Nuestra vida en el campo. Inicio

Mi última publicación en este blog fue en el año 2015. Desde esa vez ha pasado mucha agua debajo del puente: he cambiado (como todos), he envejecido (como todos), he aprendido a ser madre de dos, pareja y amiga de uno, y a compartir mi vida entre cuidar y ser. Si me decidí a publicar nuevamente aquí es porque quiero compartir esta nueva aventura con quienes quieran leer. Este es el último episodio de mi vida familiar y tal vez el más radical hasta ahora. Con ustedes: Nuestra vida en el campo. Primera Parte.

 

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Hace 2 semanas y 4 días vivimos en el campo. Vivimos: es decir, David, Nina, Emmanuel y yo.

Para llegar a nuestra nueva casa es necesario viajar desde Bogotá hasta Tabio. No se entra al pueblo, sino que al llegar al CAI se toma el desvío a las veredas de Río Frío y El Bote. Cada una de esas veredas queda en una montaña distinta que mira a la otra de frente.  Mi casa está en la montaña del Bote,  pasando el restaurante El Trébol, el Colegio Rural Simón Bolívar, el Restaurante Los Puentes, la tienda Los Boyacos, la tienda de Chepe, una venta de productos para caballos y ganado y una farmacia. Se sabe que se ha llegado al destino cuando uno está de frente a la única tienda que se llama El Bote, y que me hizo pensar la primera vez que la vi, que era la razón de ser de todo el barrio. Si uno viene en bus, esa tienda es la parada final porque ahí  hace una U y deshace su camino hasta el pueblo (en un círculo sin fin que finaliza a las 9 de la noche). Si uno sigue la vía pavimentada llega a Zipaquirá. Pero para ir al Bote, hay que trepar las rutas que suben por la montaña y la llenan de casas, ganado y cultivos de maíz y arveja.

Justo en la parada del bus, está mi camino. Hay que subir la montaña por el sendero principal sin desviarse hasta un letrero que dice “Vía Cerrada” y girar a la derecha, llegar a una casa de dos pisos que parece una mansión con un vitral de la Virgen y ahí seguir derecho loma arriba, hasta una casita roja con enredaderas que le suben por el balcón. Esa es mi nueva casa. Si me pidieran una dirección, estas indicaciones serían lo más cercano a una. (Es enredado, lo sé, la vida rural es simple pero enredada para quienes venimos de buscar direcciones y no paisajes).

Hace 2 semanas y 4 días vivimos en el campo. La mayoría de mis vecinos son campesinos que trabajan cuidando otras fincas y casi nunca veo. Mis vecinas pasan sus días en la casa, cuidando los animales, los cultivos y viendo de los niños que bajan hasta el colegio rural y vuelven pasado el mediodía.

En la casa que queda tras la nuestra, hay árboles de durazno, papayuela y tomate de árbol. En los días que llevamos aquí, hemos recogido fruta del piso para hacer dulce con panela, que es como más les gusta a los chicos. En la misma casa vive una perra que se llama Apple, aunque Nina la bautizó Consentida apenas la conoció. (Igual que la señora que nos arrienda la casa, se llama Martha Lucía en papeles pero su familia la bautizó Celina apenas creció)

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(Estos son Nina y Emmanuel en la parte trasera de la tienda Jalu que queda a pocos metros de nuestra casa)

Si alguna vez, estando en Bogotá, alguien me hubiera preguntado por el lugar ideal para vivir, habría descrito este lugar: en un campo con montañas, sonidos de animales y libertad para andar los caminos. Pero aquí, viviendo esta nueva realidad, tengo bajones de tristeza y soledad. Extraño ese mapa que solía transitar cuando vivía en Bogotá. Extraño las calles conocidas, la gente que saludaba diariamente, la familia y mis amigas. Extraño los niños del barrio que solían jugar con los míos y los árboles del parque que Nina escalaba.

Extraño y me siento extraña.

Aún  falta tiempo para que este sea mi nuevo hogar. Tengo en el estómago la sensación constante de estar andando por carretera destapada, de venir montada en el camión de mudanza sin nunca llegar (aún me parece ver los dados de peluche que cuelgan del espejo retrovisor, junto a la foto de dos niños peinados de medio lado con la sonrisa mueca), y sobre todo, aún cargo esas palabras en la punta de la lengua que dicen “regresemos a Bogotá”. A mí me cuestan los cambios. Me cuestan porque tengo poco entrenamiento, porque mi vida ha sido bien sostenida. A nadie negaré que mis padres se esforzaron bastante en darme toda la seguridad, la tranquilidad de la vida sin sobresaltos, sin carencias de ningún tipo y yo aprendí la lección. ¿Y cómo se logra eso? Pues controlando todo lo que se pueda. Asumiendo pocos retos, viviendo sin muchos cambios, sin movimientos drásticos. Haciendo lo que se espera, es decir, haciendo caso. Recuerdo mi mamá repitiendo como una grabación “estamos en recesión”. Una frase que solo entendí después, cuando hasta en los viajes en avión con todo incluido, sentía que no se podía gastar demasiado, ni dinero ni energía. Que había que medir los pasos, cuidar lo ganado, no perder el tiempo, trabajar duro y parejo. Cargo esa herencia, ese es el precio que hemos pagado a cambio de amasar la estabilidad que tenemos. Vivir sin cambiar, sin abrirse a ser otra persona. Por eso, estar haciendo mi vida en el campo es casi igual a cotizar nuestro futuro en la bolsa (y ver como las acciones bajan). Vivir al borde del abismo. Pasar de la comodidad a la angustia, de la riqueza a la pobreza como si la vida pudiera medirse así y… qué se yo.

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Y es que en Bogotá estábamos bien, cerca de nuestros trabajos, en un apartamento propio, con tiempo para los chicos y para nosotros. Teníamos una vida buena y privilegiada (con todo lo complicado del término). Pero una serie de acontecimientos que se dieron en efecto dominó y a la velocidad del dominó, nos trajeron aquí. Los acontecimientos nos sacudieron como un terremoto, pero el epicentro de todo fueron nuestras decisiones tomadas desde el corazón y el dolor.

Con esa crianza que tuve (y esta sí es solo mía, David tiene una familia muy distinta) no sobra decir que mi papá está que mata y come del muerto, que lo llena de miedo que viva aquí, que extraña sus nietos, que siente que cada minuto que pasa corre en nuestra contra. Algo malo nos va a pasar y estamos demasiado lejos para poderlo solucionar o para pedir ayuda. Que David y yo somos un par de adolescentes rebeldes y que no confía en nuestro criterio, que necesita que estemos cerca para salvarnos de nosotros mismos. Para él vivir en este campo sabanero es como vivir en una selva oscura y desconocida y eso me lo hace saber cada vez que recibo sus llamadas apocalípticas que vaticinan “el invierno los sacará corriendo, el carro se dañará, el frío los paralizará y no podrán salir de la casa. Deben regresar a Bogotá porque aún están a tiempo. David perderá su trabajo, como usted perdió el suyo»  (esta es otra historia que contaré luego) y un largo etcétera de malos augurios. Malas noticias. Esa es su especialidad. Mi mamá era distinta, pero ella ya no está. 

Todo eso me llena de rabia, me aturde, me inquieta, me indigna, me da miedo, me dispara los chips, me hace llorar y sentir que cometí un error. Luego, me levanto y siento que alejarme fue lo mejor. No es que mi papá sea un hombre maquiavélico que piense en las estrategias para lograr su cometido, es peor que eso o no peor, pero sí más triste: lo hace sin darse cuenta. Es su forma aprendida de ser. Y sin embargo. Lejos de esa coraza me encuentro a un hombre solo que no sabe canalizar sus propios miedos, un hombre demasiado machista para pedir ayuda, para decir «los extraño», para acercarse de otra manera. Si fuera un cualquiera lo sacaría de mi vida, pero es mi papá y lo quiero con la misma intensidad que muchas veces no puedo soportarlo. Me importa lo que él piense y sienta y he construido mucho de lo que soy con relación a él. Justo por eso necesito salir de su zona de influencia y estoy en esa lucha casi siempre sin fuerza. Si no fuera por David, ya habría regresado.

Salir de lo seguro es difícil. Mucho. Y aquí definitivamente no estoy en ese lugar. A esta montaña enorme con casas dispersas, le llaman el Bote como la metáfora de lo que me sucede. Mi vida se remece como se mueve la tierra para oxigenarla. Tengo en mí muchas costras dura y un poco secas.

Y doy botes de un lado a otro.

Emocional y físicamente no encuentro un espacio para desempacar, pero lentamente y como los perritos, doy vueltas en el mismo punto hasta lograr la mejor posición para ser.

Esa es mi realidad de ahora.

Y continuará.

Pd. El jueves 6 de febrero cumpliremos aquí tres semanas. Es el mismo día del cumpleaños de Nina, que nació al finalizar los 6 meses de gestación, inesperadamente y pesando un kilo (hablando de cambios y de guerras).

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

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