LAS MUJERES DEL BUS

Las mujeres del bus

Todas negras y de sonrisa caderona, acento cadencioso y rulos negros

Hablan dejando huellas de su sabana costeña, de sus tardes de mar con huevos de iguana, de sus noches barranquilleras. De sus hombres, de sus hijos.

Todas ellas, tan negras e iguales ahora, tan distintas en su Caribe, van en la última fila del bus camino al trabajo.

Y comentan al grito las noticias de anoche y también las novelas.

Reciben una llamada —la llamada esperada de las ocho y media— y explican que van en un trancón, Si señora ya voy llegando.

La tardanza les recuerda a esa otra mujer que siempre llegaba tarde al trabajo y su patrona, en su infinita generosidad, le ofreció media hora más para estar a tiempo. Pero ella, tonta y dormilona, ahora se toma ese tiempo y sigue llegando media hora después del nuevo plazo.

Así van pasando los minutos, en el arrullo lento del atasco mañanero.

Las mujeres siguen hablando. Una de ellas cuenta con tristeza que antes se teñía el pelo y ahora está calva. Otra se cansa de la charla y se conecta a unos audífonos que le devuelven un vallenato, que ella, sin saberlo, canta para todos los pasajeros.

Pegada a la ventana, otra mujer habla con los hijos que dejó en un campo lejano. Esos hijos que después de los años la recuerdan tan solo como esa voz que sagradamente llama cada viernes a interrumpir sus juegos para decir palabras incomprensibles pero que suenan como caricias y caramelos.

Y los niños no saben quién pregunta por ellos. Y la mujer no sabe cómo puede estar tan lejos.

—A usted si le dicen mamá— susurra la negra cuando habla con esa prima que se encarga de ellos. Entonces suspira y la voz no se le corta a pesar de que tiene los ojos llorosos. Y no se da cuenta que la espío, que la tengo a mi lado y veo su cara lavada y sus manos temblorosas.

Nadie más nota la tristeza, porque ahora las mujeres están concentradas en la historia que cuenta una negra pecosa.

Finalmente todas llegan a su paradero. Afuera unas casas de hasta tres pisos las esperan. Les ha tomado dos o tres horas llegar hasta aquí, algunas incluso vieron el amanecer sentadas en sus sillas de bus.

Las mujeres se bajan alegres. Es un viernes de sol. Cada una va hacia su casa asignada. El día empieza y habrá que hacer el almuerzo, lavar baños y ropa, cuidar perros ajenos que necesitan una mujer, con vestido de enfermera, que los cuide y los saque a los juegos abandonados del parque.

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Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

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