El río y su homenaje al mar

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El río de mi cuidad es como el mar. Cuando la marea sube, atiborra su cauce y cambia su forma de hilo por una arteria de agua. Una arteria hinchada de líquidos oscuros, grande y antigua como una matrona de apetito voraz que refleja todo el cielo en sus ojos, cuando de noche se ven las estrellas.  

El río se alimenta de lluvia, de orín y de otros ríos que a veces se juntan. Se colma de sí mismo hasta llegar rebosante y cachetón hasta los límites de su vertiente. Como si se empinara para ver la calle e imaginarse perdido entre sus habitantes, rompiendo puertas y ventanas, alzándose hasta las copas de los semáforos y los cables de la luz que suben al cielo y lo dibujan.

Pero cuando el río comienza a rebosar su lecho y deslizarse por los andenes, las manos de alguien abren unas compuertas que bajan la marea con rapidez de sifón, tragándose el agua por su garganta. Otro túnel que apenas gorgorea, mientras arrastra su cuerpo líquido por las cañerías.

Y el río se pierde en un lugar que no veo, pero que lo vuelve delgadito y timorato, como un riachuelo seco que apenas se oye haciendo mucho silencio. Igual que se hace un desierto cuando la Tierra, con su movimiento de piernas, levanta una cara del mundo y ladea y empoza las enaguas del mar del lado que le da por mirar. 

El barrido del agua deja a su paso peces saltando enloquecidos, ahogados de aire, secándose sobre corales blanquísimos, rugosos y salados o arena peinada con formas de olas y trozos de vidrio limado. Y salen los brotes de pasto por las grietas del concreto, ruedan los envases plásticos y la pata de una silla que arrojaron un día se mece con desgano, junto a una muñeca con el vestido ajado y el pelo blanco, engarzada de un gancho de ropa.

Ese río hecho una línea delgada apenas si se siente en el trajinar del día. Solo una niña que gana monedas limpiando vidrios de carros, se acerca a su lecho para tomar agua y enjugar el trapo que usa. Y cuando a la hora del almuerzo se come el arroz que preparó para la semana, descuelga los pies sobre un graffiti que dice

Multiplicar

Los panes

Los peces

Las paces *

Y piensa en el río que crece y desaparece, que está muerto y no arrastra pescados, ni deja beber de su agua. El río que nace en las montañas del oriente y alimenta otros caminos de agua que terminan siempre en el mismo punto. Porque todos los ríos van al mar, pero el mar no se llena. Es insaciable igual que su hambre. Y llueve. Mientras tanto.

*Graffiti de Luis Liévano “Keshava”.

Foto de Adriana Puentes.

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

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