Diatribas en un pueblo petrolero. Canto tercero: Olpar, el ESMAD.

la cara petrolera del llano 4

La llegada del ESMAD al campamento petrolero fue una exageración. Un despropósito que solo revelaba el excesivo poder de la empresa. Se notaba la influencia en el vicepresidente, quien había cambiado los planes a última hora con los muchachos ya listos y alborotados para encargarse de los Juegos Panamericanos. Definitivamente el vice se merecía esa caricatura donde salía con cuerpo de burro o, esa otra, donde su cabeza era un balón y los ingenieros un pie. Seguro se la hicieron por los juegos. Qué forma de desmoralizar el pelotón, justo cuando los hombres del escuadrón estaban felices de sólo imaginar las jugadoras de voleibol en cacheteros. Tanta nalga era una motivación que no habían tenido en años de enfrentamientos con indios de toda calaña y estudiantes harapientos de universidad pública.

Las imágenes redondas y apretadas de las pompas femeninas, le antojaban tanto a Olpar García, uno de los hombres del ESMAD que entró al campamento por órdenes del vice, que al enterarse del cambio de planes había caído en una profunda depresión de la que no lograba reponerse. Y muchos menos en la canícula del medio día, en la mitad de ese polvero haciendo nada y  sentado en una silla rimax de la recepción de la petrolera. No podría decirlo ante nadie, pero al mirar a su alrededor y ver otros hombres como él desparramados en las sillas, confirmaba sus sospechas sobre el vice. Y es que ¿qué tipo de confianza podrían generarle las decisiones de un tipo con corte de pelo como honguito, falto de cuello y mejillas sonrosadas cual maniquí?

Realmente era un despropósito que su adorado presidente lo hubiera escogido como fórmula política. Pero él no estaba para cuestionar las decisiones de nadie, sino para esperar por si de pronto y en lo que les quedaba de vida, a alguno de esos pueblerinos le daba por volver a levantar un paro que estropeara la producción de la petrolera.

Por instrucciones precisas todos debían usar su uniforme de escuadrón móvil antidisturbios, a pesar de la paradoja: quietud y paz. Parecía más una orden para proteger su identidad. Igual que un súper héroe debe protegerse, por si algún loco le da por salirle al baile en una cita romántica con su Meriyein. Claro que todos esos héroes eran de ciudades frías. ¿Cuándo un Batman o un Spiderman atendían las necesidades del llano, la selva o el litoral? Jamás. Si acaso, los enviaban de comisión rápida al África, pero nada de demorarse porque esos hombres sólo se crían y trabajan en tierra fría como la papa o la cebolla. Ninguno podría soportar el látex pegado a la cara en ese calor, y quien lo hiciera, seguro desarrollaría un acné permanente que le impediría ejercer sus funciones de súper galán.

Dentro del uniforme encasquetado Olpar sudaba a chorros, más que cuando bailaba y las gotas de lluvia terminaban lavando a su pareja. Algunas veces usaba un pañuelo para irse secando, o incluso una toalla pequeña de manos, pero no siempre contaba con esos recursos porque las rumbas le salían espontáneas. Claro que, valga la aclaración, el exceso de sudoración jamás había sido un problema con las mujeres, a quienes sabía compensar con sus mañas de galán de telenovela.

Tristemente no era el sandungueo lo que lo hiciera sudar esta tarde. Ahora mismo tenía que soportar el peor de todos los sudores: el de hombres quietos, retozando en sillas de recepción, rascándose las pelotas, esperando alguna orden pendeja. Justo en frente tenía a Faustino rascándose la oreja con una llave y en diagonal podía ver a Dionisio, tanteándose el mal aliento con la mano. Definitivamente esas gotas de sudor eran las más espesas que había soportado en todo el año, las cuales a pesar de su densidad, lograban sobrepasar la protuberancia de sus cejas y caerle directo a los ojos. Eran como cascadas de aguasal sobre sus vistas irritadas, rojas de polvo y mugrera.

Hace rato una mosca barrigona sobrevolaba el escuadrón sentado en la recepción. La mezcla de hombres en armadura con el sopor infernal del llano, hacía del movimiento una melcocha sin fin. Aunque en un momento la mosca causó revuelo e incluso intentaron matarla, al final había sobrevivido. Y eso que era regordeta y verde, una avioneta panzona en el mundo de los insectos, siendo el jején un avión fantasma y el zancudo un avión comercial.

Al llegar al campamento, el paro le había causado a Olpar una ternura única. La imagen parecía más una feria artesanal que una manifestación de llaneros indignados. Al bajarse de la avioneta y ver las tiendas, pensó que tenía que aprovechar los menjurjes ofrecidos para comprarse una pomada. Es que desde hace rato le molestaba un tendón y andaba buscando un ungüento caliente que le hiciera distensionar el músculo y todo el mundo sabía que, como los brujos yerbateros del llano, ninguno. No fue sino ver la oferta y enseguida la pata se le puso renca. Su tendón salsero reclamaba el remedio, así que decidió apartarse sigilosamente del grupo y buscar algún lugareño que le hiciera el mandado.

En ese momento, como si Dios escuchase sus súplicas, una viejita milenaria y encorvada como un dos, caminaba en su dirección apoyada de un palo que crujía a cada paso. Al verla, Olpar decidió que sería ella la llamada a cumplir sus designios. Por eso, sin siquiera pensar que su armadura pudiera causarle espanto o que el escuadrón fuera considerado el enemigo por el pueblo, la atajó a medio camino y le comentó sus necesidades. Acto seguido hizo demostraciones de cojera saltando en la pierna sana y le exageró caras de dolor tras su bozal. Todo sin darle tiempo de responder. La anciana que pensó ya lo había visto todo en esta vida, supo en ese instante que no era así. Aún le faltaba que, antes de morir, un monigote gigantón armado hasta los dientes, le pidiera un favor haciendo monerías como un niño a punto de orinarse. Un mentecato que más parecía el jinete bobo y descarriado del apocalipsis, alejado de su manada que se movía lenta pero segura contra la gente.

La abuela miró a Olpar de arriba abajo tras unos párpados caídos y arrugados por 98 años de existencia y, sin pronunciar palabra, alargó la mano para que le diera las monedas. Sabía que era mejor tener a ese bruto de su lado. Ella también había visto el video en youtube sobre “lo que el gobierno no quiere que veamos”, que transmitían en un cine improvisado en la carretera. Por eso, sabía de antemano sobre los excesos de esas bestias e incluso aún tenía pesadillas con el ojo salido del pobre muchacho protagonista de la película. Una historia de la verdadera vida real del pueblo oprimido.

Como Olpar no tenía plata algo le dijo sobre pagar contraentrega, mientras seguía bailando en su pata buena, le suplicaba a la ancianita y miraba hacia su grupo que ya comenzaba a extrañarlo. La mujer agachó su cabeza y sin decir palabra, regresó hacia la tienda del indio puesta en mitad de la carretera, mientras pensaba cómo cobrarle ese favor para siempre.

No había desandado diez metros cuando el escuadrón recibió la orden de lanzar gases lacrimógenos contra la turba. Una tragedia. Mil pedazos del corazón de Olpar volaron por toda la trocha, sintió una picada como latigazo y el dolor le calentó la rodilla. Sudó con fiereza, un cólico le revolvió la panza y al final, con un resoplido cerró los ojos y obedeció. Antes que terminara de dispersarse el gas, ya la gente se había largado tras voces de protesta, gritos y tos generalizada. La anciana había sacado sus piernas de gacela para huir en dirección contraria. Llena de furia y con los ojos salidos de sus cuencas, levantó sus brazos al cielo y hablando en diferentes lenguas, le lanzó una maldición a Olpar. Al terminar volvió a su posición de dos y agarró el bastón.

Toda la feria del paro había quedado tirada en la carretera, como los pueblos abandonados donde la gente deja la sopa servida, porque la huida se da sin pensar. Solo un niño, que no quería almorzar, aprovechó para volcar la olla del sancocho y lanzarle al escuadrón una papa hervida. Su acto heroico le había valido tremendo quemón en las manos.

El enfrentamiento terminado en pocos segundos, había dejado a Olpar frustrado y dolorido especialmente por la necesidad de tener la pomada, la cual no se atrevería a robar porque podría ser matón, pero ladrón jamás. Se sentía traidor y deseó que alguien saliera a atacarlos para justificar las armaduras, se imaginó que la viejita le mandaría a un nieto para vengar su traición, después de estar haciéndole un favor. Por supuesto, no imaginó la maldición ni sus consecuencias inexorables. Sin embargo, en el acto inmediato nada pasó. La gente desapareció por completo y minutos después de lanzar el gas, la petrolera firmó un acuerdo con el sindicato. En adelante todos los obreros, aseadoras, cocineras, camioneros y demás gentes sin estudios, serían contratados directamente del pueblo para trabajar en el campamento. Además acordaron unas bonificaciones de mitad y final de año y el regalo de bonos sodexo pass a cada trabajador para fomentar las ventas locales de los supermercados.

Pasados los días todo volvió a la normalidad, pero la decisión de la vicepresidencia fue que los muchachos del escuadrón móvil permanecieran quietos en la petrolera, como estrategia para infundir miedo y evitar que la gente se atreviera a bloquear las carreteras nuevamente. Una idea brillante a todas luces, dijo el vice en una conversación telefónica. Para cumplir tal designio, acomodaron a los muchachos en la iglesia, la institución que más se ajusta a nuestras creencias, alardeó un hombre orgulloso de dormir frente al crucificado, aunque sin usar la palabra institución.

En la recepción Olpar estaba sumido en la depresión. No habían enfrentamientos, ni pomada, ni lugareño que le hiciera un mandado, ni niñas jugando voleibol en cacheteros, ni estudiantes encapuchados, ni indios del Cauca que los atacaran cuerpo a cuerpo con rocas y palos. El letargo era infinito y la mosca aún sobrevolaba la recepción.

Seguramente, moriría de vieja.

Seguramente, esa era su maldición.

(Fotografía tomada del fotoreportaje «La nueva cara petrolera del llano». La silla vacía)

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

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