La rubia quiere contigo, King Kong

Me levanté muy temprano a hacer mi ejercicio de las mil palabras. Quienes hayan tomado el taller con Miguel Ángel Manrique sabrán a qué me refiero. Escribir mil palabras diarias, para hacer una masa de letras, que a su vez hagan un ladrillo, que en un futuro puedan convertirse en un relato que sea considerado una novela publicable. La tarea implica no editar lo viejo y escribir cuantas babosadas y majaderías se vengan a la cabeza. Algo muy parecido a vomitar durante treinta días, para tener al final treinta mil palabras para corregir. Volumen: esa es la clave. Luego pensaremos en la calidad, si es que hay necesidad de tal.

Madrugar a escribir me dejó agotada. Es lo más parecido a gastarme todas las neuronas del día en una hora y media. Ahora siento que debería dormir otro tanto y dejar de impostar la voz de narrador que me quedó dando vueltas en la cabeza. Sí, exactamente esta voz. Puede que además, sea la influencia del libro que ando leyendo ahora. No sé qué pasa con ese libro pero me tiene embobada con sus datos estúpidos y sus reflexiones de la vida diaria. Bueno, es exactamente eso lo que me pasa.

Hoy en el bus (de camino a la oficina y después del cansancio mental por las mil palabras) decidí seguir leyendo a pesar de la retina y el mareo. Para mi felicidad, llegué a uno de esos párrafos que me parecen un manjar exquisito. Una oda a lo anodino. Confieso que siento envidia cuando leo cosas así. El mismo tipo de envidia que me despertó el mambo de King Kong cuando le escuché el cuento a Ibsen Martínez en la radio nacional.

El pasaje del libro del bus dice exactamente esto:

“Hago el resto de llamadas en un santiamén. Llamo primero a Denver, a un diseñador de zapatillas de deporte, para que me informe sobre las distintas lesiones en los pies. Estoy colaborando, junto con otra gente de la redacción, en una sección sobre supervisión de artículos deportivos. Me explica que en el pie hay veintiséis huesos y que sólo dos personas de cada ocho saben el verdadero número de pie que calzan. De esas dos, una sufrirá lesiones crónicas en los pies antes de los sesenta y dos años, debido a defectos de fabricación de los zapatos. Me entero de que las mujeres son más propensas que los hombres en un 38 por ciento, aunque los hombres tienen un porcentaje más alto de lesiones dolorosas debido a su mayor peso, al stress y a otras actividades relacionadas con el deporte. Pero los hombres se queja menos y, por tanto, no figuran en las estadísticas”.

Cada vez que leo algo que me gusta mucho, tengo que escribirlo a mano en una libreta que llevo. En mi vida tengo una colección larga de libretas que juntas podrían hacer una enciclopedia sobre El Desvarío Humano, incluyendo listas de compras, sumas de facturas o enumeración de hombres con los que nos hemos acostado las mujeres de mi círculo cercano. Este libro de Richard Ford, The Sportswritter, me obliga, si es que quiero terminarlo algún día, a controlar esa costumbre porque estoy empezando a sentir la necesidad de transcribirlo completo.

Cuando era niña veía a Tita leyendo y transcribiendo todos los libros a mano. Era su manera de estudiar para el ICFES. Nunca pasó el examen y tampoco se graduó de bachiller. Pero ni falta que hizo. Tita se volvió parte de nuestra familia y no la empleada del servicio, además sabe perfectas matemáticas, administra su sueldo, lee, ama y tiene una mano prodigiosa para las plantas. No sé si el bachillerato le hubiera dado mejores opciones laborales, pero creo que este trabajo que tiene es digno y bueno. Para mi Tita es mi hermana mayor, mi hermana mayor mujer, aclaro, porque mi hermano mayor siempre ha ejercido muy bien ese rol, incluso cuando solo nos llevamos un año y medio.

Conocí a Richard Ford por Ibsen Martínez. El día que le hicieron la entrevista en la radio dijo que lo estaba leyendo, y yo, que ya estaba ya muy feliz de escuchar a Ibsen y sus disparatadas, pensé que si él leía a Richard, yo tenía que leer a Richard. Claro, antes de buscar a Richard en la biblioteca, hice la pesquisa por Ibsen y encontré que algunos de sus textos estaban publicados en el Malpensante.

La mejor de sus historias sigue siendo Simpatía por King Kong. Al parecer primero Ibsen escribió un texto corto que publicó justo en el Malpensante y luego, agarró la idea y la volvió una novela. La historia cuenta una pelea entre Perez-Prado y Kiko Mendive (Cecil Mendivil). Una pelea o una traición… no sé cómo explicarlo, pero Perez Prado se convirtió con el tiempo en uno de los personajes más importantes del mambo y el otro: no. O no de la misma forma al menos, porque Mendive hizo unas actuaciones divertidísimas en la televisión cubana y mexicana, que lo rescatan del fracaso total. Tal vez estoy haciendo un resumen muy malo, pero no importa, el rollo fue algo así o… más o menos así. 

La historia del mambo de King Kong es otra que también habría querido escribir yo. Pero tristemente llegué tarde y ya estaba en las manos de Ibsen. En todo caso, el cuento es este: Estaba Kiko Mendive con su grupete de amigos en un cine. Ellos todos eran una parranda de amigos cubanos, que como todos los niños de la época se entraban al cine sin pagar usando alguna artimaña, o viendo la película desde algún huequito de pared o mansarda.

La película que estaban viendo era King Kong. Para el momento en que el pobre Kong es atacado por los aviones, en esa escena mítica del Empire State, Kiko tuvo una revelación y comenzó a cantarle un mambo que dice así:

King Kong no le temas

Al aeroplano enemigo

King Kong no le temas

Al aeroplano enemigo

Todos los niches, King Kong

Estamos contigo

King Kong

La rubia si quiere

King Kong

Y quiere contigo

King Kong

El mambo que pudo ser un éxito total y rotundo nunca fue gravado. Pero un día Ibsen encontró las partituras del mambo y su hija las descompuso en el computador. No entiendo bien la alquimia, pero el caso es que él le entregó las notas y ella le devolvió el sonido. Con la música de fondo, Ibsen comenzó a cantar el mambo y su hija murió de la risa. Como el mambo no tenía nombre, Ibsen lo bautizó Simpatía por King Kong en honor a los Rollins Stones. Con el tiempo la anécdota familiar se convirtió en una lora imposible al punto que nadie quizo volver a escucharla nunca más.

Tal vez no sea la historia más fielmente contada, pero teniendo en cuenta que escuché la entrevista hace ya varios meses, en realidad tendría que decir que mi memoria es prodigiosa y que, gracias a los cambios realizados a la versión original, es completamente mía ahora.

El mambo no aparece en la red. De hecho, el único lugar en donde lo he escuchado es en la entrevista de Ibsen. En todo caso, solo para el disfrute personal, aquí va una escena junto al Empire State.

king kong y rubia

Definitivamente, la rubia sí quería con King Kong.

Las imágenes hablan por sí solas.

(Para que no se diga que solo hago plagio, aquí está la historia de Simpatía por King Kong del Malpensante y la entrevista de la radio nacional de Ibsen Martinez. El mambo se puede escuchar al principio de la segunda parte del podcast:

http://elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=340&pag=3&size=n

https://itunes.apple.com/co/podcast/radio-nacional-de-colombia/id488515146?mt=2)

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

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