
El escenario es verde limón, tierra ácida y roja y algunos oasis de un verde oscuro que desde lo alto se ven como ríos de selva entre la llanura árida. La temperatura sobrepasa los 43 grados a la sombra. El polvo se levanta y la piel arde.
El tiempo pasa m u y l e n t a m e n t e.
Cada tic tac es un parpadeo antes de caer en la modorra pegajosa del medio día.
Una mosca se toma cinco minutos en terminar de frotarse las patas y levantar su propio peso hasta el siguiente pastel de boñiga.
El gas putrefacto de un animal muerto cubre la tierra.
Un toro dobla sus patas delanteras y se desvanece en el pasto chamuscado, antes de alcanzar los pocos centímetros que le faltan para llegar a la sombra.
Intempestivamente cae un aguacero torrencial y aviva con su furia las horas de fuego. La borrasca caliente alebresta hasta los llaneros más aguerridos. El agua levanta la tierra ocre, la lleva hasta las copas de los árboles y luego la golpea con violencia, la revuelve y la escupe de vuelta a su origen. El diluvio levanta los muertos y obliga a los vivos a guarecerse en sus casas. Los ríos se liberan de sus cauces y arrastran fuera serpientes malignas y animales fosforescentes. Las grandes piscinas de barro quedan como cicatrices de lo sucedido; igual que los caseríos rotos y las tejas voladas.
Así es el llano. Arrebatado y colérico.
***
Un letrero grande marca la bienvenida. Está en la mitad de un llano que es un océano de aceite donde queda La Nada. El letrero también es una puerta sin paredes. Una puerta sin casa, donde los límites están hechos de juntar los tanques que se ven a lo lejos, plateados y brillantes, como las chimeneas del centro del mundo, y los tubos que entran y salen de la tierra, tejiendo un sistema circulatorio de petróleo y agua. Junto con estos accesorios de acero hay morichales, trochas embarradas, alguna vaca perdida, tiendas con niños escondidos aguzando su mirada de animal, y en el corazón: un hormiguero de containers, una mansión curuba con el logo empresarial, camionetas, carrotanques y hombrecitos con cascos blancos y overoles. Es la colonia.
En el principio de los tiempos hubo un hombre que levantó su mirada al cielo, puso su oreja en la tierra roja y escuchó el sonido burbujeante del petroleo. Entonces ese hombre trajo otro, y otro más, y muchos más. Y esos hombres arrastraron, como un caballo de Troya, los taladros de perforación que clavaron su aguijón en la piel del llano y chuparon del animal dormido.
Cuando el animal despertó, el cuerpo estaba invadido. Muchos zancudos gigantes succionaban su sangre y caían borrachos, redondos como uvas a punto de explotar. La noticia recorrió el país. Habían encontrado un gran yacimiento petrolero que garantizaba una producción estable durante años. La capital celebró. Hubo serpentinas. Copas de champaña y whisky chocaron entre sí.
La inversión genera trabajo, progreso, desarrollo, centros comerciales que son sinónimo de bienestar. Por eso muchos migraron, buscando que el contacto con familiares y amigos, conocidos y vecinos sirvieran para entrar en la petrolera.
Buscando estar más cerca de esa puerta y cruzarla.
Pero unirse no era fácil especialmente porque no necesitaban nada ni nadie. Sólo público asistente al espectáculo. El campamento como caravana de circo había llegado con todo, porque el Estado es el dueño del petróleo y porque la tierra, en ese sentido, debe ceder a este interés general. “Pueblo ignorante, no desfallezcáis, ya pronto vendrán los centros comerciales y todos agradecerán la bonanza”.
A pesar de las buenas intenciones y las campañas de responsabilidad social, llenas de fotos con niños sonrientes y mujeres con dientes de blanco perfecto, al poco tiempo el pueblo rebotado optó por cerrar las carreteras.
Inicialmente el grupo de manifestantes era pequeño y el bloqueo fue deshecho por la policía sin mayores aspavientos. El tema ni siquiera fue noticia nacional.
Fue en el segundo intento que el paro dio frutos. Para ese momento, se habían unido los pobladores con el recién armado sindicato, creado rápidamente para el evento. Los manifestantes querían trabajo, beneficios por dejar los taladros y sacar los barriles de petróleo de sus tierras, querían bonos de mercado, hospitales, aire acondicionado, piscina municipal y una fiesta de fin de año con artistas nacionales. En general, hablaban de tiempos inexistentes que nadie había vivido, en donde todo era más sano. Hablaban de los inmigrantes paisas, huilenses, pastusos, cachacos, boyacos, costeños y demás gentes que no conocían los llanos y ahora, se hacían contratar quitándoles la oportunidad: El puesto rapado de ser obrero.
En el segundo paro también bloquearon las carreteras. Todas las trochas del campamento tenían manifestantes atrincherados detrás de barricadas improvisadas con llantas, mujeres que habían acomodado sus ollas de sancocho en la mitad de la carretera, perros revoloteando, niños mocosos subidos en las torres de neumáticos, hombres que habían sacado su ajuar de plumas y sus kioscos portátiles para ofrecer remedios, ancianos enfermos que servían de voluntarios para probar la efectividad de los menjurjes y hasta un conjunto llanero que cantaba a la resistencia, a las mujeres, a los caballos y al caimán petrolero. Entre canción y canción se escuchaban arengas y vivas al pueblo, así como discursos pro derechos humanos, derechos al trabajo, derechos a la vida, a la vivienda digna, a la salud y a la construcción de un polideportivo.
En conjunto toda la comitiva impedía el paso de los largos carro-tanques, las camionetas y las motos. Como actores congelados en una foto, la producción quedó detenida por culpa de la fanfarria. El festival de los manifestantes petrificaba las máquinas. Las pérdidas eran alucinantes o monstruosas o inconcebibles, decían los gerentes. Como si muchos millones de dólares pasaran por una máquina trituradora o se usaran para limpiar culos. Los jefes manoteaban y lanzaban golpes en las mesas. Los contadores sudaban y los ingenieros presionaban a los abogados que acorralaban a la gente con despidos y descuentos. Las cifras se desplomaban, los indicadores caían, todas las flechas de las gráficas apuntaban hacia abajo, las sirenas sonaban y los bombillos estaban en rojo. Nadie chocaba sus copas.
Con el paso de los días, nuevos manifestantes se habían unido a la feria del paro. Las carreteras se habían convertido en un verdadero mercado, generador de empleo y bienestar social: se vendía raspado, se ofrecían lecturas del tarot, capacitaciones en fabricación artesanal de bombas y cursos intermedios de matemáticas. Se enseñaba inglés, se tejían hamacas y se vendía mamona y carne oriá. Nadie quería volver a la normalidad.
Sin embargo, el despido de mil trabajadores había alborotado el avispero. Algunos manifestantes, más bélicos e indignados, atacaron el interior de la colonia quemando campamentos, camiones y regando comida. Los noticieros habían llegado al lugar de los hechos calificando la situación de “muy grave” inflando las cifras de pérdidas, parálisis, despidos y heridos. En youtube había comenzado a circular un video titulado “Lo que el gobierno no quiere que veamos”, en donde se veían claros enfrentamientos entre la fuerza pública y los campesinos. La sangre, el llanto, las piernas rotas y un ojo salido fueron los principales protagonistas.
La presión finalmente había llevado a los empresarios a sentarse a negociar. Las amenazas de paro indefinido, el cierre total de la petrolera, la mala imagen nacional e internacional y el insólito y sorpresivo argumento sobre la ancestralidad de las tierras, parecía dar sus frutos. Pero, al tiempo que los noticieros mostraban la inauguración de la mesa de negociación, la vicepresidencia de la República, que se hablaba de tú a tú con los socios, enviaba al campamento un grupo del Escuadrón Móvil Antidisturbios − ESMAD. “Para que no nos cojan con los pantalones abajo”, dijo el vice en su conversación telefónica.
Como prueba de las buenas intenciones de las partes, los delegados para la negociación se tomaron una foto en donde todos salían sonrientes, tomados de la mano y vestidos de blanco: el color de la paz.
Al día siguiente, la imagen fue portada en todos los periódicos.
Publicado por Adriana Puentes
Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión.
Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio.
Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida.
Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.
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