LA ORFANDAD DE LOS DINOSAURIOS

spreepark3

Aprovechando la recién comprada bicicleta, Arta y yo decidimos ir a conocer los dinosaurios.

El verano terminaba y el otoño pintaba de ocre y dorado calles y transeúntes. Los árboles con su follaje verde pálido se vestían de naranja definitivo y la tierra amarilla crujía a nuestro paso.

Aunque en esos días secos solo el viento arrasaba con las hojas, las nubes eran negras y redondas como la panza de un burro, el día de nuestra expedición. La ley de Murphy es y será siempre la encargada de orquestar el clima berlinés.

Sin importar el mal tiempo, fuimos en busca del parque jurásico. Un cementerio surreal según contaban. Una necrópolis donde reposaban los restos del barco pirata ocupado por los fantasmas de la cortina de hierro; un gato con la boca abierta asomando los huesos de la montaña rusa; un séquito de cisnes con máscaras de polvo y ojos muertos; y un grupo de dinosaurios envejecidos, decapitados, vencidos por los efectos de su última borrachera. Un lugar llamado Spreepark.

El parque era un cementerio de almas atrapadas. Un dulce para Arta que encomendaba a las ánimas hasta las nimiedades más triviales de la vida cotidiana. Con este gancho, iniciamos nuestra ruta. No importaba que las nubes pretendieran disuadir el sacrilegio. Nada más aterrador y emocionante que estar cerca a morir entre las aguas turbias de ese pantano, aferradas a la cabeza de algún pato que seguramente se desplomaría con nuestro peso. Y luego, cuando las parcas estuvieran acariciando nuestros hilos excitadas, ser rescatadas por algún dinosaurio sin cabeza.

El viaje era inminente.

El Spreepark quedaba dentro del Treptowerpark. Otro parque que alojaba en sus tierras el principal monumento a la victoria soviética sobre Alemania. Un camposanto de soldados y militares del Ejército Rojo que murieron en la conquista de la ciudad. El viaje tenía cementerio doble.

De camino todo fue felicidad. Bicicletas en caravana, aire frío en la cara y pedalear en bajada, perdiéndonos en los bosques del Treptower. Incluso paramos un momento a comer algodón de azúcar en un kiosco, estuvimos espiando unas parejas que se tocaban entre los arbustos y me pareció que un rayo de sol coloreaba el gris del cielo y lo vencía. Pero no fue así.

Fue Arta la primera en ver una rueda de la fortuna que sobresalía entre las copas de los árboles. Esta rueda, con 40 metros de altura fue, desde la inauguración del parque en 1969, su principal símbolo.

El sitio que originalmente fue construido como una atracción cultural para los planes en familia y los himnos comunistas, cambió cuando en 1989 el Muro cayó y fue privatizado. La rueda de la fortuna, con su girar melancólico y lento, perdió protagonismo. Ya nadie se conmovió con sus movimientos de bailarina, ni intentó empinarse cuando se inmovilizaba en su punto más alto para ver, o querer ver, o sólo imaginarse la Berlín de los aliados.

Pedaleamos en dirección de su esqueleto, guiadas por esta brújula de hierro. Los truenos retumbaban en nuestras cabezas. Los rayos poseían la rueda. Las nubes estaban a punto de explotar.

Sentí caer las primeras gotas, redondas. Al chocar contra el suelo, sus cuerpos de agua nos marcaron el camino.

spreepark2

Con la unificación de Berlín, Norbert Witte compró el lugar, lo bautizó Spreepark igual que el río que cruza el parque y llevó dinosaurios, cisnes, tazas de té, una montaña rusa cara de gato y otros legados del Mirápolis. Otro parque de diversiones francés que tenía una estatua de Gargantúa obeso, rosado y despernancado dando la bienvenida a sus visitantes por la entrepierna. Cinco años después de la quiebra del Mirápolis, la cabeza de Gargantúa fue dinamitada.

Esta vez, sin tener que cruzar entre los muslos de nadie, llegamos hasta la malla que circundaba el Spreepark. Estaba rota o forzada. Franquearla era más fácil que encontrarse una puerta sin puerta. Decidimos amarrar nuestras bicicletas a un árbol y entrar.

Lentamente aparecieron frente a nosotras los otros restos del parque. Entre la maleza surgían las atracciones mecánicas como los huesos de un pescado. Ruinas que conservaban su magia a pesar del abandono, la mezcla de sus colores con la herrumbre, la gangrena de sus cuerpos y el nacimiento de telarañas y huevos de moscas. El inclemente paso del tiempo y su forma particular de embellecer lo viejo.

Después de caminar pocos metros, asomó un pueblo del oeste ajado con caballos mecánicos que alguna vez ofrecieron el paseo Kentucky y un banco que era robado dos veces al día. Una caída de agua que emulaba el Gran Cañón, ahora seca y con marcas naranjas de óxido, y luego un barrio inglés que hacía como nunca su papel de pueblo fantasma.

Al girar encontramos la pata de un dinosaurio. Perdida. Lanzada en la mitad de la maleza, con las uñas largas y la piel descolorida. Detrás sentimos el borboteo del pantano al final de un bosque. Sopa espesa y verdosa que olía a azufre, con cadáveres de cisnes y ranitas que saltaban de un lado a otro y alargaban la lengua para cazar moscos. El colmillo de un mamut se clavaba en el centro del barro como un asta sin bandera.

Sólo un poco más allá, dos dinosaurios juntos. Uno estaba tirado en el piso como una cucaracha patas arriba y el otro, mostraba sus entrañas vacías por un hueco que alguna vez cubrió su cabeza.

Entonces me pareció que el Spreepark había crecido como el bufón de un reino sin glorias. Mofa burlona a la solemne monumentalidad del comunismo, al cementerio que honraba los cadáveres de los soldados del ejército rojo sepultados a pocos kilómetros. Ingenua matrioska que no sabe de las malformaciones que guarda en su vientre.

Fue ahí cuando la profecía se materializó. El agua descargó su fuerza sobre nosotras y nos hicimos viejas de tanto esperar, arrugadas bajo la lluvia. Como si un castigo se cerniera sobre estas profanadoras de tumbas.

En pocos minutos la tormenta empapó la tierra que se hizo movediza. Pequeños charcos se formaron en todas partes y sacaron los secretos de la tierra. Un pocillo gigante, parte de un juego de té que estaba junto a nosotras, copó su capacidad y vomitó su mezcla de agua y orines de gato. Era el diluvio universal y nosotras no teníamos barca.

Llegamos corriendo al barrio inglés y nos metimos en una casa a escampar como pudimos. Pero la lluvia no mermaba. Lentamente comenzó a oscurecer y entonces tuve miedo.

Pensé en la maldición del parque e incluso tuve compasión de Norbert. El hombre terminó preso en Perú, después de la quiebra del Spreepark, cuando decidió traficar cocaína desde tierra inca hasta Alemania. A lo mejor si nunca hubiera traído estos juegos malditos por Gargantúa… a lo mejor si el muro no hubiera caído.

Pronto comencé a sentir que me congelaba. Arta tenía los labios morados y hacía rato respiraba con las manos puestas en la nariz para calentar el aire. Quise llorar. Quise estar a salvo con un café hirviendo entre mis manos.

Entre la neblina y la lluvia vi unas luces rojas y azules que se acercaban a nosotras. Luego la sirena se hizo evidente y también el carro de la policía. Un hombre abrió la ventana y comenzó a decirnos cosas desde un megáfono. Su alemán era incomprensible. Los gritos me paralizaban y supe que lo mejor era morirme ahí hasta despertar metida en mi cama. El agua seguía cayendo con furia sobre el techo de una casa a punto de derrumbarse.

Durante unos minutos la lluvia mermó, confabulando con el policía que no paraba de aullar palabras cuyo significado me suponía. El manto de agua se abrió como la cortina de un teatro patético y salimos de nuestro escondite. Pensé si tendría que alzar las manos, pero opté por dejarlas en los bolsillos. El frío me golpeaba con fuerza. Tenía los pies empapados y mis zapatos se comían las medias. ¿Cómo me traicionaban de esa forma?

El policía nos siguió hasta que constató que saltábamos la malla por el lugar más bajo.  Estábamos lejos de nuestras bicicletas, así que tuvimos que caminar agarradas a la reja para no perdernos.

Nunca entendí por qué no llegó una multa a nuestra casa y cómo el hombre no tomó nuestros datos. Me dieron escalofríos de sólo pensar que tenía toda nuestra información y podía vaticinar hechos terribles de nuestro pasado y porvenir. Pasé días esperando que llegara una notificación informándonos que debíamos abandonar el país.

Pero nada pasó. Solo silencio y una gripa monumental que me hizo escupir verde durante muchas noches.

Estaba segura en mi propio lado del muro.

spreepark4

Fotos tomadas de http://www.talkurbex.com/locations/spreepark-de-entertainment-park-exploration/

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

Un comentario en “LA ORFANDAD DE LOS DINOSAURIOS

  1. Pude hacerme una imagen mental del lugar, del viaje, de la aventura, de la angustia. Y encontré interesante saber de ese lugar. Sí, es verdad: logras pintar las imágenes.

Deja un comentario