Extracto de viaje con ranas. Antes de las ranas mismas

A mis amados burgueses. Esos que no tienen dios para guiar sus actos, ni padres o hijos que mantener. Que viven para sí mismos y han perdido el sentido de la existencia. A esos que tienen tiempo para enfrascarse en depresiones sembradas desde la mismísima infancia y que por eso salen corriendo al confín del mundo. Y ahí, en ese confín se encuentran con gente que los ayuda a descubrir que toda su depresión es consecuencia de tenerlo todo. A ellos y en honor de todo el hedonismo y las autofotos.

Salud

***

Saliendo del mercado en busca del restaurante, dos picó estaban en guerra compitiendo por el dominio musical de la cuadra. Era un duelo a muerte entre titanes de la salsa y el reguetón.

Cada uno con su barra brava, despechados y poderosos. Víctimas, victimarios, heridos e hirientes. Mujeres y hombres a pocos metros de diferencia cantaban una u otra canción, bailando entre los pasos, haciendo quiebres de cadera mientras pelaban un chontaduro o anunciaban arepas e’huevo. Venga aquí por solo mil pesitos.

El aire caliente y húmedo replicaba los gritos como hondas en gelatina. El eco iba hasta algún lugar de la selva, chocaba contra el magma verde y regresaba golpeando el agua del Atrato.

El río también bailaba. Los niños que antes jugaban en la baranda habían regresado. Saltaban sobre una golosa dibujada con tiza en la cancha del parque. Sus saltos también iban al ritmo de la música, cada pérdida del equilibrio y movimiento de brazos para sostener el cuerpo y no pisar la línea era un acto musical para llegar al cielo. O al infierno, qué es lo mismo. Los dos lugares puestos a la misma altura del piso.

“Llorando por un hombre que no vale un centavo. Pobre diabla, busca a un pobre Diablo”.

Y todos pobres diablos, todos incluyéndome a mí, estábamos en ese cuadro de caos en donde se imponía el reguetón porque estaba de moda, por pegajoso, porque esa letra parecía tocarnos el alma mejor.

Sentí ganas infinitas de bailar y en la mitad de una cuadra cualquiera, a medio camino entre el mercado y el restaurante, decidí mandarme mi primer trago de biche y luego otro y otro más.

Siete más. Y comenzar a emborracharme en la calle, para después sudar y bailar. Bailar como si los pies volaran con movimientos torpes y tropezados, levantándose como si el piso ardiera y el aire espeso me hiciera mover la cadera. Y bailé y corrí con los brazos abiertos como un ave, igual que los niños en la rayuela, mientras me mandaba tragos de biche a pico de botella.

Y con el efecto desinhibidor, matando las lombrices, paré para bailar sola, justo en el momento que sin previo aviso, se largó una tormenta tropical tan violenta que haría quedar al diluvio universal como un triste chapuzón.

Sola en la mitad de una calle desierta, sentí que esa era la única manera de llevar esta vida, la única manera de ser, borrachos de biche y bailando solos en la calle hasta que venga la muerte y nos lleve. O nos ahogue la lluvia, sin Dios que nos salve con una barca llena de parejas de animales. Y ahí, en medio de mi inconsciencia, pobre diabla, entendí que había venido hasta aquí con cualquier razón inventada de corazón roto a encontrarme conmigo, porque estaba rota, con el alma puesta en otro lugar. Mi viaje era en mi propia sangre, por las cuencas de mis venas que se morían de sequía, de falta de pasión, para que la muerte no me coja con los calzones abajo o justamente para que me coja con los calzones abajo aquí en el Chocó, con los ríos de biche llenándome el cuerpo.

Caí al piso, desplomada y borracha como una marioneta que termina su función en un acto dramático. La calle era un río con remolinos. La corriente arrastraba cáscaras de mango y bolsas plásticas. Limpiaba y borraba los rastros, la mugre anciana era como esa costra que tenía agarrada al alma y me endurecía el cuerpo como un palo. Haciendo esfuerzos sobrehumanos, me levanté como un boxeador que ha sido noqueado y decidí que iría hasta el mar. Esa era la consecuencia necesaria de todo esto.

Ya desde antes tenía pensado ir a Nuquí. Lo supe por un italiano que conocí por internet. En una página que se llamaba Adult Friend Finder, pero a la que llamábamos cariñosamente Fuck Friend Finder. La página era un buscador para acordar citas sexuales. Una de las didácticas herramientas de internet para hacerse a un polvo. Yo me había inscrito buscando una pareja y en medio de la búsqueda conocí un italiano. El también buscaba sexo, pero como toda búsqueda puede traer sus desaciertos. El sexo sin amor parecía la bandera y sin embargo, más de uno, sino todos, suspirábamos y sufríamos de soledad rotunda. Éramos unos farsantes fácilmente identificables.

Una noche fuimos a tomar un café. Fue nuestra primera cita de muchas otras. Era mucho más flaco de lo que se veía en las fotos. Más flaco y desgarbado. Definitivamente los kilos de más que pone la pantalla le favorecían mucho. Fue inevitable desinflarme. Era un hombre feo aunque fuera italiano. Sin embargo, mi recorrido por el mundo de los feos, donde me muevo como pez en el agua, da para pensar que no me interesa ningún otro tipo de persona.

El italiano tenía una agencia de viajes para extranjeros. Él les vendía los planes turísticos a los sitios más exóticos del mundo de Colombia y se ganaba una comisión por eso. Le conté la historia del amor no correspondido y la necesidad de huir.

El italiano me ofreció un viaje a Nuquí. El conocía un sitio que a donde normalmente enviaba a sus clientes, un hotel de paisas hecho para extranjeros. Pero al lado de ese mismo sitio, quedaba el pueblo y ahí un señor tenía una tienda en donde también ofrecía hospedaje. El hospedaje del señor era mucho más barato y además, estaba dentro del pueblo. Parecía un lugar perfecto para mí. Además me gustaba mucho la idea de estar en la casa de una persona de la zona, quien seguramente con el tiempo me contaría sus historias y me haría el viaje mucho más interesante.

Cuando llegué a Quibdó supe que solo tendría un par de noches en el pueblo, porque había cuadrado todo para ir a Nuquí. Justamente al lugar donde me había ofrecido el italiano.

Finalmente esa fue nuestra principal transacción. Lo demás vino por añadidura.

Al levantarme del charco se me había pasado un poco la borrachera. El baile y el sudor me habían traído de regreso la sobriedad. En parte al menos. Necesitaba sentarme y respirar.

Estaba cansada, pero con un increíble buen ánimo. Una sensación infinita de libertad. Aquí estaría lista para ser alguien diferente, alguien más. Alguien que también era yo pero que estuviera libre de mi misma y del peso de mis prejuicios. Entré a una tienda y me senté:

—Un jugo de lulo, por favor.

La tienda era un quiosco. Me quedé mirando hacia afuera. Viendo la gente pasar. La lluvia había mermado casi totalmente. Una mujer con un letrero de venta de minutos y las cejas pintadas, discutía con un policía que parecía ser su amigo. Se toqueteaban y se empujaban. Una mujer muy joven llevaba un bebé de días cargado en su pecho. De tras de ella venía un hombre, un adolescente que seguramente era el papá del bebé. Los dos padres no sumarían treinta años. Una familia de emberas caminaba mientras repartían los trozos de una patilla. La mujer tenía una camiseta blanca que le cubría el pecho. Todos tenían el pelo de un tono parecido al naranja y los dientes podridos. Los niños tenían la cara sucia. La patilla les alcanzó para que todos mordieran una parte.

El hombre me trajo el jugo de lulo. Agradecí y pedí una arepa de huevo. Al fondo de la tienda estaban fritando unas y el sonido chisporroteante del aceita llegaba hasta mí. Era algo muy parecido al sonido del aguacero. El cielo seguía gris y yo lentamente me iba evaporando.

A penas puse un pie fuera de la tienda, nuevamente se largó el agua aunque con menos fuerza.

Decidí caminar hasta el hotel. Todavía estaba mareada, aunque la arepa de huevo me había rescatado del vómito. La gente que había vuelto a sacar sus mercancías tras el primer aguacero, recogía sus cosas nuevamente. Algunos se había acomodado bajo los aleros y ahí montaban su San Andrecito.

Caminé mientras la lluvia me bañaba nuevamente. Lluvia con nieve, lluvia con nieve, comenzó a sonar en mi cabeza y sonreí.

Llegando al hotel todo era vapor. Era culpa de esos ropones que vestían el hotel. Del terciopelo y los muebles tapizados con paños.

Entré a mi habitación a cambiarme de ropa. Dentro el sopor era igual o peor y cuando quise entrar a ducharme, una rata gigante estaba en el baño. No recuerdo si grité, pero sé perfectamente que agarré una toalla y salí envuelta con ella al pasillo sintiendo temblores de asco y diciéndole a los empleados, que estaban en un cuarto pequeño en donde guardaban muchos traperos, que por favor me ayudaran: En mi ducha hay una rata.

Ellos estaban apenados, se les notaba en las caras. Un hombre musculoso entró por la ella. Llevaba algo en la mano parecido a un punzón y un trapo. A los pocos minutos salió con la rata metida entre la tela. No había un solo rastro de sangre, como si la hubiera matado de un susto.

Los empleados se disculparon nuevamente y para que no pensara que mi cuarto estaba infestado dijeron que era la única, que llevaban buscándola mucho tiempo. Era una vergüenza que me hubiera tocado justo a mí verla de frente. Y que la rata me viera empelota, pensé.

Esperé el cambio de habitación vestida con la toalla en el pasillo.

El nuevo cuarto era mucho más interesante porque tenía vista al río Atrato. Afuera la lluvia aún seguía cayendo. Su música era un tranquilizante. Me gustaba sentir su golpetear, saltar y caer para sumergirse entre las aguas del río.

Entonces entré a la ducha a quitarme el sudor y la lluvia y a quitarme el dejo de biche que todavía tenía en el cuerpo, porque se notaba que a pesar de ahora estaba sobria, el biche en realidad estaba teniendo un efecto retardado en mi cuerpo y ahora me hacía sentir calor en la cara.

El agua fresca me limpió y luego de estar mucho tiempo dejando que el chorro me bañara, me acosté desnuda sobre la cama, esperando que el calor me secara y que todas las ratas del hotel me dieran una ojeada.

Dormí. Cuando me desperté, quise dormir un poco más. Quise ignorar completamente el lugar a donde había llegado. A lo mejor lo ideal sería cancelarlo todo y quedarme durmiendo en el hotel hasta que tuviera el vuelo de regreso.

No salir a ninguna parte porque hasta ese momento descubrí todo el cansancio que estaba cargando.

quibdó

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

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