Un colibrí en mi ventana

Cerré los ojos.

O tal vez, no.

Los dejé entreabiertos y desde mi cortina de pestañas,

te espié.

Estabas tan cansada. El pelo gris, sudoroso, apenas cubría tú cráneo desnudo. Era el recuerdo difuso de una melena ondulada. Tus hombros juntos, el pecho hundido, el corazón empeñado en palpitar. Los dedos enredados en una camándula. La mandíbula caída. Y una respiración sutil, borrosa, como una imagen que se desdibuja en la neblina.

Te espié. Parecía que tus pecas resaltaban más en la piel transparente. Cuantos días sin poder bajar las escaleras y salir de esa habitación donde esperabas. Esperabas el  momento de abandonar ese cuerpo que eras tú y que cada día, se parecía menos a ti misma.

Te pedí que cerraras los ojos y eso hiciste. Los párpados juntos como el telón de un teatro. Y sin embargo, como si se abrieran a otro mundo, una dimensión imposible, te pedí que  fuéramos a caminar juntas, como amigas, a una playa donde el aire tibio te quitara el invierno que tenías pegado a los huesos. Siente la arena que pisas, mamá. Está llena de pequeños granos que juntos te sostienen y me sostienen. Un grano de arena no soporta nuestro peso, se pegaría a la piel y caería con nosotras al espacio vacío. Pero miles de millones de granos se convierten en un piso sólido, tierra para la existencia. En nuestras historias, cada persona tiene una relevancia, un peso, un sentido, tal vez equiparable a las pisadas que se imprimen en la arena. Algunas serán más sutiles, otras profundas e incluso dolorosas. Tantas pisadas marcarán nuevos caminos. Ninguna es para siempre. Todo es transitorio, la enfermedad también lo es. Nuestro cuerpo hace parte de un ciclo, pero solemos olvidar la muerte que ilumina la vida.

Con cada pisada, los dedos se hunden y se cubren de arena caliente, mamá. Cada paso es una huella, y cada huella se queda un tiempo y luego cambia, la arena se mueve, el viento trae nuevos aires, el mar borra las figuras. Tu y yo estamos aquí, ahora, nos acompañamos. Observo mis pies, son más grandes que los tuyos y también mi peso es mayor. Incluso podría cargarte y arrullarte si no te doliera tanto el cuerpo. Hacemos camino al andar, el andar nos cambia. Ahora pareces tú mi niña y cabes en la palma de mi mano como una pequeña gota de agua que se cuelga de la hoja de un árbol. Y como si el sol evaporara esa gota, te haces cada vez más ligera. Tus pies apenas se esbozan en la arena. La enfermedad pesa en tu cuerpo y paradójicamente te hace desaparecer. Te veo como una imagen que se desdibuja en la neblina. No quiero caminar sin ti, pero no puedo pedirte que te quedes a mi lado. No tiene sentido, incluso si no estuvieras enferma.

Te observo.

Eres mi madre.

Eres mi madre y también eres un espíritu que se eleva,

Eres mi madre y un cuerpo que se desploma y se convierte en miles de millones de granos de arena.

El respiro final te transforma en aire y tierra a la vez.

Eres mi madre y te amo.

***

Mi madre murió el treinta y uno de mayo del dos mil dieciséis. Murió de cáncer. Pero no cómo si el cáncer, un ente ajeno, una mujer de negro o un virus, soplara la vela de la vida.  La enfermedad, como la vejez, se tomó su tiempo y se fusionó con ella.

Todo empezó con dos tumores redondos que crecieron en su útero y se apoderaron del espacio. Sucedió sin aviso, o sus avisos fueron silenciados con el ruido cotidiano cuya fuerza suele anular los sentidos. Como sea, un día mi mamá tenía indigestión e inflamación en su estómago al punto que parecía  llevar una panza de embarazada.

Los exámenes mostraron que no se trataba del colon reaccionando contra el último paseo a tomar yogurt (aunque seguro también había algo de eso). Esta vez eran dos tumores creciendo como pelotas de tenis en su útero. Dos tumores creciendo como los dos hijos que tuvo, alimentándose de ella, engordando a su costa.

Cuando estuve embarazada por primera vez tuve riesgo de aborto desde el final del primer mes, así que pasé los siguientes cuatro en cama, sintiendo el cansancio infinito de la gestación. Mi cuerpo usaba toda su energía en sostener ese otro que crecía dentro de mí. Cuando finalmente me pude levantar de la cama, tardé muchos días en recuperar la fuerza que me faltaba para finalizar el embarazo. Pensé que todo iría normal, pero en la semana 29 tuve un parto prematuro. Nina es el resultado de esa aventura que después escribiré.

Gestar viene del latín gerō, gerere que significa «llevar a cabo». Iniciar y terminar un camino. Digerirlo. Desde el momento en que la idea se lleva a la boca, rueda por el esófago, llega al estómago, se desintegra, se transforma, entrega sus nutrientes, se reparte entre los intestinos y bota los desechos por el recto. Incluso en la gestación de un humano, el proceso tiene un tiempo limitado en que se lleva a cabo y finaliza en el nacimiento. En ese caso, el residuo es la placenta, ese órgano que fue creado exclusivamente para el alimento y la oxigenación del feto durante su permanencia en el útero.

Cuando descubrimos que mi madre tenía cáncer, no imaginé lo similares que pueden ser los tumores de los fetos. Ambos son autosuficientes y se alimentan del cuerpo que los sostiene sin consideración con el mismo. Una madre en embarazo debe estar muy bien alimentada porque de lo contrario, el feto en su interior se devorará todas sus reservas y la dejará desprovista de nutrientes para continuar la crianza e incluso su propia existencia. Mi mamá nos gestó en a mi hermano y a mí, con un acto lleno de profundo amor, pero luego, ese mismo cuerpo gestó también un cáncer, como un ente destruyéndose a sí mismo.

Quiero explicar esto con más detalle: El cáncer no fue una decisión de mi madre, como sí lo fue la maternidad. La enfermedad solo sucedió en su cuerpo sin que pasara por una decisión racional, por supuesto, pero solemos olvidar que el cuerpo actúa en tantas dimensiones que superan totalmente la razón.  La enfermedad que nace, se reproduce, y eventualmente muere porque destruye el cuerpo que la contiene o porque es destruida, también es un ejemplo de gestación. De un “llevar a cabo”. Por eso es correcto decir que mi madre, el cuerpo que era ella, gestó un cáncer. Fueron sus células las que enloquecieron en un momento dado. La enfermedad encontró en ella un terreno fértil. Encontró (¿como si viniera flotando invisible en el aire?) o nació espontáneamente. No lo sé. Pero sus células se enfermaron, las células que eran mi madre y que, se transformaron en otras células de formas extravagantes que tenían una velocidad de reproducción altísima. A las células con esas características se les llama cáncer. Cáncer que viene de Karkinos (cangrejo en griego) palabra que fue utilizada para hablar de tumores y lesiones ulcerosas, de cuya raíz también se deriva la palabra carcinoma que significa tumor duro o maligno.

¿Por qué me detengo en esto? ¿Por qué me interesa relacionar la gestación de un humano con la de una enfermedad? Porque quiero ver en ella y en mí, que ambos eventos son posibles en una sola persona, que un solo cuerpo puede tener la complejidad suficiente como para dar los placeres más inmensos y después autodestruirse. Porque dentro de ella, dentro de mí y dentro de cualquier persona, suceden más eventos y gestaciones que aquellas que podemos controlar y decidir. Porque nuestra existencia no solo se alimenta de las ideas y sentimientos que tenemos hacia nosotros mismos. Al contrario, las influencias sobre nuestra vida está tan controladas como una gota de agua en un mar.

El cáncer de mi madre inició en su útero y ganó tanto terreno que después de la operación nos sorprendimos al conocer el tamaño de los tumores. Después de varias sesiones de quimioterapia, mi madre se recuperó. Estuvo dos años sin asomo de enfermedad, sin tratamientos médicos. Fue como si su cuerpo se reconciliara consigo mismo, como si recuperara la memoria y el sentido. Pero después de ese tiempo de descanso, nuevamente sus células se volvieron cancerosas y se dispersaron a nuevos órganos.  Esa dispersión se conoce como metástasis. Y la metástasis suele ser más agresiva que el cáncer inicial.

Su cuerpo se llenó de pequeños tumores salpicados en hígado, estómago y con el paso del tiempo, nuevos órganos. Mi madre dejó de cargar pelotas en su útero, pero ahora llevaba líquido y pequeñas masas imposibles de operar. Nuevamente tuvo sesiones de quimioterapia. Pero a medida que la enfermedad avanzaba, eran menores las opciones de superarla. En la recta final llegamos al punto ciego de no tener tratamientos. Recuerdo que el doctor propuso volver a empezar con la primera quimioterapia que le habían formulado, o sea, aquella mezcla de medicamentos que recibió después de la operación en el útero.  Era una opción muy poco alentadora y mi mamá se negó. El círculo estaba a punto de cerrarse.

En los meses que vinieron después, el deterioro  avanzó muy rápido. Estaba tan flaquita. Su caja de dientes le quedaba grande. Al final no se podía levantar de la cama. Las células cancerígenas la estaban transformando en otro cuerpo. Uno que se desdibujaba en la neblina.

El día antes de morir estuve con ella, en su habitación, un buen rato. Estaba agotada. Quería morir y cada mañana se despertaba con la angustia de no lograrlo. Tampoco era su decisión esta vez. Se sentía impotente y le pedía a su Dios un poco de compasión. Sentada a su lado, le propuse que cerrara los ojos e hiciéramos un viaje a la playa. No es que tuviéramos una especial fascinación por el mar, era solo la sensación de sentir la arena caliente en nuestros pies lo que me inspiraba. Caminamos un rato en la arena. Y luego le propuse que se elevara y dejara ese cuerpo en la tierra. Es hora de irte, ya cumpliste tu tiempo y vivirás en nosotros hasta el final. Suelta ese peso que cargas, mamá. En nuestra imaginación, mi madre se hizo aire. Y por un buen rato fui solo yo en esa playa, hasta que llegó un colibrí que luego se perdió en el paisaje. Quiero pensar que ese colibrí es ella.

Hubiera querido que mi mamá muriera después de esa meditación, que efectivamente lograra exhalar su última bocanada de aire. Pero no fue así. Pasó el resto de la tarde sufriendo dolores insoportables y una noche tropezada. A la mañana siguiente, después de la llamada angustiada de mi hermano, llegué a verla. Su respiración era agitada, pero sus ojos estaban perdidos. Cuando la enfermera me dijo que la saturación era de 69, pensé que había muerto, pero su pecho no dejaba de moverse, como buscando en el ambiente un poco de oxígeno.

Cuando llegaron los doctores, dijeron que no tenía signos, pero que muchas veces después de morir, el cuerpo continúa en movimiento. Un movimiento que no es consecuencia de la vida, sino de una acción involuntaria, un efecto reflejo. Saberla sin vida pero en movimiento era tan extraño que no podíamos aceptar que realmente estuviera muerta. Pasaron varios minutos y los médicos anunciaron su partida. Cuando el movimiento se detenga, volveremos, fue su mensaje.

Antes de que los hombres se marcharan, el pecho de mi madre se calmó.

Y el círculo se cerró.

***

En enero de este año 2020 llegamos a vivir al campo mi familia y yo. Uno de los árboles que están al lado de mi casa, tiene flores rojas y da unos frutos que parecen uvas alargadas. Cuando las uvas se ponen moradas quiere decir que están más dulces que nunca.

A veces usamos el tiempo para ver pájaros que llegan y escuchar sus cantos. El árbol de las uvas alargadas es uno de los favoritos para todas las especies.

El treinta y uno de mayo, se cumplieron cuatro años después de la muerte de mi mamá. Estábamos (y estamos) en cuarentena porque la nueva normalidad que nos impone el virus del Covid19, nos mantiene así.  En mi mente, planeé todo tipo de rituales para honrar ese día. Diseñé un mandala de flores y piedras, hice una fogata y cantamos en círculo, hablé con mi papá y mi hermano por videollamada solo para recordarla desde la distancia. Pero nada de eso pasó. En la mañana salimos a caminar y regresamos hacia el mediodía con las piernas agotadas pero con mucha sensación de bienestar. Uno de los mayores agradecimientos por vivir aquí, es pasar la cuarentena en el campo y no vernos privados de la vida en la naturaleza por miedo a contagiar o contagiarnos.

El aire frío de la montaña me reconfortó, las risas de Nina, las palabras enredadas de Emmanuel, el amor de David, todos los momentos durante el recorrido me llenaron de alegría. Era la segunda vez que hacíamos ese trayecto que inicia en una montaña y termina en otra. Caminar así es como dibujar un círculo con nuestros pies. Este círculo incluye el paso por las piedras que nos gusta escalar, el bosque nativo que aparece después de dejar las últimas casas, el cultivo de fresas elevado cuando pasamos de una montaña a la otra, las casas de colores del descenso, las cuevas que se hacen entre las montañas y el camino, la casa roja en donde vivimos. Punto de partida y fin.

Pensé en mi madre, recordé lo mucho que disfrutaba caminar en el campo y lo despacio que andaba. Le gustaba observar el paisaje y hacer ejercicios de respiración, moviendo los brazos en círculos pequeños, como las alas de un pajarito torpe. Nos gustaba molestarla y empujarla para que apurara el paso, pero ella solo se reía y seguía caminando lento.  A veces rezaba el rosario mientras caminaba. Solo con el paso de los años, entiendo que era su forma de meditar.

Al regresar a la casa, estuve un rato en la cama pensando en el recuerdo de ella. Aún la extraño y a veces lloro su ausencia. Decidí explicarle a Nina y a Emmanuel que su abuela se transformó en un colibrí después de morir. Me gusta decirles que cuando yo muera también seré el pájaro que los acompañe.

Curiosamente esa tarde, mientras estaba en la cama, un colibrí voló junto a mi ventana. Voló de esa forma que parece inmovilizar a los colibríes en el aire por unos segundos. Unos segundos no son mucho, pero un pájaro moviéndose tan rápido que parece quieto en el aire el tiempo que me toma inhalar, es una proeza de la naturaleza. Mi corazón se desbocó como un caballo y tuve que abrazarme de David para no caer. Cuando él quiso ver el colibrí, ya se había ido.

Desde que vivimos aquí, pienso en este momento de nuestra vida como un círculo distinto. Si nuestra vida es un espiral, hemos iniciado una vuelta nueva. Aquí mi madre también nos acompaña. Ella es el colibrí suspendido frente de mi ventana.

Ella es ese y todos los colibríes que llegan al árbol de las uvas alargadas.

Ella es ese y todos los colibríes que viven dentro de mí.

Es inevitable que sus círculos y los míos, estén enlazados.

*

Colibri1

(Imagen tomada del blog: https://adictamente.blogspot.com/2014/09/13-hermosas-especies-de-colibries.html)

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

Deja un comentario