A Luzma,
por prestarme su voz,
por dictarme sus palabras.
Luz Marina Ramirez es aguerrida. Una mujer con la tenacidad de los mortales que saben que esta vida es la única. Que se abren camino peinando trocha porque aquí todo se gana, nada se regala. Uno de sus caminos ha sido contar las historias de su barrio. Ella es una cronista brutal de las muertes que sucedieron y suceden aun en las vecindades de Ciudad Bolívar. Su talento está en saber mirar, escuchar, conocer las escaleras que dan al cielo y esquivarlas.
Es domingo y esta doña me espera en su casa. Me recibe con un abrazo. Sus ojos sonríen y escucho su voz tras un tapabocas. “Es que me hice sacar el diente, hermana. No aguantaba más ese dolor”.
Cruzando la puerta unas escaleras estrechas dan la bienvenida hasta el segundo piso. Es un apartamento de tres plantas: en la primera tiene un puesto de chance, en la segunda vive ella y en la tercera hay una terraza. Entre la sala y la cocina hay una ventana en madera con puertas de vaivén que une los espacios. “Eso lo vi en una casa del norte y me lo copié”. Enseguida señala todos los arreglos que ella ha hecho en las paredes, el baño y el cielo raso. Luzma ha sido comerciante, ciclista y jefe de obra civil. Pero su trabajo de corazón es narrar.
Su prosa es rápida pero más veloces son sus palabras lanzadas con desparpajo. Sin formalidades ni pudores falsos. Así es ella, generosa con sus cuentos y sus manos. En sus relatos Luzma revive personajes reales que ha visto nacer y morir tantas veces. Por eso ganó el premio La Ciudad Jamás Contada. Cuando atendió la cita de los organizadores del concurso, pensaron que ella era la mamá de algún joven. Esta mujer jamás tuvo hijos. Los azares de la vida la hicieron madre de historias, voz de muertes silenciadas, olvidadas.
Las crónicas
Cuando comencé a vivir aquí en Arborizadora Baja, no tenía ni para un pan. Lo había perdido todo después de salir corriendo de Sierra Morena. Amenazada porque me querían matar. Tuve que vender lo que tenía casi regalado.
Con el tiempo comencé a levantar cabeza. Puse una heladería aquí en la casa y me iba bien. Vendía muchos conos, sobre todo los domingos. Como había platica me compré una suscripción a El Tiempo, es que siempre me ha gustado leer. Un día en el periódico vi que había una convocatoria para La Ciudad Jamás Contada. El premio para el ganador era de dos millones. Yo pensé que con esa plata le podía echar piso a un local que tenía y arrendarlo mejor. Además, con las historias que conozco de tantos pelados que mataron por Sierra Morocha, podía hablar sobre eso. Cogí un lápiz y en el respaldo de las facturas del local me puse a escribir las historias de El Conejo, de Laura, de Amézquita, de un pocotón de personas muertas. Personas que la Policía solo subió a recoger.
Cuando terminé de escribir todas esas barbaridades se las pasé a una amiga que sí es estudiada. Ella me ayudó a corregir puntuación y ortografía. Y juaaacatela: mandamos mis escritos, en físico y por internet.
Pasó como un mes y medio. Yo me olvidé de esa vaina. Un día estaba en Chapinero cuando sonó el celular. Eran de El Tiempo. Me dijeron que tenía que ir ese mismo día a la oficina o sino quedaba descalificada.
Así como estaba vestida me fui. Es que yo ando descachalandrada pero siempre limpia. Cuando llegué había un montón de chinos universitarios convocados. Un señor calvito que entraba y salía me llamó la atención: ¿Ya la atendieron? ¿Sumercé es la mamá de ella? ¿Entonces a qué viene? ¿Cómo es su nombre?… Ah, usted es la que mandó los escritos de Sierra Morena. ¿Pero esos escritos son suyos? Es que mire: detrás de ese lápiz parece que hubiera una persona joven. Si yo le doy un tema ya ¿usted lo escribe? Siéntese allá y hagamos una prueba.
Me dio el tema y yo lo asocié con cosas de allá. Al final el man leyó el escrito y me dijo: Usted queda en La Ciudad Jamás Contada. Yo voy a ser su tutor. Vamos a escribir a mano alzada. Él se portó una verraquera conmigo. Hicimos ejercicios en diferentes sitios de Bogotá, La Candelaria, Las Cruces, La Concordia. Nos dábamos cita y él me enseñaba a escribir mejor.
Al terminar el concurso, me gané el premio.
Sierra Morocha
Cuando supe que mi hermana estaba enferma, abandoné el ciclismo y me dediqué a ayudarla. Para mí lo más importante era que ella me pudiera acompañar unos años más. Por esa época yo pagaba arriendo en Bosa. Con el ciclismo me iba bien, pero no me daba para ahorrar nada, ni comprar algo propio. Entonces me enteré de unos subsidios que estaban dando para construir casa en Sierra Morena. Eran subsidios que se entregaban a quienes presentaran proyectos de autoconstrucción. Pasé los papeles y me adjudicaron un lote en obra negra. Luego también logramos la adjudicación para mi mamita. Así fue como llegué a Ciudad Bolívar.
Con el tiempo a mi hermana se la llevó el cáncer. Yo no volví al ciclismo, pero puse un negocio.
Como el barrio era nuevo, no tenía nada de comercio. Para comprar cualquier cosa tocaba bajar y caminar hasta muy lejos. Por eso se me ocurrió la idea de poner un asadero de pollos. Abría muy temprano y vendía pollo crudo y pollo asado. Con ese local me comenzó a ir muy bien, hasta que llegaron todos los ladrones de más arriba, la gente de Cazuca, pelados que no tenían nada qué hacer. Hasta unos tipos enruanados con el cuento que teníamos que pagar vacuna.
Al principio llamábamos a la policía, pero ellos nunca iban. Si usted veía tombos arriba era porque venían a escoltar algún político que estaba en campaña, especialmente porque en esa época Pablo Escobar estaba en lo fino de las bombas.
Pero de resto no. Si lo estaban robando mire a ver cómo se defiende. Como yo tenía amigos, hablamos entre todos y nos compramos un mazo. Un mazo es un revólver. En la jerga de los medios bajos el mazo o el tote, son revólveres. ¿Y cómo los compramos? Con los policías. En el mismo ambiente uno se conseguía los contactos. Había un paisa al que le compré una pistola, una escopeta y un revólver que siempre recuerdo. Era un colt caballito plano, muy bacano, no pesaba nada y era muy certero.
Con los mismos policías también comprábamos las cajitas de tiros: Cuántos quiere. Le mando diez cajas y revéndalas. A mí nunca me faltaba munición. Entonces, ya con arma y negocio, me sentía más segura.
A pesar de todo, había un montonón de atracos. Robaban el carro del chocolate, de la leche, del mercado. Mejor dicho, todos los carros que subían los atracaban. Una vez hubo un abaleo tenaz porque venía un carro del Café Sello Rojo a abastecer el mercado. Pero los dueños también tenían armas, entonces se armó el tiroteo. Al final los ladrones cogieron el billete, pero cuando iban bajando, subía un bus de la Escuela General Santander con cinco policías.
Los tombos los cogieron a la pata, les quitaron las armas, los capturaron y se los llevaron para el CAI de La Candelaria. Todos los vecinos nos bajamos a ver si hacíamos pelar a esos tipos. Que los mataran. Cuando llegamos a la estación, yo vi que uno de los ladrones estaba hablando por teléfono y protesté. Entonces el cabo me dijo: Señora yo la conozco. Usted es de las líderes. Estos manes son policías. Mejor váyase para su casa y no moleste aquí.
El Mito
Una noche mientras cerraba el asadero me puse a hablar con Frank, un muchacho que jugaba en el equipo de fútbol “Los Ocho de Colombia”. Cuando nos despedimos, subí al tercer piso. De pronto sentí que Frank gritaba. Escuché que le estaban pegando. Como en esa época siempre cargaba mi mazo, lo saqué y tan tan tan. Solté tres tiros.
Comencé a bajar despacio las escaleras, cuando sentí una plomacera bárbara. Pum pum pum. Me asomé y vi que todos estaban disparando al tercer piso. Volaban pedazos de bloque pa’ todas partes.
Unos policías le estaban cascando a Frank, lo tenían enrollado a pata, porque piropió a unas culicagadas que andaban con ellos. Unas viejas de Caucasia, Antioquia, que los manes habían recogido en la Autopista sur para subirlas a Sierra Morocha.
Yo me encambuché. Creo que hice como unos veinte tiros al aire. Entre los vecinos y yo teníamos hablado que si oíamos algo de bala, todos echáramos bala. Entonces con mis tiros, todos comenzaron a disparar. Los totes sonaban como si fuera un 24 de diciembre. Los policías se sintieron asonados y se abrieron. Aunque la verdadera razón es que ellos no tenían por qué estar ahí porque esos tombos estaban asignados para otra zona.
Después de ese episodio yo pensé que me iban a matar. Hacía poco tiempo habían matado a un man por echar tiros al aire cuando escuchó unos perros ladrando. Los perros eran del Ejército y fueron ellos mismos los que le tumbaron la puerta y lo mataron.
Don Carmelo, el del montallantas, me dijo: Esos hijueputas se entraron y mataron al pobre Negro. Pero muy tenaz. Muy triste. Y ¿sí vio doña Marina? ¿Vio el periódico? Dizque El Negro era del frente no sé qué. Del frente tal de las FARC. Ese pobre güevón del único frente que era, era del frente de mi casa.
Esa frase nunca se me olvida. Incluso la utilicé en uno de mis escritos.
El día de ese abaleo, no sé cuántos padres nuestros recé. Se me salieron todos los fluidos, creo que hasta me cagué del susto. Yo estaba con Oscar, un niño que había traído de Armenia y que cuidaba como mi hijo. Oscar, encambúchese debajo de la cama. Si me matan que me maten. Pero a sumercé no.
Pero como en el himno nacional: Cesó la horrible noche.
Como yo tenía una caleta, lo primero que hice fue guardar las armas ahí. Después metí las manos entre la cisterna del baño para lavármelas y quitarme el olor a pólvora.
Al otro día abrí el local y comencé a barrer el andén del frente. Al rato llegaron unos manes en un carro.
—Señora, háganos el favor ¿tiene tinto?
—No patrón, no. Yo tinto no. Yo vendo es pollo.
—Señora será que sumercé anoche no sintió que por acá echaron bala.
—A no sumercé, yo no… no oigo. Yo soy casi sorda.
Dentro de la chaqueta del man escuché el ssshhhhhh de los radios.
Más tarde llegaron todos esos choros y ñeros a felicitarme: Uy cucha usted es una verraca. Usted se agarró anoche con la tomba y bacano. Ellos desde arriba se dieron cuenta y comenzaron a regar el cuento, dizque la vieja del asadero se agarró a plomo con los policías. Y yo nunca. Yo sí disparé pero no a ellos.
Pero eso me sirvió para que todos me respetaran.
Hace como ocho meses venía yo por Arborizadora Baja, cuando vi unos manes y pensé que eran ladrones. Seguí andando y cuando estábamos de frente, uno de los manes me saludó: Uy doña Luzma ¿qué más? Después les dijo a los otros: Esta vieja sí es de güevas, esta vieja se agarró con la policía y bla bla bla.
Se creó un mito y yo gané estatus.
La estampida
Pasaron unos ocho, nueve años. Cualquier día llegó un chino de esos que vi crecer en el barrio, se le dio por atracarme y me coronó. Ahí perdí. Con ese robo ya los otros me vieron vulnerable y, sobretodo, la oportunidad de vengarse de mí porque yo tenía arrinconados a todos esos choros. Me debilitaron y ahí se acabó el reinado.
Lo peor vino después, cuando mi sobrina se involucró con uno de esos manes. Yo sufría mucho porque el chino era una rata, un fletero. Es que en el barrio se comenzaron a formar bandas de fleteros, esos que esperan a que usted saque la plata del banco y la siguen hasta que la roban. Esos ladrones ya son más serios, grandes, crecidos.
Como el man le hacía tantas cagadas a mi sobrina, un día lo cogí y con la cacha del revólver le rompí la cabeza… La verdad, yo lo iba a matar, sumercé. Literalmente lo iba a matar. Pero el marica, como un caucho, se metió en una taberna, debajo de las mesas. Yo entré a cogerlo, pero los dueños me sacaron.
Al poco tiempo llegó la Policía y le hizo un allanamiento a la banda cuando estaban en plena pachanga. Ese día los manes se robaron como cuarenta millones de pesos y llevaban gastado uno en la fiesta, comprando trago y subiendo nenas. En el momento que la policía les cayó, se armó una plomacera tenaz, pero finalmente los tombos se llevaron el botín.
Cuando la noticia salió en el noticiero, dijeron que la policía había incautado cinco millones de pesos. No hay que ser muy entendido para saber en dónde terminó el resto de la plata. A los manes de la banda los capturaron y encanaron, pero al poco tiempo les dieron salida.
Después fue el mismo novio de mi sobrina el que le dijo a los otros manes que yo les había echado la Policía. Que yo estaba dolida. Para ese momento, él y mi sobrina ya tenían una hija. Una niña que es mi adoración.
Entonces la banda me citó y decretaron que me tenía que ir del barrio. Era eso o matarnos. Salimos todos en desbandada. Tuvimos que vender, regalar, perder. Dejar todo lo que habíamos construido. En conclusión, nos fuimos todos: mi mamita, mis hermanos y yo.
Por eso comencé a vivir aquí, en Arborizadora Baja. Este apartamento estaba en obra negra cuando llegué. Pero lentamente lo fui arreglando. Después monté la heladería y compré la suscripción de El Tiempo. Todavía conservo las facturas en donde escribí las primeras historias del barrio, las que puse a concursar en La Ciudad Jamás Contada.
Pero esa historia, sumercé ya la sabe.
Ojo al video
Las narraciones de doña Luzma se alimentan de su mirada insaciable y detallista. Tal vez se trate simplemente de la misma obsesión, pero incluso mucho antes de aventurarse a escribir, Luz Marina comenzó a registrar en su cámara de video todo lo que sucedía en Ciudad Bolívar. Un registro único de la historia del barrio, su gente, su transformación y sus muertos.
Igual que en sus crónicas, a muchos personajes de sus videos los han matado. Pero ella los ha inmortalizado, porque en este caso, también se porta como una madre que cuida la memoria de quienes se van. En sus grabaciones ha logrado eternizar lugares que ya no existen porque la ciudad se come a mordiscos el campo, igual que lo hace con sus habitantes.
Luz Marina es el gran ojo en este caos de laderas, invasiones, amores y balas.
Perdido entre los objetos de su casa tiene un pisapapel como un cuadro con animales del campo. Una vaca de manchas, un balde para recoger la leche, un prado verde con flores pintadas y, metido entre una burbuja, un gallo dorado que se cubre de luces cuando se sacude la figura y papelitos brillantes vuelan. Es una versión campesina de las bolas de navidad que dan la impresión de nevar sobre ciudades inglesas. Luzma también hace parte de este minifundio de porcelanicrom, es su propietaria y administradora.
Ahora empieza otro proyecto, su propio sello de producción cinematográfica: La Vereda Films. Con esta Vereda quiere filmar sus documentales y presentar su propio trabajo en festivales como Ojo al Sancocho, en el que lleva tres años participando.
Protegido debajo del vidrio de una mesa que divide el espacio entre la sala y el comedor, está el afiche del último cortometraje que escribió para un concurso de la Cinemateca Rodante: Asalto a Ritmo de Rap. Es un afiche en cartulina con colores, marcadores y recortes de monjas, raperos, celadores, políticos y reinas que aparecen montados en un bus dibujado. En una esquina de esta cartelera, que recuerda los trabajos del colegio, está el sello de Vereda Films: un campesino con azadón en mano.
En el último festival de Ojo al Sancocho, los organizadores escogieron a Luz Marina para que hiciera la presentación del evento. Al terminar su introducción, Jorge Velosa, el famoso carranguero, se le acercó para saludarla. Estaba orgulloso de que hubieran elegido a una mujer de Ciudad Bolívar para presentar el festival. “»A Jorge le agradecí. Yo estaba contenta, pero también sorprendida de que me hubieran escogido a mí, porque honestamente, en este barrio todas las mujeres somos luchadoras. Aquí todas hemos aprendido a vivir así”.
Luz Marina inspira todo menos debilidad, aunque como todos los animales salvajes, su armadura recubre un corazón frágil, incluso roto. Sus brazos están tostados de tanto andar loma arriba, al sol y contra el viento. Haciendo su recorrido hasta el Palo del Ahorcado para la producción de otro guion, se ganó un quemón que va desde su muñeca hasta el inicio de la camiseta. Un bronceado de camionero. Un bronceado de mujer en guerra.
http://www.youtube.com/watch?v=wrSswS9Fneg (Video de Luzma. Pionera del ciclismo colombiano. Señal Colombia)
Fotografías de Adriana Puentes.
Este texto fue publicado en el libro. Sucedió en la Ciudad. 16 cronistas en Bogotá. Editado por el Colectivo I-letrados, ganador de una de las becas otorgadas por el Ministerio de Cultura año 2013, en la categoría: Antologías de los talleres de escrituras creativas.


