Diatribas en un pueblo petrolero. Primero: Cantos de la esposa solitaria

la cara petrolera del llano

Terminó su segundo helado de maracuyá con adición extra de leche condensada. Se lamió las comisuras de su boca igual que un gato sus bigotes. Sintió mareó. Claramente había sido una sobredosis de azúcar.

Fue a la ventana y la abrió buscando calmar el malestar, pero en cambio un viento caliente como vapor de camión le golpeó la cara. El bochorno era mortal y peor cuando llovía porque se alborotaba el calor del piso y el cemento encolerizado levantaba sus llamas. El mareo se hizo más fuerte y se le vinieron algunas arcadas que trató de ignorar. Respiró con fuerza, cerró los ojos y cuando escuchó que la tanda de comerciales terminaba, volvió su atención al televisor.

Estaba viendo Pasionaria, una telenovela venezolana en la que Bárbara Santana, la protagonista, debía casarse con Eliseo Monteverde −viejo, malvado y ambicioso− para proteger a su hija. Por supuesto, Bárbara en realidad amaba a Jesús Alberto −joven, bueno y pobre− el verdadero padre de la criatura.

Había visto la telenovela por primera vez hace muchos años, y ahora la repetía porque la estaban retrasmitiendo en uno de los canales venezolanos de la señal pirata que había instalado Bolívar.

A Mireya le parecía que su vida, como la de Bárbara, también estaba marcada por dos hombres, aunque en su caso ninguno era sexy, ni millonario, ni ambicioso, ni nada. Claro, atreverse a matar al papá de Bárbara y aprovecharse justo en el velorio para ponerle burundanga en la agüita aromática y dizque embarazarla, todo con tal de conseguir la herencia de los Santana, estaba mal; pero al menos Monteverde tenía pispicia y cacumen. En cambio a Bolívar, ni una idea se le pasaba. Sólo una vez lo había visto,  en su máximo momento de éxtasis creativo, trepado en el techo tratando de piratear la parabólica con un gancho de ropa de alambre. Casi muere electrocutado.

Pero lo que ella realmente no podía perdonarle, por sobre todas las cosas que no podía perdonarle o que no le gustaban de él o que quería cambiar, era que Bolívar no fuera elegante. “Boli, al menos metete esa camisa”. Pero no. Él se mantenía pobre y harapiento. No como Monteverde que tenía la elegancia y actitud de la gente rica, que saben lucir su plata con delicadeza. Claro, en realidad Eliseo estaba quebrado o si no, no habría inventado el truco de la aromática, pero tenía el porte que identificaba a los caballeros.

Y es que Bolívar era del mismo talante que los guaches del pueblo. Todos esos que andaban por las calles arrastrando chancletas y jugando guayabita esperando a que la petrolera les diera trabajo así fuera barriéndole los pies a los ingenieros o destapándoles los baños. Esos mismos guaches que apenas coronaban un negocio jugoso se gastaban la plata en parrandas con putas y tiros al aire.

Pero esos eran los galanes a los que ella podía aspirar. Ningún ingeniero con lo modales de Eliseo Monteverde se fijaría en ella y menos ahora que andaba tan gorda.

Lo que más rabia le daba era que la gordura le viniera por la depresión de no embarazarse y no por el embarazo, como al resto de las mujeres. Bárbara, por ejemplo, había quedado embarazada casi sin enterarse, porque al parecer la misma noche de la burundanga estuvo con Jesús Alberto, después de Monteverde, o antes, o algo así. Mejor dicho, el truco les había servido a los dos y al final el óvulo había escogido al espermatozoide bueno.

En cambio sus óvulos eran perezosos, le había dicho el médico, y ella, fingiendo un ataque de risa, pero en realidad de pura venganza, le había escupido el agua sobre los exámenes que tenía en el escritorio. “¿Perezosos? ¡No, qué va! Si alguien aquí tiene la culpa será Bolívar que se lo pasa echado en el sofá”. Al final, ni siquiera se disculpó, ni recogió los exámenes, ni volvió donde el médico para empezar el tratamiento de fertilidad. Estaba convencida que si se conseguía un amante, lograría embarazarse sin necesidad de someterse a esas humillaciones.

Cuando finalizó el capítulo de Pasionaria, dirigió su atención a la calle. Llevaba siete años viviendo en aquel barrio, apenas dos años más de los que llevaba casada con Bolívar. La noche del matrimonio cerraron la cuadra por ambos extremos y Jair, un primo músico, puso unos picó tan poderosos como los que quiebran vidrios y aflojan dientes. La fiesta duró 55 horas sin incluir las 2 de la misa. Ese día Mireya fue muy feliz, a pesar de no amar a Bolívar y a pesar de no tener su anhelada noche de bodas en una tina con burbujas como siempre soñó. Y no porque faltara la tina o las sales, sino porque les había sido totalmente imposible alcanzar el orgasmo en semejante incomodidad.

Ese en realidad fue el único pero, porque la falta de amor nunca había sido un problema. Como decía su abuela: “Cásese con el hombre que la quiera a usted… Eso es lo mejor mijita, mucho mejor que andar por ahí, hecha un fantasma, por culpa de los caprichos del amor”. Por lo demás, todo fue perfecto. Lució un vestido blanco con mucho encaje, borlas de todos los tamaños en la falda y los hombros, un escote en “V” y un velo largo con una coronilla que le adornaba la frente. En el centro, una perla más grande que las demás sobresalía.

Mireya y Bolívar habían planeado casarse en la iglesia cercana y salir andando hasta la cuadra donde era la fiesta. Recorrer su propia alfombra roja −hecha de la unión de 25 pequeños tapetes que decían “Bienvenido”, que cubrieron con pétalos y arroz− al son de aplausos, pitos y voladores, la había hecho sentir como una actriz. Ni Bárbara, en sus dos temporadas de Pasionaria -la original y la repetición- había grabado una escena así. Incluso Bolívar, con su traje también blanco y su rosa en la solapa, había estado, por única vez, a la altura de un libertador que nunca se imaginó bajito.

la cara petrolera del llano 2

Al final de la cuadra vio unos niños jugando y un señor que pedaleaba lentamente su carro de helados. La tarde caía y el calor parecía alargar las horas con odio, haciéndola sentir aún más sola. Sí, se sentía sola, aunque no pudiera admitirlo en voz alta ante las vecinas del mercado que le reprochaban tener un amante, y peor aún, tener un amante carnicero: “Porque si una se ha de meter en ese lío, debe ser porque el amante supera con creces al marido”. No. Ante ellas no podía admitir que Jimmy la hacía sentir menos sola y por eso se mantenía a su lado a pesar de su falta de estatus, de ambición y de elegancia. A pesar de que Jimmy tampoco era Monteverde.

Así como ella no era Bárbara. Al contrario, Mireya tenía un marido que trabajaba de obrero veintiún días interno en el campamento petrolero y que sólo veía cinco días de los siete que le daban de descanso, porque los otros dos se los gastaba viajando; y un amante, carnicero y casado que, aunque era ojizarco y tenía un buen cuerpo, tampoco la preñaba. Realmente sus cualidades eran: siempre estar ahí sin pedirle nada a cambio, ser su mejor sexo a la fecha y no amenazarla diciéndole que iba a dejar a su mujer. Ya suficiente con tener que acomodarse a los remilgos de un hombre para que después de cogerle el tiro, se ponga una a empezar con otro.

Ahora que lo pensaba mejor, dos hombres por el precio de uno, no estaba tan mal. Viviría así hasta que mi Dios se lo permitiera. Si no fuera porque el carnicero estaba en las ferias del joropo o porque el marido andaba interno en el campamento, ni siquiera estaría perdiendo el tiempo así. Decidió poner música a todo dar y darse un baño para sacarse tanta pensadera.

Aunque el volumen estaba al máximo, no logró escuchar nada mientras estuvo en el baño. Tenía la ilusión de cantar en la ducha si oía algo conocido en la emisora, pero no fue así. Salió descontenta por la falta de capacidad de sus bafles y recordó los picó de Jair. Eso sí era potencia. En un momento de borrachera le sugirió al primo que se los dejara como regalo de boda, pero para ese entonces Jair quería iniciarse como cantante de reguetón y necesitaba buen sonido para los conciertos que con seguridad daría en el futuro. Jair era muy talentoso, inventaba canciones de amor, desamor, sexo, celos, cachos, tríos y todas las mezclas posibles entre los humanos. Además quería llegar con sus letras reguetoneras al corazón de las colegialas. Jair en realidad no tenía tantos deseos de ser un cantante famoso, como de conseguirse una novia menor de 17 años para criar y volver su mujer. Y después repetir el mismo ciclo con una amante y otra y otra más.

Mireya sentía celos anticipados de esa niña y no precisamente porque deseara a Jair. Por supuesto, como todos los primos de la misma edad en algún momento se habían tocado, pero eso fue mucho antes de conocer a Bolívar. En realidad los celos eran por el simple hecho de reconocer que estaba envejeciendo y ya no era una jovencita, sino una mujer casada y rondando los 26. En 4 años tendría 30 y entonces sería el inicio de la decadencia femenina: la gordura se apoderaría de ella totalmente y comenzaría a sentir los achaques de la madurez. Querría dormirse temprano, coser los pantalones de Bolívar, sentarse frente a la casa, mecerse en una silla y pasar la tarde contado chismes con otras mujeres de su edad que seguramente hablarán de la vulgaridad de las jóvenes que quieren ser.

Pensando en esta imagen, recordó la ingeniera de responsabilidad social que había mandado la petrolera siete meses atrás. Había llegado con ese aire de “todos somos amigos y me interesa mucho el bienestar de la comunidad” que siempre traen los petroleros cuando quieren hacer acuerdos con la gente, porque se ven cogidos de las güevas. El paro había logrado que por primera vez emplearan gente del pueblo, aunque su marido no tenía ese problema porque ya llevaba tres años trabajando con ellos. Lo cierto era que la ingeniera, como muchas otras mujeres de la capital que había visto antes, tenía una forma distinta de envejecer. Se notaba que era mayor de 30 por algunas arrugas delatoras, pero no estaba tan acabada, ni escurrida.

Cuando ella llegara a esa edad quería mantener el espíritu libre de Bárbara y el porte de la ingeniera.

Para lograr su cometido, primero tendría que adelgazar y para esa misión contaba máximo con 4 años de plazo. Ahora mismo, tenía toda la ropa desparramada en la cama buscando algo para ponerse. Ya nada le quedaba bueno, ni siquiera las lycras que eran casi como andar en cueros. Tendría que hacer algo con urgencia, definitivamente ese romance con Jimmy tenía que aprovecharle más para que él, en vez de darle tanta carne, le hiciera reducir las suyas.

Por fin, una canción conocida sonó en la radio.

♫ Muchos serán los caimanes que hoy esperan la quincena/ de varios amigos míos en la zona petrolera/ que trabajan como negros para mandarles a su nena/ y el caimán como un doctor gozando la vida buena/

Él se encuentra en un sofá/ tiene cruzada la pierna/ mirando televisión tomando bebida buena/, el teléfono en la mano y empujando a la nena/ que presione a su marido pa que mande la quincena/

Están son las consecuencias de la industria petrolera/ tiene que ser resignado esto no es para cualquiera/ el caimán esta contento atizando la candela/ y el pobre trabajador durmiendo sin compañera/

El caimán Petrolero: http://www.youtube.com/watch?v=vdAEZ61_Ar0

Fotos tomadas del reportaje «La nueva cara petrolera del llano» publicado en la Silla Vacía. 17-01-2013

http://lasillavacia.com/historia/la-nueva-cara-petrolera-del-llano-40994

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

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