Al llegar al aeropuerto, ya había perdido el vuelo. Hace 2 minutos el avión cerró, dijo el hombre en la fila de embarque. Intenté persuadirlo, pero fue inútil. Mierda, le escupí en la cara y pensé en los funcionarios del mundo. Todos hechos con el mismo molde de obediencia e ineptitud. Todos adiestrados para no pensar. Fui a discutir con la señorita de atención al cliente, pero tampoco ayudó mucho. Entre más reñíamos menores eran mis opciones de embarcarme. Tenía que esperar. Esperar. Eran las 6:40 y el siguiente avión saldría a las 2 de la tarde.
Me quedé unos minutos mirando los pasajeros, el movimiento del aeropuerto, los vestidos de quienes iban a calentarse y andaban en pantalonetas sin importar que en Bogotá la temperatura fuera de 7 grados. O menos. Entre la gente, vi llegar a otra mujer. Corría hacia la fila de embarque, apenas soportando la asfixia que le producía la carrera. Su cuerpo se movía como olas. Tenías las mejillas coloradas. Cargaba la maleta en los brazos. Al llegar, la recibieron las mismas palabras del hombre y su cara palideció.
Fui a comprar café.
Cuando tenía tres años y mi mamá me llevó por primera vez al jardín, yo decía “quiero cafecito en leche y huevito tibio”, como una grabación de una sola línea rotativa. La profesora pensó que me mandaban sin desayunar y citó a mi mamá. Mi mamá le explicó, pero igual la pobre mujer no sabía qué hacer conmigo. Yo volvía a pedir café y huevo. Al final, decidieron retirarme del jardín. Al parecer, no paraba de llorar.
El café lo acompañé con galletas, mermelada de naranja y queso pera. Podría hacer buches con esa combinación para mezclar todo bien en boca y garganta, pero algún buen modal se me quedó, después de todo. Una vez me enamoré de un hombre que decía que para realzar el sabor del café, debía ponerle una pisca de azúcar al momento de prepararlo. El azúcar se mezclaba con el café molido en la cafetera. Con esa pisca el sabor se hacía poderoso, pero no dulce. Era muy diferente a tomar café azucarado, aunque a los dos podría llamarles de la misma forma.
Desayuné mirando la ventana, viendo despegar los aviones. Mis papás nunca me llevaron al aeropuerto a ver aviones alzar vuelo, o verlos solo por verlos, por conocer lo inalcanzable; un plan solo comparable con la gente que va a los centros comerciales a antojarse de todo aquello que no puede comprar.
La primera vez que me subí a un avión fue cuando cumplí 15 años. Viajamos dos días después de la fiesta porque se había muerto el hijo menor de mis padrinos. Era el cuarto hijo que se les moría. Todos habían nacido con una enfermedad extraña que les iba paralizando los órganos hasta llegar al corazón. Al menos eso fue lo que entendí.
Esa vez conocí el aeropuerto El Dorado, me monté en un avión y fui a la finca de mis padrinos que quedaba en Sevilla -Valle. Desde que la vi me pareció un encanto de verdes y olor a dulce de caña. Era el escenario ideal para cualquier historia de amor. En realidad, lo del primito muerto no me importó mucho. Yo no lo conocí vivo, así que cuando lo vi en la tumba, sólo pude pensar en que tenía unas facciones bonitas y los ojos claros. Es que el primito muerto no cerraba bien los párpados y se le alcanzaba a notar el color de los ojos por la hendija.
Lo de la historia de amor no se me dio. Estuve pocos días y para ese momento, aún era muy niña. Aunque me hubiera encontrado algún hijo de trabajador, moreno, acuerpado y untado de grasa de carro, como la suertuda de Quinciañera, seguro mi reacción habría sido paralizarme y huir. Todavía no tenía el arrojo con el que luego me lanzaría a las camas de Plaza Cream, aunque lo de huir se me iba volviendo un sino con el paso de los años.
Pero lo que sin duda era un sino ahora mismo, era la obligación de esperar. Siempre y para todo.
El aeropuerto es uno de esos pocos lugares creados solo para esperar. Está lleno de gente aguardando, relojes muestran la hora por todas partes y los tableros actualizan cada tres o cuatro segundos los itinerarios de los vuelos. Y mientras algo sucede, la única salida es esperar de la mejor manera posible.
Desde mi asiento vi un grupo de viajeros que dormían usando la maleta como almohada y las sillas de cama. Una pareja de rubios con ojos claros y abrigos de lana virgen, leían una guía del Lonely Planet del Perú. A lo lejos un televisor prendido mostraba la noticia del atentado contra un ex ministro. Un niño corría por toda la sala jugando con un avión de plástico y un hombrecito que saltaba del avión en paracaídas. Era el único sobreviviente de un accidente fatal. Si el muñequito cayera en los Andes, como los protagonistas de esa película que fue adaptada de una historia real, moriría sin tener la oportunidad de comerse a sus compañeros de viaje.
Más tarde vi a la mujer que había perdido el vuelo igual que yo. Dormía sentada en una silla, encorvada con la cabeza apoyada en su propio pecho. Su figura era redonda. Los senos trataban de escapar por el escote de la blusa, al tiempo que servían de apoyo a su mejilla. Para lograr esa posición de senos-almohada, la mujer curvaba su columna como una totuma, de esta manera, su espina dorsal soportaba todo el cuerpo desplomado.
Un día cualquiera, siendo una adolescente, escuché en los pasillos del colegio a dos profesoras hablando entre risas, diciendo que a Merceditas le iban construir un busto. Mercedes era una sapa, una de esas personas que crecen señalando a los otros, pensando que hacer lo correcto es educarse en el sagrado valor de la obediencia. Yo la detestaba y soñaba con el día en que le pasara algo terrible, algo que amputara su dedo juzgador y enmudeciera su voz acusadora.
Pero ese día, al escuchar lo del busto, me quedé sorprendida. Las mujeres de las risas eran profesoras que al parecer la tenían en sus afectos. Profesoras de esas que siempre huelen a tinto de greca y tienen la lengua amarilla de tanta bilis que les sube a la boca. Mercedes parecía una de estas mujeres, pero más joven. Su futuro era mirarlas y saber que seguramente desarrollaría la misma giba y usaría las mismas gafas con cadenilla. Por eso me sorprendió tanto que ellas insinuaran en burla hacerle un busto.
Hasta ese día yo ignoraba que los bustos eran estatuas de la parte superior del cuerpo, que se hacen para homenajear a alguien. Como no lo sabía, lo único que pude pensar fue que busto era sinónimo de seno, que a su vez era la forma decente de hablar de tetas. Entonces, el chisme de pasillo, al entrar en mi cabeza y modificarse con esta información, creó la imagen de una gran teta, puesta sobre un podio, en honor a Mercedes. Una teta tomada de la original, porque con seguridad harían un molde en yeso, que luego llevarían a dimensiones de gigante. Sería la teta apoteósica de una profesora amargada en potencia, sola, rígida y color verde estatua.
Pensé lo peor de ese par de profesoras hipócritas. Humillar a Mercedes de esa forma, haciéndole una estatua a una de sus tetas era terrible, más cuando estábamos en un colegio mixto y todas teníamos algo de pena porque empezábamos a crecer y las tetas a aparecer. Entonces, ¿cómo era posible que quisieran coger una de Mercedes, en su estado incipiente, para hacerle una estatua? Pero además, ¿cómo podían someternos a todos a ver diariamente la imagen de ese monstruo cíclope?
Todo me produjo tanto terror que opté por decirle a Mercedes y salí en su búsqueda. Pero entonces, la encontré en la oficina de la coordinación, hablando de alguien que había visto en el patio trasero haciendo algo malo, pervertido, grosero. La rabia me asaltó. Mercedes merecía la estatua de su teta humillada y más. Merecía sufrir por eso y porque todos convertiríamos su glándula gigante en objeto de burla. Entonces guardé mi secreto.
En el aeropuerto los senos de la mujer que dormía, se movían acompasadamente, al ritmo de su respiración. De pronto un sonido abrupto la despertó. El sonido de tragedia del noticiero que hablaba del atentado y todas las posibles hipótesis. La mujer se irguió ligeramente y trató de enfocar la imagen con sus ojos borrachos de sueño.
La noticia también atrajo mi atención. Mostraba las imágenes de un bus que había sufrido por la onda de la explosión, las personas heridas, los vidrios rotos de los locales vecinos, el carro destrozado, las declaraciones, el recuerdo de las bombas terroristas que todo aquello revivía. Al parecer un hombre que se había hecho pasar por vendedor ambulante, había hecho el trabajo de poner la carga en uno de los costados del carro donde iba el exministro Londoño.
El exministro era uno de los peores ejemplares de la renovada godorria colombiana y aunque yo no deseaba su muerte, prefería que tipos como él no existieran. Pero existen, como existimos todos, igual que Mercedes. Aunque su busto, ni teta ni estatua, jamás se construyó.
La mujer miró sin ver el televisor y luego volvió a su sueño. Guardó la nariz entre sus senos y se deslizó otra vez hasta que hizo una canoa con todo su cuerpo.
Miré la hora, aún me esperaban dos horas más en el aeropuerto antes de que saliera el siguiente vuelo. Decidí entrar en una librería y encontré un libro de fotos colombianas. Paisajes cafeteros, carnaval de Barranquilla, indios wayúus caminando orgullosos, niños negros del Pacífico haciendo una pirámide en la playa, mujeres blancas y encopetadas saludando otra mujer india del Cauca que llevaba la foto de un hombre en sus brazos. Un perro que miraba al presidente que a su vez saludaba a Pinchao días después de su liberación. Dos reinas caminaban felices por la pasarela de Colombiamoda, unos hombres trabajaban en la limpieza de la estatua de Simón Bolívar. Un grupo de soldados víctimas de minas quiebra- patas jugaban un partido amistoso de basquetbol con el equipo de Venezuela.
Cerré el libro. Que limpieza de país, debería venir con un CD de las mejores arengas y cantos que representan la colombianidad inventada a la medida de las necesidades. Los buenos somos más, vamos por la paz. Colombia es pasión. Vive Colombia viaja por ella. Colombia tierra querida himno de fe y armonía, en su versión interpretada cada vez que ganamos en fútbol. A lo lejos seguían las noticias sobre el atentado, murió uno de los guardaespaldas y la familia de Londoño lloraba en todos los canales.
Ya casi era hora de almorzar. La mayor recompensa después de tanta espera era estar en un pueblo que no fuera Bogotá. Después de todo, ese es el país que más me gusta.
(Foto Adriana Puentes)
