
Un hombre se asolea junto a un caño. Se descalza. Remanga su pantalón y estira las piernas. El sol ilumina su piel trigueña y gris. Las costras de mugre retiñen su cara, las líneas de las manos, los dedos de los pies. Lo embellecen. El hombre usa una chaqueta negra sucia. No se la quita nunca, ni siquiera cuando los días arden y la ciudad huele a caucho quemado. Se rasca la cabeza, se rasca el sobaco. Escupe, mea, caga. Saca una botella de bóxer y aspira.
La cuenca del caño es de cemento. Como todos los ríos de la ciudad, encauzados entre bloques de concreto, hechos autopistas de agua.
El viento pasa y alborota la fetidez de ese caldo turbio. Entonces viene a mí su olor. Una mezcla de mierda caliente y plumas de pollo. Las cañerías del mundo. El hombre parece no inmutarse, como si el bóxer lo sedara, lo llenara de verdes, de montañas recién llovidas, de selva dulzona. Dios bendiga todo el bóxer del mundo si le permite irse a esos parajes. Subo la ventana, pero la acción atrapa el olor al interior del carro. Abro la ventana y trato de aguantar la respiración hasta que la asfixia me supera. Termino aspirando todo por la nariz y la boca abierta.
Después de muchas calles rotas, pavimentadas y luego nuevamente rotas, salimos de la ciudad. Lentamente los colores se asoman, se mezclan en la frontera con esas últimas casas de lata y gente que camina envuelta entre nubes de polvo, arena de canteras y smog.
Entonces, como una palabra obscena, aparece sin pudor la tierra viva. Los rojos y naranjas. El paso plateado del río que se mece con una paz turbia preñada de remolinos. Los árboles vestidos de árboles y su derroche de hojas pudriéndose y naciendo al instante. Los insectos con formas amorfas, casi sexuales, que se alimentan de tanta exuberancia. El trópico se sale por todas partes, como una mezcla viscosa y excitada que se filtra por las costuras de su envoltura.
El hombre que se asolea junto al caño es, en este lado del mundo, un campesino que anda a pata pelá. Tiene una casa cerca al río donde pesca bocachico, mojarras, tilapias, carpas y cuchas. Una mujer que huele a horno lo acompaña. En su rancho hay una gallina, tres perros, un palo e’mango y un cerdo esperando, sin saber, las fiestas de enero. El hombre conoce los límites de su tierra, ha andado años desnudo por estos caminos que lo saben uno de los suyos. Pero ignora que del otro lado, donde los horizontes terminan y se juntan, hay otro hombre que como un espejo, se asolea en una cañería, que resulta ser el mismo río hecho un engrudo al entrar en el ritmo frenético de la ciudad.
(Foto de Adriana Puentes. Este es el río Magdalena en su paso por Magangué Bolívar)
Publicado por Adriana Puentes
Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión.
Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio.
Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida.
Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.
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