal y tomaré la vía con dirección al norte de la ciudad. También seré otro ser anónimo, un cuerpo más llenando las autopistas.

La despedida se acerca. El Paisa me sonríe y me propone que nos sigamos viendo, no para trabajar sino de amistad. Asiento y sonrío.

Nos damos un abrazo.

***

Dos años después de terminar esta crónica, el Paisa ganó una beca con Adidas gracias a su participación en la fundación Tiempo de Juego. Actualmente está estudiando Educación Física en la Universidad.

Fotos: Adriana Puentes

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

3 comentarios sobre “UN PARTIDO ENTRE AMIGOS DESCONOCIDOS

  1. Tus historias me llevan a conocer a vivenciar y hasta tomar partido……como disfruto de este espacio, me saca totalmente de mi pequeño mundo….como el del principito!!Me llevan tmb a conocerte.

Deja un comentario