CAPÍTULO I
El gato negro no sabe que es negro ni sabe que vive en la casa de Octavio.
A Octavio sin embargo, le conoce de ponerle comida en el plato.
Para el gato, la casa de Octavio es su restaurante.
Él sigue siendo un gato callejero que al terminar de comer, hacer la siesta, y tal vez sentarse un rato sobre el teclado del computador -que se pone tan calientico- sale por la ventana a hacer sus trabajos nocturnos.
Él no sabe que por gato negro algunas personas le tienen recelo.
Piensan que es una bruja o un demonio, y tal vez lo sea, sólo que él no lo sabe, igual que tampoco sabe que Octavio, ingenuamente, se imagina su dueño.
El gato siente fascinación por el agua lluvia que se queda empozada en las hojas y por los ríos de cerveza que se hacen en los pisos de los bares. Lame los huesos de las aceitunas que tiran al piso y roba pinchos de anchoas o morcilla con pimientos.
Anda por el cementerio y el metro en busca de ratones para humillar y quitarles los bigotes, y se pasea por los techos de las casas en donde ha concertado citas previas para aparearse y fumar.
El gato observa un jardín desde un tejado. Unas palomas en grupo se golpean por las migajas. Se acerca y el manjar resulta ser pan viejo con hongo.
El gato asecha a las palomas. Cuando bajan a comer intenta matarlas, pero solo logra herir a una que lo escupe en un ojo y lo maldice en un idioma que no logra entender.
Una mujer que ama las palomas observa el intento y lo saca con una escoba. Y mientras intenta golpearlo, lanza blasfemias en su contra.
El gato doblemente maldito consigue una botella de whisky y una novia con tacones rojos.
Y amanece en un motel, con luces de neón en la entrada.
***

CAPÍTULO DOS
Terminó de leer y sintió que algo importante acababa de pasarle. Un extrañamiento casi inmediato al cerrar el libro y despedirse de los personajes.
Nathan la había conmovido. “Me está gustando esto de envejecer. Quita las preocupaciones de la vida” dijo en una de las frases que copió en su cuaderno de notas. Luego caminó hasta la cocina y sirvió café. Pensó en su propio tubo metafísico. Últimamente era una autopista en llamas, víctima de los constantes incendios del reflujo. Árboles nativos completamente chamuscados, una ardilla muerta y la obligación de dormir sentada.
Ella, igual que Nathan, había estado a punto de sufrir algo terrible y era el esófago la conexión. El puente entre la salvación y el desastre. Pero su catástrofe inexistente más su tendencia al dramatismo, no era sino un agujero invisible en el pecho bien pavimentado con carne y piel.
Se tomó dos tazas de café. Suspiró. Reconoció que estaba ante uno de los tantos momentos de su propia existencia. Toma 1578. Vamos a repetir la escena de la depresión. Acción.
Afortunadamente la catástrofe de Nathan también era inexistente, y resultó que su enfermedad terminal era acidez.
“No me morí. Y al final, lo que tuve ni siquiera fue un ataque al corazón. Aquel dolor insufrible se debía a una inflamación de esófago, pero nadie lo sabía en aquellos momentos, y pasé el resto de la noche y casi todo el día siguiente diciendo adiós a la vida” (P. 302)
Para ella el esófago era su puente, el lugar donde las emociones se atascaban como un trancón insufrible. Uno de esos que aparecen sin explicación aparente y que, de la misma forma, se disuelven. −Y mientras tanto, historias de amor completas nacen, crecen, se agotan y mueren. Ya alguien más lo dijo.
Los puentes marcaban sus tránsitos. Siempre había pensado en ellos como sino y arma para salir de un lugar y llegar a otro con solo lanzar un puñado de arena al aire y encontrar el puente invisible que se forja en cualquier espacio. Como el que Indiana Jones cruza en el templo en busca del Santo Grial, con los nazis pisándole los talones y la rubia rozándole el cuello. Al final, la misma rubia genera la destrucción del templo y la pérdida de la copa en las fauces del inframundo. Obviamente.
Al terminar de leer la historia de Nathan, sintió como si estuviera llegando a otro lugar después de lanzar el puñado de arena. Otro lugar, pero con la misma sensación de estar atorada. Viajando con sobre equipaje mental.
El libro llegó a sus manos por casualidad. Lo descubrió un día en que huyera de un almuerzo que parecía extenderse en besos, con quien no quería pero estaba… Porque no habiendo más… porque un clavo saca…
Entonces una vez terminado el almuerzo y con la excusa de ir a ver unas telas, salió de la casa donde la invitación tenía lugar, se montó en un bus y caminó hasta una librería en donde compró Brooklyn Follies. Un libro protagonizado por Nathan, quien a su vez escribía dentro del libro, otro libro sobre el desvarío humano. Es decir, todas las cosas idiotas e inexplicables que hacemos en nuestros días de existencia desde el nacimiento a la muerte.
Hasta hace algunos meses había sentido que hay historias que simplemente no fluyen y que, no tenía nada de raro encontrarse con alguien, enamorarse como una adolescente y luego descubrir que la relación simplemente no funcionaba. Por supuesto la entristecía mucho esa consecuencia, pero se había mantenido tranquila y hasta empezaba a sentirse liberada del asunto, cuando se reencontró con el personaje de sus cavilaciones, el autor de su trancón, en una lavandería. Fue ahí cuando descubrió que no lo había olvidado, y que toda la basura mental para sacarlo de su cuerpo no había surtido efecto.
Por lo mismo quiso volver a intentarlo y se lo propuso en un acto de total espontaneidad, como si acabara de descubrir algo y sintiera, justo por eso, que las consecuencias serían diferentes esta vez. Falso. Luego volvió la depresión, vinieron los amantes pasajeros y el acto final de la mujer que huye y termina en una librería comprando un libro de alguien llamado Nathan.
Curiosamente a esta altura de la historia, comenzó a sentirse tonta por andar escribiendo sobre esto. Se imaginó que tal vez se lo mostraría a alguien y de solo pensarlo, se avergonzó. Todo el asunto no dejaba de hacerla sentir un poco mal, porque honestamente cualquier otra mujer de mediana inteligencia, ya habría mandado a recoger cualquier vestigio del enamoramiento pasado y el drama que no era sino tusa corriente, despecho del más normal.
Pasado el rato recibió una llamada de su madre. En el cielo había un aro de colores. Al parecer una bola de fuego se estaba acercando a Santander.
“Una enorme bola de fuego que lentamente atravesó el cielo santandereano fue captada en la cámara del celular de un periodista radial, que fue testigo del extraño fenómeno.” (El Tiempo. 03 de febrero 2012)
Pensó en los ovnis, en Dios, en el calentamiento global, en las santandereanas y su fama de bravas. Luego no pensó en nada y se quedó mirando hacia la calle. Se imaginó que su antiguo amante estaba cerca como en otros tiempos. Sacudió la cabeza, borró la escena y al bajar la mirada se encontró con un cementerio de zancudos en la esquina de la ventana. Cinco o seis zancudos muertos. Una masacre y muchos N.N sin tumba.
Sin darle más vueltas al asunto los recogió uno a uno, abrió la ventaba y los lanzó a la calle.
En el cielo una gran nube gris tapo el arcoíris circular y el día se puso opaco. A lo mejor, después de la quietud, algo interesante le pasaría. Sólo necesitaba encontrar un puñado de arena para lanzarla al aire y hacer que apareciera el puente invisible que la sacaría de ese estado de nostalgia. Finalmente, una persona exasperada se bajaría de su carro y ayudaría a desenredar el trancón. La autopista metafísica volvería a su flujo normal.
−Y cuando eso suceda, un perro moverá la cola y su ladrido será un saludo feliz a lo lejos.
Publicado por Adriana Puentes
Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión.
Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio.
Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida.
Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.
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