La historia del cuadro

Nuestro apartamento siempre fue simple. Lacónico. La decoración estaba hecha de los recordatorios que nos daban en las fiestas familiares y algunos portarretratos enanos con fotos nuestras, de esas que sobraban de los carnets del colegio. En la sala teníamos porcelanas pequeñas: una rosada que recibimos en los quince años de la prima Marisol, un muñequito con birrete que celebrara el grado de alguien, y un par de ángeles con la cabeza gacha, las manos juntas en oración y una cinta que les cruzaba el pecho y decía “recuerdo de mi primera comunión”. En la cocina, teníamos dos cucharas de palo con caras sonrientes que sin embargo no servían para decorar sino revolver. Y en los baños no había nada especial, solo una tela color pastel con flores pequeñas que usábamos para cubrir el inodoro y evitar que se raspara, y también de tapete puesto a los pies de la ducha para secarse y no mojar el piso. Eso era todo. En general, las cosas de la casa tenían una función, su diseño no era bonito y nadie esperaba que sirvieran para decorar. Esa idea me vino después, cuando comencé a visitar las casas de mis amigas y añorar una casa llena de cosas inútiles, que solo sirvieran para estar ahí y ser admiradas como estrellas de cine.

Pero mis padres habían crecido en el campo la mayor parte de su vida, la belleza de los espacios no estaba en la decoración de la casa sino en la vista de esas montañas gigantes en cuyos vientres, mis abuelos levantaron paredes y techo. Casuchas perdidas entre el verde como puntos brillantes en el espacio. Decorar con cosas compradas por uno mismo, que de paso fueran inútiles, como una porcelana o un jarrón, parecía un lujo extravagante e incomprensible.

Por eso, durante muchos años, nuestra casa sólo tuvo plantas y recordatorios y más tarde, la colección incompleta de las estatuas de San Agustín después de que fuimos a visitar el parque. De alguna manera, nuestra forma de estar ahí era justamente manteniendo el vacío que ninguna de esas figuras podía llenar.

Un día mis padres decidieron que compraríamos un cuadro. Un solo cuadro para colgar en una de las tantas paredes desnudas de la sala.

Nadie jamás había ido a una galería, ni sabía nada de arte. Lo más cercano al tema eran los afiches que alguna vez mi hermano colgó en su cuarto. Un afiche de un carro rojo que estaba plastificado, otro de la selección Colombia después del maravilloso 5 a 0, y más tarde, cuando mi primo llegó a vivir con nosotros, un afiche del sistema solar y otro de Albert Einstein, que seguía nuestros pasos con la mirada. Primero nuestros pasos y luego las estampidas y los gritos de todos los niños que se atrevían a encarar al judío.

Comprar un cuadro se convirtió en nuestro plan de domingo. Durante muchos fines de semana, fuimos en familia a visitar las galerías del barrio Galerías, las únicas que conocíamos porque quedaban cerca del almacén de zapatos donde trabajaba mi mamá.

Esas galerías tenían, sobre todo, bodegones que mi papá detestaba. Puras cosas muertas, decía, mientras mi mamá y yo nos mirábamos pensando que nunca íbamos a comprar nada, porque el cuadro tenía que gustarle a él, así pareciera que la decisión era democrática. Una mentira que todos conocíamos, porque nada en la casa se hacía si mi papá no quería.

No fue una compra fácil. Pasamos varios días y tardes de domingo yendo a buscar. Después de agotar esas galerías descubrimos que en el centro comercial de Chía también vendían cuadros, aunque por alguna razón, preponderaban los bodegones. Ninguna de estas imágenes podía ser nuestro cuadro, porque lo que fuera que compráramos tendría que alegrar la casa. No ser la foto de una mesa con cosas puestas y una que otra mosca atraída por el olor a queso rancio.

Finalmente después de muchas tardes aburridoras, la decisión fue tomada por mis padres. Los dos. Juntos escogieron un cuadro del campo. Un collage que mezclaba oleos con ramas cortadas del mismo tamaño. Era la pintura de una casa de bareque frente a un río cristalino, una cerca hecha con palos, una olla india en el patio, matas de plátano, montañas al fondo y un cielo claro. El cuadro que no era sino el mismo donde habían crecido. Una foto del pasado, con sus colores y texturas, como el inicio y el fin de todos sus recorridos hechos desde ese nudo de montañas donde nace el Magdalena hasta el desierto que se arma más adelante, cuando el Huila se vuelve un infierno irrespirable.

Mis padres no eran gente de ciudad. Ambos llevaban el dolor de la tierra pegado en el cuerpo. Lo suyo era el campo y su recuerdo lleno de añoranza, a pesar de sus tragedias y abandono. Ellos crecieron yendo a pasear al río, nadando en sus aguas como peces, andando desde la finca hasta el pueblo, muchos kilómetros para ir a la escuela o al mercado.

Caminos que los habían llevado hasta las fondas a refugiarse, los abuelos con los niños al hombro y la olla del sancocho quemándoles las piernas, porque cuando sonaban los cachos avisando que estaban matando gente, guarecerse era vivir. Y habían recogido café y picado caña, galopado caballo a pelo por la cordillera, mientras las mujeres cocinaban para hordas de hombres, bordaban, o criaban a los niños, que por ser tantos, terminaban criándose entre ellos.

De ambas familias, fue la de mi padre la más andariega. El abuelo era como un gitano orgulloso que iba por los caminos con su recua de hijos y su mujer. Hay una foto de él, pegada en un álbum familiar. Es en blanco y negro, del tamaño de una postal. Su definición no es perfecta, pero es una buena foto que permite apreciar al hombre que está posando. Su imagen no corrió la misma suerte de la foto de su esposa, mi abuela, tomada cuando tenía quince años. Su rosto es como una aparición de la virgen hecha espontáneamente con las manchas de humedad de una pared.

La fotografía del abuelo es una imagen altiva. Imponente. Me gusta porque se le nota a leguas su orgullo campesino. Es un hombre recorrido por kilómetros de tierra y litros de sudor. En la foto sale sentado sobre un caballo negro y el sombrero puesto. Al fondo se ve la cordillera, incluso parece adivinarse el pico de un nevado. Tiene la camisa gastada, se le nota el campo también en la ropa y en ese olor fuerte que no alcanzo a sentir, pero que veo con claridad y recuerdo.

Como recuerdo el cuadro, el único que permanece en la casa de mis papás aún hoy y hace juego con los recordatorios y las cucharas de palo. El cuadro de nuestra historia, la huella de los campesinos que somos, de los pasos perdidos y los caminos recorridos que nos han traído hasta aquí.

 

(Foto Adriana Puentes)DSC_0108

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

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