Tener o no tener cortinas, that is the question

Mosca

Durmió demasiado. Tal vez más de diez horas que le dieron para soñar todo tipo de cosas. El sueño final, interrumpido por una llamada telefónica, fue una expresión horrible de un miedo interior que le aterra y el reflejo de una ciudad que también le aterra.

En el sueño habían puesto cortinas en la casa. Una sola cortina larga y pesada que cubría desde el techo hasta el piso e impedía la entrada de los rayos del sol. Una cortina que cubría todas las ventanas de la sala de una sola vez y para siempre.

La razón: Tenían miedo.

Hace poco mataron a un chico por ser gay, y en su casa viven dos. Son una familia singular. Dos gays y una chica que cambia de novios cada cierto tiempo. Ninguno hace nada estrafalario e incluso a veces parecen tres abuelos sin deseo sexual alguno, pero con tanta intolerancia a la orden del día, gente empuñando las astas de la represión y la discriminación, tener un apartamento sin cortinas y con unos vecinos que no son precisamente la idea de librepensamiento, parece todo un desafío incluso a la propia integridad.

Nadie sabe quién lo pueda estar odiando en el apartamento del frente. Qué tipo de sentimientos de furia puede generar si dos hombres se dan un beso, si cualquiera de los tres se pasea en calzones por la casa, si una mujer entra hombres diferentes a su habitación, y todo se puede ver porque no hay cortinas en la sala. Porque exponen el preámbulo.

Hasta hace poco pensaba que los vecinos no los veían. Estaban demasiado sumidos en sus propias vidas y además, tenían cortinas que los protegían de las miradas de los otros al tiempo que les impedían ver hacia afuera. Era un gana-gana: nadie te ve, no ves a nadie, no te enteras quienes son ni qué hacen los demás y tampoco te importa. Algo muy típico de las grandes ciudades donde todo el mundo tiene relaciones impersonales con sus vecinos y se limita a llevar su propia vida como un radical libre. Una forma muy diferente a la vida en las calles, donde todo pasa afuera y la gente permanece con las puertas abiertas al mundo. Una vida que pasa en el imaginario romántico de los pueblos, en los sitios donde nadie teme a los demás, o donde hace tanto calor que cerrar la puerta es casi mortal.

Pero ellos viven en una ciudad violenta. En un país violento e impúdicamente fascista. Un lugar donde podrían considerarlos estúpidos por no tener cortinas e incluso responsables de sus propios infortunios si algún día, alguien lleno ira, con los ojos desorbitados y escupiendo babaza, les lanzara ácido en la cara. ¿Por qué? Por no poner cortinas. Por ser diferentes. Por exponerse así.

Para todo hay un costo en esta vida.

Por supuesto, ellos no se consideran estúpidos, aunque ese día, en su casa había cortinas ofreciéndoles seguridad.Tenían miedo ahí y tienen miedo ahora.

En la casa del sueño, una de las paredes era de vidrio y del otro lado, unos leones caminaban azarados y se asomaban a mirarlos cada tanto. El vidrio les permitía verse a la cara mutuamente. Convivir con ellos, aunque se sintieran amenazados. Leones y humanos.

El vidrio y los leones eran parte de la propuesta decorativa del arquitecto que había diseñado el edificio. Los animales eran los nuevos habitantes del barrio, aunque todos entendían que no era así y que antes los habían estado bañando o alimentado. Los leones eran los verdaderos residentes del lugar, concebidos desde la misma creación de los apartamentos.

Ahora, con perfume y nuevo corte, los animales habían regresado a ocupar su espacio justo cuando la ciudad, el país, se llenaba otra vez de historias violentas sobre desfiguraciones, venganzas, discriminación y muertes. Esas historias que aparecen cada tanto, como una nueva colección en pasarela. De moda porque es fácil, sonora y humilla como nunca. Porque mata y manda el mensaje horrible de: Atrévase y verá. A cualquiera le puede pasar. El arma está al alcance de todos. Es democrática.

De camino a la oficina, un celador la saludó con cariño. No se conocen, pero siempre se saludan y tienen esa relación cordial que se crea con las personas que se ven a diario, aunque nunca se detengan a preguntarse el nombre. Y nunca sepan que piensa el uno del otro.

Ahora está despierta. Totalmente despierta y en medio de su día de oficina, se pregunta si el sueño fue un aviso. Si vale la pena tener cortinas y si la compra es un acto heroico o cobarde. Salvarse la vida o anularse.

 ¿Usted qué haría si los leones rompieran el vidrio?

(Imagen de Mosca. Teatro Petra)

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

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