Podar se escribe con O de hervíbORO

Todo inició con una excusa.

Este año tendremos una huerta, nos dijimos en coro. Será un segundo intento más afortunado, porque esta vez sí la cuidaremos, esta vez sí la regaremos todos los días, esta vez sí sembraremos aquello que más nos gusta comer y no solo las plántulas que nos regalen los vecinos.

Este año nos consagraremos como ecoagricultores, porque, todo parece indicar, hemos aprendido algo de vivir en campo y de cultivar nuestros propios alimentos. Aprendimos, por ejemplo, que las plantas necesitan agua. No importa que se trate de una siembra en campo abierto o de una matera, ellas no crecerán solas si no las regamos seguidamente. Es más, de pronto no lo sepan, pero si no hay un riego constante toda la cosecha puede morir.

Algo obvio, lo sé, pero en nuestra primera versión de huerta vimos acelgas y rúgulas atrofiadas que comenzaron a florecer sin jamás superar los 3 centímetros, porque confiábamos en que el agua lluvia y el rocío de la mañana eran suficientes. Seguramente tampoco las pusimos a una buena profundidad y, por qué no admitirlo, cansada de levantar el pasto, comencé a sembrar nuevas plántulas en los espacios que habíamos dejado entre las primeras que fueron sembradas. Estrés, apretuje, falta de agua y poca profundidad en la siembra, hicieron el coctel para que parte de la cosecha se perdiera. El brócoli creció campante junto a un ensombrecido repollo morado que no logró prosperar, y el kale atropeyó las espinacas que se secaron sin pena ni gloria; cuando fui a buscarlas ni siquiera recordaba dónde las había puesto.

A pesar de todo, y gracias a la generosidad de la Tierra, disfrutamos de las cosechas de coliflor, brócoli, cebolla, papa, cubios, zanahorias y kale, lechuga y ajo. Por el contrario, vimos morir acelgas, espinaca, rúgula, mazorca y unos tomates que estaban logrando vivir a pesar de las heladas, pero que, al prosperar en una tierra llena de hierbas, terminaron siendo podados por nuestro querido vecino que no se detuvo a observar las plantas que vivían protegidas por esa misma hierba.

Nuestro segundo intento de huerta será diferente, nos dijimos. Sembraremos ordenadamente y nadie caerá en la tentación de sembrar plantas entre los espacios, con tal de no hacer el esfuerzo de levantar el pasto. NADIE, remarcó David tajante y mirándome fíjamete,

Para este nuevo intento, lo primero era deshacernos del pasto.

El pasto.

Como suele pasarnos, el pasto andaba en su máxima expresión. Lejos de considerarse un prado aterciopelado y listo para una foto perfecta de paisaje bucólico, era una maraña de flores y espigas, hojas lengua de vaca, dientes de león en sus versiones espinosas y tradicionales, flores azules diminutas de nombre desconocido, pasto afilado que podía llegar a la cintura de Emmanuel y ramas caídas del manto de María con hojas secas.

Ante el panorama, se nos ocurrió pedir prestada la oveja a los vecinos. Ellos no la había ofrecido antes, así que era hora de tomarles la palabra por cierta. La idea era que la oveja se comiera, al menos, el pasto del lugar de la futura huerta y que, de paso, ayudara a abonar la tierra.

La oveja cuyo nombre es Lana del Rey vive con una manada un tanto particular. Conforman su familia, una pareja de humanos –hombre y mujer-, dos perros machos, una perra hembra y una pareja de gatos. La oveja vive en libertad en su pequeño predio (vive en libertad quiere decir que no está amarrada durante el día, come cuando así lo desea, toma la siesta después del almuerzo y se guarece de la lluvia en el porche de la casa, junto a su manada), pero para adquirir esa libertad, Camila y Daniel, los humanos del grupo, tuvieron que construir una cerca que protegiera las plantas ornamentales que querían conservar.

La cerca funcionó después de algunos intentos fallidos, y Lana decidió concentrarse en otro proyecto: engullir la huerta que la pareja inició cuando fue declarada la cuarentena en marzo del 2020. Después de varios intentos, Lana forzó la malla hasta que la dobló totalmente y devoró cuanto había: lechuga, papa, espinaca. Ante la impotencia, Camila y Daniel abandonaron el proyecto familiar de hacer una huerta que conviviera con una oveja en un predio tan infinitamente pequeño como el de ellos

Nosotros no tenemos más animales viviendo con nosotros, más animales que nosotros mismos, quiero decir. Así que nuestro predio lo hemos llenado de árboles y flores, que son un tremendo manjar para cualquier herbívoro. Por eso, la llegada de Lana del Rey a nuestro espacio, significaba que la pobre tendría que permanecer amarrada, para que solo comiera el lugar indicado.

Pero los animales no solo están interesados en comer. O en comer lo que uno les pide. Eso sería equivalente a estar obligado a mirar un plato de comida todo el día y no poder hacer nada distinto a mirar ese único plato y comerlo. Ante semejante castigo, Lana hizo lo que cualquier hubiera hecho en su lugar: gritar y llorar a más no poder.

Sus gritos alertaron a su manada (cuyo predio está junto al nuestro y podemos saludarnos de casa a casa con un grito de volumen medio), especialmente al caer la tarde, cuando el frío azota y también la soledad. Por eso, su madre humana vino a rescatarla, diciendo que no iba a estar tranquila mientras escuchaba a Lana sufrir. Camila –la madre- prometió volver a traerla al día siguiente para ayudarnos con el pasto, pero cada despedida las dejaba con el corazón roto porque su compañera estaba pasándola mal con la nueva limitación de su libertad: permanecer amarrada.

Nosotros no nos sentíamos mejor. Desde que llegamos al campo, hemos reflexionado mucho sobre cómo tratamos a los otros animales, siempre puestos a la merced y necesidades humanas. Así que un buen día, decidimos que Lana debía regresar a su casa y que tal vez, la estrategia debía ser otra.

Emmi y yo llevando a Landa del Rey de regreso a su casa

Antes de pasar a la solución de este dilema, quiero hacer un paréntesis alrededor de la acción de podar el pasto. Nunca antes, viviendo en la ciudad, habíamos tenido que preocuparnos por mantener el césped como un tapete agradable al tacto cuyo objetivo es permitirles a las personas sentarse (en el mejor de los casos, en otros, puede estar prohibido pisar ese cesped), o contemplar un paisaje ordenado y lejano a cualquier amenaza. Un paisaje que dejara todo a la vista y cuyas formas estuvieran controladas. Ese tapete verde, tan propio de los jardines con flores, requiere de un mantenimiento constante que se hace con unas tijeras y máquina podadora.

Cuando alquilamos esta casa, algo que nos motivó muchísimo fue pensar en que tenía algo de prado, pero nunca consideramos la energía que demanda su mantenimiento. Cuando nos encontramos esta realidad, buscamos una máquina manual que nos sirviera para cortarlo y que, nos saliera más económica que estar pagando cada mes y medio a alguien más. Sin embargo, algunos de nuestros conocidos nos hicieron desistir de la idea. Para la cantidad de pasto que ahora teníamos a cargo, la podadora manual nos haría trabajar por días, y cuando por fin lográramos terminar, el lugar donde cortamos inicialmente ya estaría crecido. Las máquinas manuales se traban, el pasto se les acumula y hay que retirarlo constantemente. Van a quedar destruidos de la espalda. Ustedes no están acostumbrados, dijeron diversas voces. Y bueno, la verdad es que, sin siquiera intentarlo, decidimos pagarle a nuestro vecino Lorenzo para que se encargara de la poda.

Entonces llegaron los encontrones. El sonido de la máquina podando es insoportable, así que varias veces dejamos la casa sola para que Lorenzo se encargara del trabajo sucio. Al llegar: Lo había cortado todo. TODO, incluso lo que nadie le había pedido pero que, por obvias razones, se entendía que eran plantas en desorden: maleza. Recuerdo especialmente esos tomates de los que hablé antes, que murieron arrasados porque estaban escondidos entre los tréboles, el carretón y los tréboles.

Podar puede ser un ejemplo de controlar, de ordenar la naturaleza para que se vea según nuestra idea de belleza (y digo “nuestra” sabiendo que hay tantas variedades de belleza como culturas, y que esta afirmación es totalmente arbitraria), que cumpla con los parámetros, necesidades y comodidades del hombre blanco occidental. Podar como talar el bosque nativo y convertirlo en un bosque de pinos y eucaliptos más accesibles y maderables. Podar como depilarse las piernas porque los pelos son sinónimo de suciedad o falta de “feminidad”. Podar como quien se obliga a trabajar sin parar porque el tiempo libre es perdido y no hay que tener horas muertas. Podar como pensar que El que piensa pierde, porque los pensamientos a veces se parecen a la maleza.

Pero podar también puede ser sinónimo de decidir.  Decidir cómo lo hacen los ápices hifales cuando buscan alimento y orientan el crecimiento del micelio del hongo porque han encontrado una comida rica en nutrientes y no es necesario entonces, crecer en todas las direcciones. Podar como el acto de una oruga que se come una planta, para luego transformarse en mariposa y polinizar las flores que alguna vez fueron su alimento. Podar como quien termina de escribir un libro y edita todo aquello que le sobra e ilumina las mejores partes. Podar también es poner un fin temporal y dejar reverdecer el campo.

La etimología de esta palabra viene del latín putō, putāre  que significa puro y que tiene énfasis en purificar y limpiar (1)

Entonces, en el acto de podar ¿qué limpio y qué mantengo? ¿Qué necesita ser purificado y separado del resto? ¿Qué retiro y convierto en abono para que aquello que conservé se perpetúe? No sé las repuestas a estas preguntas, solo sé que la casa no es mía y que la dueña nos pide que mantengamos el prado.

La incomodidad seguía ahí, como un zancudo que zumba en la oreja en las noches. ¿Por qué nos incomodaba tanto tener que cumplir esta regla tan simple? Porque quisiéramos ver crecer los misterios que trae la “maleza”, porque amamos las flores violetas de carretón creciendo junto a las amarillas que llaman las abejas y los abejorros, porque tenemos más que la intuición, la seguridad de que no existen “malas hierbas” y que el mundo se poda a sí mismo de formas más sutiles, porque, aunque sí hay zonas que quisiera podar para hacer un picnic o tener un columpio, también quisiera que los bosques silvestres pudieran prosperar y atraer la vida.

– Qué hacemos para no podar más?, pregunté

– Tener un herbívoro… pero tenemos poco espacio, dijo David.

-Y sí se come los arbolitos?, exclamó Nina preocupada

-Tendríamos que tenerlo amarrado… aunque Lana del Rey no paró de llorar, pensé en voz alta.

– Gustavo tiene las cabras amarradas y les está saliendo una herida en la nariz, respondió Nina

-Si… pero esa es la única manera de evitar que se coman todo en un espacio tan pequeño, comentó David tajante.

-Cuando los herbívoros están en manada y en su estado salvaje, no acaban todo, reflexioné. Hace tiempo vi un documental donde mostraban las grandes extensiones de tierra que necesitaban los Ñus para pastar. De esa manera se mueven de un lado a otro, y van comiendo la hierba, pero sin dejar la tierra árida, digamos que apenas estimulada para seguir creciendo y con un montóooon de popó.

-Un montón de abono querrás decir mami.

-Si, abono blandito y poposiado, dijo Emmi.

-Chocolatoooosoooo

(Risas)

– Así controlan los herbívoros el crecimiento de las plantas “naturalmente”. El problema es que nuestro predio es muy pequeño y necesitaríamos levantar las cercas para que los animales fueran libres y pudieran comerse el pasto sin acabarlo todo y sin estar amarrados o cercados con electricidad.

(Los animales herbívoros y libres, originarios de esta zona donde vivo no son las vacas, los caballos o las cabras. Son otros que desplazados con nuestra llegada y la llegada de los animales que usamos y domesticamos, que hemos arrinconado a lugares cada vez más estrechos o inexistentes. Pienso en venados, conejos salvajes, osos, ardillas. Una fauna exótica y escasa.)

-Pero las cercas son el límite de los predios.

-A Auron y Apple (2)  (los perros de Lorenzo) no les importa eso. Siempre se meten a cagar aquí

– Esos son los regalos que nos dejan.

– Pero también se meten porque nos quieren y les gusta ver qué estamos haciendo.

-Es verdad. Nos amamos.

-Para los animales no hay propiedad privada. Para los otros animales. Sin propiedad privada, no habrían cercas y los animales pastarían libres y controlarían el crecimiento del pasto en diferentes temporadas y no habría necesidad de cortarlo con una podadora que usa gasolina.

La propiedad privada. Un concepto fundacional que estaba detrás de la obligación de podar. David y yo nos miramos, masticando la idea.

-Pero entonces ¿qué hacemos?

Con el fracaso de la llegada de Lana del Rey, repasamos la idea de pedir prestadas las cabras de Gustado. Sí… algunas tenían heridas por estar amarradas, pero teníamos que probar, al menos ellas estaban acostumbradas a vivir en un perímetro de un metro.

Entonces llegó Ramona a nuestra vida. A un momento de nuestra vida.

Ramona, la última cabrita en nacer, nuestra consentida desde que la vimos. Manchada de blanco y negro, jugueteaba libre entre las patas de su madre, la cabra blanca llamada Paloma, hasta que se comió las primeras flores y Gustavo la amarró de una pata.

Cuando pasábamos a visitar a Gustavo solíamos aprovechar para soltar a Ramona, que salía contenta a chupar la teta de su madre. Ese gesto hizo que ella aprendiera a conocernos, a reconocernos, y por eso, siempre que pasábamos cerca o escuchaba nuestras voces, gritaba desesperada para que la soltáramos.

El día que llegó, nuestra mayor felicidad compartida fue dejarla mover libremente. Sí, queríamos proteger las flores y los árboles, pero también queríamos verla en libertad. La pastoreamos toda la tarde, muy atentos a que no se lanzara sobre las feijoas, el brevo o las lechugas que crecían hermosas en nuestra improvisada huerta de emergencia, esa que hicimos mientras llegaba la gran huerta soñada.

Unas semanas atrás habíamos sacado el abono de nuestra paca digestora, así que con las tablas que contenían la paca, hicimos una casita improvisada para que Ramona pasara la noche. Cuando la tarde llegó a su fin, Nina le puso una ruana para el frío y vistió la vara de la cual la amarraríamos como una amiga, para que no se sintiera sola.

Pero con la noche llegó la tristeza, Ramona no quería separarse. Teníamos que estar con ella en el prado, o de lo contrario, se largaba a llorar. Era evidente que extrañaba a su grupo, que no quería estar amarrada, y menos aún: SOLA. Pero algo más era evidente, ella es un animal de manada que necesitaba de los otros y que había evolucionado gracias a la vida en grupo. Igual que los humanos. Un ejemplo más de lo cercanos que somos. Ramona lloraba como lloraron Nina y Emmanuel en sus primeros días de jardín, gritaba como gritó Lana del Rey cuando se imaginó la noche lejos de quienes le dan seguridad, se enfurecia como me enfurecí yo cuando los médicos me negaron la posibilidad de alzar a mi hija nacida prematura hasta que no tuviera un mínimo de peso. Ramona luchaba por estar en contacto, porque eso le daba bienestar, como nos da bienestar, alegría, sensación de completud y mil sensaciones mas, la vida en comunidad.

Por eso, después de una noche entre gemidos que desvelaron a Camila, Daniel y su manada y a nosotros, pedimos a Gustavo que nos prestara a su mamá, la cabra blanca llamada Paloma.

Y él, aceptó.

Esta historia continuará…

(1) Tomado de puto – Wikcionario, el diccionario libre (wiktionary.org) Revisión el día 8/04/21.

(2) Para ver la historia de Apple véase aquí

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

Un comentario en “Podar se escribe con O de hervíbORO

  1. Me encanto!!!
    Sobre todo el registro de que algunos animales somos en manada, en comunidad y cuando estamos solos sentimos esa falta, ese malestar.
    Me quedo con … en el acto de podar ¿que limpio y que mantengo? Que quiero conservar? Pero al mismo tiempo que quiero en algún punto controlar?
    Gracias!
    Espero ansiosa cómo seguirá esta aventura de la poda al mando de los herbívoros!

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