Adiós a la nostalgia

Estos somos nosotros cuatro

El domingo era el día de la nostalgia. De niña me sucedió muchas veces que los domingos al caer la tarde, me entraban ganas de llorar. Unas ganas fuertes y dolorosas que siempre me superaban. Los ojos se ahogaban en lágrimas y sentía una tristeza tan insoportable, que no podía sino guardarme como un avestruz en la almohada. Era culpa del domingo. Pero también era culpa del miedo que me daba la muerte especialmente ese día de la semana y, cómo no admitirlo, era culpa de la madrugada que me esperaba el lunes para ir al colegio. En realidad era muy difícil no querer llorar con ese trío de razones. Aunque mi motivo más fuerte era el segundo, porque si no hubiese colegio y el domingo no fuera el final de la semana, yo podría quedarme para siempre al lado de mi mamá, sin sentirse triste porque teníamos que separarnos con la llegada del lunes. Y sobre todo, sin recordar que algún día ella iba a morir, igual que mi papá, mi hermano y yo.

El duelo anticipado con ese solo pensamiento, no tenía más salida que unas lágrimas obesas, alimentadas con toda mi tristeza.

Nosotros vivíamos en un apartamento en Bogotá. Tenía tres habitaciones: una para mi hermano, otra para mis papás y la otra para mí. En el cuarto de mis papás estaba el televisor y los domingos casi siempre estábamos los cuatro acostados en la cama, viendo alguna serie nacional. Entonces me entraba la nostalgia que además se intensificaba con esa última luz de final de la tarde, que se mezcla con ese otro amarillo de bombillo que cuando ya la noche está instalada, hace parecer todo más viejo.

Yo sentía un apretón en el pecho, me enrollaba como un ovillo y lloraba sin hacer mucho ruido para evitar que me preguntaran por qué. No quería confesarle a nadie mi miedo. Mi hermano y yo éramos niños, mis padres eran jóvenes, teníamos un futuro largo por delante. No había por qué estar pensando en la muerte. Pero yo pensaba.

Luego me gustaba mirarme al espejo y ver caer las lágrimas. Lo hacía solo si encontraba algún momento de soledad, cuando por ejemplo, todos salían del cuarto porque la comida estaba lista. En mi casa la comida era sólo la cena, al desayuno se le decía desayuno y al almuerzo almuerzo. Cuando la comida estaba lista, alguien que podía ser mi hermano, mi mamá o yo gritaba para los demás “a comer”. Y todos nos acercábamos desde nuestros distintos rincones a la mesa del comedor. Cuando la voz gritaba el llamado y era domingo y yo estaba llorando, me hacía la lenta para quedarme un rato viéndome al espejo. Viéndome la tristeza pegaba a la cara. Me parecía que el llanto me hacía ver linda y profunda. Los ojos se ponían verdes y brillantes, y entonces la angustia por la futura muerte dejaba de serlo y se convertía en un momento de vanidad. Un monólogo como otro de tantos que me inventaba frente a mi imagen del espejo.

Sin embargo, el miedo era real.

En esa época vivíamos en un conjunto cerrado que tenía un parque con eucaliptos y cerezos, columpios, rueda, túnel, canchas de fútbol y basquetbol y al terminar una gran montaña. A esa montaña le decíamos “La montaña ballena”. Cuando yo la conocí ya se llamaba así y me gustaba mucho imaginarme que, en verdad, era una ballena encallada cubierta de pasto. Un vestigio de los seres que vivieron en la laguna que decían fue Bogotá. Quien fuera el creador del nombre, no hizo sino anticiparse a lo que todos los niños del barrio veríamos después con total claridad. La montaña tenía cola de pez y una panza grandota, desde cuya cima se trazaban los mayores desafíos del barrio. Entonces crecer significaba lanzarse en bicicleta desde la punta de la montaña ballena, habiendo perdido el miedo, previamente, a rodar loma abajo dando vueltas canela, clavándose todo tipo de palos en la espalda y llenándose de pelusa.

El segundo lugar desde donde se trazaban los desafíos, era la cama de mis papás. No hubo niño del barrio que no fuera a saltar ahí al menos una vez. A pesar de todas las pisadas sucias que luchaban contra las tripas del colchón, la cama no sufría ni se dañaba. Al contrario, seguía teniendo la firmeza ideal y el calor que nos abrigaba cuando nos metíamos en sus cobijas. Nuestro apartamento era el segundo parque.

Pero entonces, ese mismo lugar que fuera en la tarde campo de batalla y guerras de almohadas, era un espacio melancólico cuando caía la tarde y yo sentía la fragilidad de la vida. Su inevitable final.

El miedo a perder a mis padres no se materializaba solo los domingos cuando me daba por pensar que algún día se iban a morir, porque todos nos íbamos a morir tarde que temprano. El miedo también se me aparecía en los sueños, cuando una pesadilla recurrente me despertaba en las noches llena de angustia. Entonces soñaba que llegaba a nuestra casa, el segundo piso del interior siete, y resultaba que mi familia no vivía más ahí. Se habían ido sin decirme a donde. Me habían abandonado. La nueva dueña, una mujer vieja, con las greñas blancas y alborotadas como peluca de bruja, me gritaba enfurecida desde la ventana que me largara, que esa no era mi casa. Y yo me quedaba compungida bajo la ventana sin saber qué hacer, hasta que poco a poco me despertaba.

A pesar del temor a la soledad y el abandono, resultaba ser yo la que constantemente se perdía. Las dos veces más memorables fueron, una, en el supermercado de Cafam de la Floresta, donde casi todos los niños de mi generación se perdieron, y donde le pedí a una pareja de ancianos que me adoptaran, cuando ya estaba resignada a no encontrar a mis papás. Resignada, a pesar de que las mujeres que atendían me habían sentado en una caja registradora y desde un parlante invitaban a mis verdaderos progenitores a buscarme ahí.

La segunda vez fue en una plaza de mercado de Neiva, cerca del barrio La Cordialidad donde vivía una tía, y donde, después de quedarme viendo como un hombre tasajeaba el pescado y lo desescamaba, perdí de vista a mi papá y a mi hermano. Entonces estuve dando vueltas un rato pero como conocía el camino de regreso, decidí volver por mi propia cuenta. Cuando mi hermano me encontró, jugando con el ventilador de la sala, después de buscarme por horas y concluir que a lo mejor había regresado donde la tía, le dio tanta rabia que se le salieron las lágrimas y no quiso hablarme por varias horas. Estaba más bravo que mi papá que era el más bravo de la familia, después de su papá, mi abuelo.  Pero entonces, mi abuelo ya no estaba vivo y su furia era solo una leyenda.

Con el tiempo olvidé el duelo anticipado por la muerte y decidí que seríamos inmortales, como son las fotos de los álbumes donde todos sonreímos para siempre. Un lugar que nada tiene que ver con la vida y su fecha de vencimiento, pero que guarda en sus páginas la historia de la familia y su infinita existencia. Hasta que la existencia misma también desaparezca.  Y ya nadie quede para recordarlo.

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

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