Retomar las letras y los hervíboros

Han pasado muchos días, meses, desde la última entrada a este blog. En el camino sucedieron tantos eventos inesperados (nos cambiamos de casa, los chicos entraron al cole e inicié un proyecto de huerta y un compostaje ahí, adoptamos dos perros, empecé una especialización, etc, etc) que mi energía se fue en ajustarme a ellos y dejé de escribir. A veces recordaba el capítulo inconcluso de la llegada de las cabras Ramona y Paloma a nuestra casa, pero pensar en ellas era algo muy lejano. Para ese momento, ya las habíamos devuelto a Gustavo, su dueño. Después de llevarlas de regreso, conseguimos una casa nueva para vivir, así que también tuvimos que entregar la casa roja y podar, limpiar, empacar. Borrar nuestro paso por ese espacio que nos dio la bienvenida a Río Frío, Tabio.  A pesar del esfuerzo por dejar todo en el mismo estado como lo recibimos, con el deterioro natural del paso del tiempo, según el contrato de arriendo, en ese cuadrito de tierra sembramos una herencia de árboles que nos ayudaron a sentirnos en casa. Dejamos un arbusto de Breva que enterramos con la placenta de Emmanuel (preservamos la placenta en una olla de barro llena de sal mientras tranto), también dos árboles de Feijoa cada uno con la foto de Nina y Emmi en sus raíces, un Arrayán sobre el abono que dejó nuestra primera paca digestora, un Lulo que llegó volando a una matera del balcón, un Helecho arborescente, un árbol de Siete Cueros y un Amarrabollos o flor de cera (que para nuestra partida, luchaba por sobrevivir a pesar de todo el abono que le dimos).

Suena como un bosque. Pero no fue así. Tal vez en diez años la presencia de estos árboles sea evidente, si para ese momento no han sido talados (el afán por privilegiar la vista, supera el respetar estos seres vivos maravillosos en sí mismos y hogar de miles de especies). Para el día de la mudanza, los árboles solo eran troncos delgados con algunas ramas, como floreritos en el césped. Pero si se les permite, una vida lenta será su música y la cadencia al bailar atraerá los pájaros azules en la mañana.

Nina, en su ánimo por conseguir que otras plantas nos siguieran, sacó de la tierra un kale y lo sembró en el nuevo espacio. Fue ella también, quien nombró este sitio Casa Honguito, porque una tarde, setas amarillas como sombrillas de duendes adornaban el suelo.

Apenas nos fuimos, la casa roja fue ocupada, pero esas personas no duraron mucho. En seis meses la casa estaba, de nuevo, vacía. Después llegaron otros que también se fueron antes del año. Aunque el invierno ha sido intenso y las lluvias asustan con sus promesas de echar la montaña abajo, temo por la vida de esos árboles en las tardes de sol y tierra seca.

Desde que salimos de allí, no he vuelto a husmear entre el muro de Eugenias, qué sucede en la casa roja. No sé cómo están esas plantas que sentía parte de mí. Me da pena, pereza, dolor. No soy propietaria de esa tierra y los árboles que sembré allí, no me pertenecen (no le pertenecen a ningún humano, pero ya saben, el sagrado derecho a la propiedad privada). No puedo entrar a protegerlos, ni reclamar si algo les pasa. Y por muy absurdo que suene, la dueña del terreno puede hacer lo que le venga en gana con ellos, y con todo en esos metros cuadrados de la montaña. Un lunar en un mundo que, por poco más de un año, representó todo nuestro mundo, especialmente durante la cuarentena. Un espacio visitado por párjaros de colores que se sentaban bajo la sombra de ramas y compartían con los insectos, el néctar y la sombra.

Dudo que los pájaros que nos visitaron, sigan yendo. Hace unos días, mirando la casa roja a lo lejos, observé que, el árbol de flores amarrillas como jarras de agua, cuyas semillas germinaban protegidas por una corteza, había sido talado. Ese árbol era nuestro acompañante cuando, en las tardes de tedio, los chicos y yo nos sentábamos a leer cuentos en el camarote. Al levantar la vista, siempre estaba ahí, con su dorado de fiesta e insectos bailando.

Ahora solo hay vacío. Un espacio que representa una herida. El llanto de sus habitantes.

Duré un rato en entender que realmente ya no estaba. Sentí rabia, horror. ¿Por qué no extendemos nuestra empatía a quienes son nuestros antiguos maestros, por qué el poder de las motosierras nos hace tan obtusos? En un mundo donde solo algunos seres tienen alma, es fácil despedirse de aquellos que nos han amado sin que lo notemos.

Pero no todo es triste. La planta de kale creció majestuosa en su nuevo hogar, Casa Honguito. Y compartió con nosotros sus deliciosas y crujientes hojas.

***

Volviendo al pasado y a nuestros conflictos ético políticos con el acto de podar, irónicamente o más bien, consecuencia natural de la caca y la orina después de llevar las cabras, la tierra en la casa roja estaba abonada y rica en nutrientes, así que el pasto creció fortalecido. Podarlo fue un desafío tenaz que David asumió lo mejor que pudo con la guadaña de segunda mano que nos regaló mi papá. A la dueña, sin embargo, le pareció que el trabajo quedó mal, y una vez recibió la casa, cortó nuevamente el pasto dos veces en un lapso de tiempo de 15 días entre cada poda.

A pesar de que esto pasó hace mucho, las cabras dieron inicio a una relación de curiosidad, encuentros y desencuentros con los herbívoros.

Recuerdo cuando llegó Paloma, la cabra mamá, a la casa. Ramona había pasado la peor noche de su vida, balando desesperadamente, hasta que fuimos por su madre a la casa de Gustavo (que era muy cerca). Cuando llegó, David la traía amarrada de una cuerda, con su comedero y la estaca que la fijaba a la tierra.

Ramona y yo estábamos en el frente. La acompañaba, mientras ella comía tranquila y sin cuerda, bajo mi estricta vigilancia. En una tarde con un poco de libertad, la vimos mordisqueando una de las Feijoas y atacando las Eugenias que cercaban el predio. Nosotros conocíamos el riesgo de soltar la cabra, pero era demasiado emocionante verla andar libremente, correr si lo deseaba, buscar sombra o seguirnos. Recuerdo que esa única noche que estuvo sola, antes de que llegara su mamá, intentó entrar a la casa con nosotros. Pobre. Las posibilidades de pasar una buena noche, en un terreno desconocido, sin su manada y sin su mamá, eran aterradoras.

Cuando David llegó con Paloma, ambas balaron con ansia y desespero. Gritos de una familia que se reencuentra después de una pesadilla. Al estar una junto a la otra, se olisquearon un buen rato y se abrazaron de esa manera que tienen los animales cuadrúpedos de expresarse amor: Unir los cuellos para hacer un lazo de calor. Un nudo. Terminado el abrazo, Ramona se lanzó a la teta y comenzó a chupar.

El reencuentro fue conmovedor y al mismo tiempo, natural, entendible. La primera vez que llevé a Nina a un jardín, pasadas cinco horas de desapego, fui a su encuentro como si nuestra separación me costara dejar una parte de mi cuerpo en otro lugar. Al recogerla, el corazón me latía fuerte, le hice monerías para que me viera y, cuando llegó su turno de salir, la abracé y besuquié con mucha fuerza. Ella también se agarró de mí, como si la hubiera rescatado de una caverna oscura. Después de la euforia inicial, la pegué a mi teta y nos entregarnos al placer, amor y alimento que nuestros cuerpos nos proveían.

Ramona y Paloma, Nina y yo, éramos entonces, madres e hijas enlazadas por el poder mamífero, sumergidas en el trance de la leche.

Pasaron los días y las cabras fueron felices el tiempo que duró. O eso quiero creer. Les construimos casitas con las paredes de la paca recién desarmada y las dejábamos dormir cerca para que se dieran calor en la noche. Además, las soltábamos cada tanto, para que se lanzaran a los jardines a comerse las frutillas de uva alargada que crecían y para que pudieran tener, al menos un rato, una vida más allá del perímetro de la cuerda que las amarraba a la estaca.

También hicieron estragos.

Las mirábamos con frecuencia, pero no tanta como para evitar que comenzaran a comerse el tronco del Amarrabollos y otros árboles. Cuando nuestros vecinos nos alertaron, una Eugenia estaba atravesada por el poder de sus mandíbulas.

No sé de donde viene esa diferenciación entre animales salvajes y domésticos, pero me parece bello imaginar ese mundo en donde todos los animales éramos libres. Libres, en un sentido amplio y de muchas dimensiones. Libre de alambres de púas y estacas, libres de correr para resguardarse de la lluvia bajo un árbol, sin que la propiedad privada lo impida. Libres para usar los días yendo a las montañas a comer nuevos brotes de hierba y frutas silvestres, y luego, bajar al río, tomar agua fresca y dormir arrunchados con nuestras manadas. Libres para esparcir las semillas en las tierras que quiera el viento sin temor a que los arbustos sean talados por estar en el lugar equivocado. Libres de usar los días pintando cuadros de libertad, sin miedo a dejar de producir o pensar que quien no produce no puede comprar una buena vida.

***

Ramona y Paloma se convirtieron temporalmente en parte de nuestra familia. Eran nuestras amigas, nos levantábamos a revisar qué tan enredadas estaban, y cuando nos íbamos de casa a cualquier cosa, balaban como histéricas, hasta que regresáramos. Era lindo tenerlas cerca, pero al tiempo era más trabajo de cuidado. Limpiar caca, vigilar su bienestar, soltarlas ocasionalmente y seguirlas, estar moviendo sus casas para que no se mojaran o el exceso de sol no las lastimara. Como siempre, con las cabras, los hijes, la pareja, un poco de amor, un poco de rutina. Regar, podar, alimentar. Finalmente, llegó el día de regresarlas a Gustavo. Eran un préstamo, así que volvieron a su vida antigua, sin casitas protectoras y sin poder dormir juntas para darse calor. Sin teta y sin paseos ocasionales. Las devolvimos porque estos animales domésticos no tienen opción de elegir, y teníamos que llevarlas donde su verdadero propietario. Propietario. Las cabras eran suyas, como antes fueron de alguien, las personas esclavisadas. Además, la casa de Gustavo tenía el pasto a la altura de mi cintura, y él las necesitaba urgentemente.

Las cabras lo llevaban acompañando desde que era un niño campesino que creció con muchos animales cerca, y también las extrañaba, me pareció intuir, aunque se quejó semanas después de que no paraban de balar y que las habíamos mal acostumbrado.

Y sí. Claro que sí. Las habíamos acostumbrado a nuestra forma de sentir, tratando de entender sus necesidades y anhelos. Sus ganas de tocarse y jugar. De ser cabras en su expresión total. Las habíamos acostumbrado a vivir más parecido a cómo nos gusta a los humanos, también domesticados, que nos traten. Gustavo no tenía tiempo ni fuerza para estar tan atento a las cabras. Una diabetes horrible y muy avanzada, limita su vida como una sombra. Pero en cambio, fue generoso con nuestra familia y permitió que ellas nos acompañaran casi dos meses.

Esta historia no tiene villanos ni héroes. O tal vez las cabras sean las heroínas, porque se comieron el pasto y luego lo abonaron como nunca.  Todos tenemos algo de villanos, con nuestra forma sutil de reproducir el sistema que divide y encarcela. Así nos hemos acostumbrado y a veces, ni lo notamos. Y también tenemos algo de humanos conectados con la vida, especialmente cuando juntos cambiamos pequeñas cosas o damos pasos que inician transformaciones profundas, como visitar a los campesinos de la vereda, compartir los animales, o soltar una cabra del lazo y acompañarla una tarde a moverse libremente por un pasto, lleno de flores moradas y amarillas.

Hoy en día, Gustavo y nosotros estamos haciendo un proyecto que busca, entre otras, darles una mejor vida y alimentación a sus animales. Además de sembrar árboles nativos y llenos de campanas de alegría. En nuestra lista de pendientes, también está hacerles casitas a las cabras, para protegerlas del sol y la lluvia.

Cuando vamos a su casa, saludamos a Ramona y a Paloma y les ofrecemos de comer dientes de león que nacen silvestres por el camino.

Como una ofrenda.

Un agradecimiento

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

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