En la mañana camino a la oficina. Una mujer cuida los carros. Está sentada en una banca del parque. La banca está en una esquina, cerca de los carros, de espalda a la iglesia. Detrás, tres arboles la arropan con su sombra. Hace sol y un viento suave se desliza entre las piernas. A lo lejos un perro feliz corre tras una pelota, me hace envidiar su vida canina.
Camino, paso frente a la mujer. La miro y la saludo imaginariamente, en mi mente somos comadres y todos los días compartimos tinto y mogolla. Ella no me devuelve la mirada. La tiene fija y perdida en algún punto donde sus ojos se esconden para no cruzarse con nadie. Su mirada es fría y sus ojos claros tienen una aureola delgada y amarilla que los rodea. Son como los ojos ancianos que se van haciendo grises con el tiempo y amarillos con la ceguera. A veces, en mi caminar hacia ella, pienso que esta vez sí la voy a saludar: ¿Cómo está? Que tenga un feliz día. Pero no lo hago. Prefiero nuestra amistad imaginaria. Aunque ella no lo sepa, soy la madrina de uno de sus nietos. Hicimos la fiesta en Iza, una tarde de sol picante boyacense. Comimos piquete, tomamos aguardiente y saltamos lazo.
El saludo, en cambio, se me da natural con dos celadores que están antes de llegar a la mujer. Son dos hombres, uno afro y el otro mestizo, campesinos de algún lugar. Ambos tienen miradas amables que me sonríen y me desean buen día, feliz día. Imagino que fueron mis novios en otro tiempo. Uno me llevó serenata a la ventana y mi papá lo sacó a tiros de la verja. El otro se sentaba conmigo en la sala y me cogía la mano. Cuando mi mamá dejaba de mirarnos, me daba papelitos proponiendo citas en algún pajar donde teníamos que hacer fila hasta que otras parejas terminaran su momento de intimidad. Ahora nos sonreímos con complicidad. Yo no trabajo en las oficinas que ellos vigilan, pero eso no impide nuestra amistad.
Los hombres cuidan, o hacen que cuidan, se pasean, saludan la gente que pasa todos los días dibujando los mismos pasos que van marcando el suelo. La mujer cuida los carros, se pone una bayetilla roja en un hombro y luego con el mismo trapo limpia ventanas y llantas. Yo llego a mi oficina y trabajo, o hago que trabajo, y todos mis pensamientos se disuelven en el ajetreo diario, hasta que suena la campana y vuelvo a mi vida imaginaria.
La vida paralela. Una de varias.
