SOL VERDE

Es media tarde. El agua cae tímida y rocía un poco la tierra. No alcanza a formar charcos donde meter los pies y entrapar las medias. La lluvia está esquiva. Amanece haciendo mucho sol y luego, aunque el sol se vaya, se queda el día nubado, con ganas de que el cielo se rompa en un aguacero prometido que no logra materializarse.

Me gustan los días soleados en esta tierra fría. El sol se parece a la promesa de la felicidad, a los días amarillos de las películas cuando la gente se enamora, se toma de la mano y tiene ropa holgada que se levanta apenas sugestiva, cuando los amantes ruedan montaña abajo. Pero tanto sol y días sin agua, resultan perturbadores. A pesar de que el año pasado llovió literalmente 365 días, es perturbadora esta falta de lluvia, estos días a veces soleados y a veces grises, que no traen agua a la montaña.

Quiero que llueva. Quiero que los caminos dejen de estar secos y polvorientos. Que la tierra se humedezca para que crezcan las hortalizas y se engorde el maíz, para llenar los tanques que instalamos para recoger la lluvia y luego dar de beber a los animales, regar las plantas o lavar la ropa. Quiero que llueva, así después diga “no quiero que llueva más”.

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Hacer una huerta, tan fácil de desear, exigente de materializar y difícil de sostener.

Todo empezó con una tierra, un potrero para vacas que queda en la casa de nuestro amigo Gustavo y que hace parte de la herencia que le dejó su padre en vida. Un espacio que decidimos adoptar para llevar a cabo una idea. Queríamos y queremos hacer un proyecto que junte a las personas alrededor del alimento, de la conexión con la Tierra, de la música y el juego. Queríamos y queremos tener un espacio para nosotres mismos hacer todo eso, sembrar, comer, juntarnos, jugar y amar.

A principios del año 2022, Gustavo nos contó que iba a acabar con sus gallinas.

Desde que conocemos a Gus, en el año 2020 cuando llegamos a vivir a Tabio, ha tenido animales, conejos, cabras o pollos, que han ido y vuelto. Pero las gallinas siempre han estado junto a él. De hecho, Gustavo, como casi todos los campesinos y campesinas de Colombia, ha criado gallinas desde que era niño. Sus gallinas son campesinas, igual que él. Algunas despelucadas, otras de cuello pelado, algunas de plumas negras, otras amarillas, cafés, rojas. Gus sabe quiénes son, cuándo están enfermas, cuando están cluecas, quien pone los huevos verdes, quien está viejita y quien volantona, cómo sacar adelante los pollitos que nacen, y todas las preguntas que alguien se pueda hacer. Por eso, cuando nos sugirió acabar con ellas, es decir, venderlas para que alguien más se hiciera cargo de su vida y alimentación, nos pareció una noticia terrible. Sus razones eran claras: La comida estaba imposible de pagar y se estaban enfermando por la falta de espacio.

Para ese momento, las gallinas vivían en un lugar oscuro y demasiado apretado para ellas, aunque después de las 4 de la tarde, Gus les daba salida y todas iban felices, por el potrero usado para vacas, hasta un pino enorme que crece en la mitad y es literalmente su verdadero hogar. Una vez ahí, todas se ubicaban en las ramas y dormían tranquilamente hasta el día siguiente, cuando volvían a su gallinero apretado con comida cada vez más escasa.

Esta imagen hecha por mi amiga Victoria Herbas (con pequeños aportes de Nina y yo) es tomada del libro que escribí «Había una vez una montaña donde la vida era sencilla y mágica»

Escasa, sí.

Aunque hay comida por todas partes, hay pasto, arbustos, insectos, agua lluvia que cae y hace pozos diminutos en las hojas de Bore, hay piedritas. Pero las gallinas necesitan una cantidad de comida estable y suficiente para poner huevos. Por eso, normalmente la gente les compra maíz y les da los desperdicios de la cocina. De esta manera, la persona se acompaña con estos animales que tienen mucho que enseñar a estos otros animales, puede aprovechar los huevos para su familia y, ocasionalmente, vender cuando le sobren algunos.

En sus mejores épocas, las gallinas de Gus efectivamente comieron maíz y desperdicios de la cocina. Luego, él hizo una mezcla de maíz y concentrado, para ayudarles a poner más huevos. Más adelante, y debido al aumento de precios, Gus dejó de lado el maíz y solo les compró concentrado. Los restos de la cocina, siempre fueron parte de su alimentación.

Entonces vino el Covid, y sobre todo la guerra entre Rusia y Ucrania, que afectó la venta de fertilizantes y agroquímicos utilizados para los cultivos a gran escala (como el maíz, la soja, el trigo, el algodón, el arroz, etc) y el gas que se vende a muchos países, principalmente europeos que fabrican estos productos agroindustriales. Todo esto agudizó, junto con otras variables, el aumento de precio en el valor de los alimentos y sus subproductos, muchos de los cuales se usan para preparar los “concentrados” para perros, vacas, gallinas, conejos, etc.

En este lugar del mundo, esa situación también afectó a Gus y básicamente, a todos los animales que consumimos conscientemente o no, alimentos cultivados de forma masiva e industrial. Por eso, en el caso de Gustavo, su primera opción fue reducirles la porción de comida para que rindiera más el bulto de concentrado. Eso hizo que las gallinas dejaran de poner huevos. Entonces llegó al punto muerto, en donde las gallinas ni siquiera podían mantenerse ellas mismas, con la venta de huevos que ya no existían.

Ahí volvemos al momento del inicio. Gustavo nos dijo “voy a acabar con las gallinas”.

Recuerdo que, en esos días, caminamos con él al cerro de Juaica para celebrar el inicio del año. Durante el ascenso, que cruza por rocas, zanjas profundas y bosques tupidos de plantas nativas y exóticas, David y yo le propusimos juntarnos. Hagamos un gallinero más grande para que los animales estén mejor. Podemos tomar el potrero de las vacas y arrendarlo. Así ellas podrán usar su pino de siempre y, además, tendremos espacio suficiente para que no se enfermen por estar apretadas. Incluso, podemos cambiar su alimentación, compremos lombrices para ofrecerles, y también sembremos una huerta para nosotros y les compartimos de lo que cosechemos a las gallinas. Transformemos el espacio y construyamos algo distinto.

 Algo así pensamos, algo así dijimos.

Lo dibujamos todo en un papel, pensando cómo podríamos empezar a hacer esto, qué materiales necesitábamos, qué podíamos hacer nosotros y en qué necesitábamos ayuda.

El tiempo cambió después de esa invitación. Cada día una pequeña acción iba materializando esa idea borrosa, difícil de asir, pero, como una semilla bajo un suelo rico en nutrientes y agua, firme y decidida. Era un corazón que palpita, una forma nueva de vida bullendo en el fondo de un océano de ilusión.

Primero fue el gallinero, uno tan grande que literalmente había lugares que las gallinas nunca visitaban. Después iniciamos el cultivo de lombrices rojas californianas para alimentarlas, pero no eran suficientes para reemplazar toda la proteína que necesitan. Entonces compramos habas, bultos de papas y zanahorias que estaban cosechando en la vereda. Pero todos estos alimentos tienen demasiada agua que el estómago de las gallinas no puede asimilar y, de hecho, vimos morir un buen grupo de ellas consecuencia de su nueva alimentación. Por supuesto, nunca ponían huevos, y nosotros no sabíamos qué hacer. Desesperada contacté un experto, cuyo libro sobre alimentación orgánica de gallinas habíamos estado leyendo desde el principio, y él me dijo algo que el libro no decía: “las gallinas no pueden dejar del concentrado de un momento a otro. Necesitan una transición y probablemente no consigan dejarlo al 100%”.

Volvimos al concentrado con urgencia. Si algo no podía pasar, era dejar que las gallinas murieran de hambre. Era devastador, pero no queríamos rendirnos a la primera dificultad. Paralelo a la crisis de las gallinas, empezamos a construir otro gallinero más pequeño mientras levantamos el pasto para la huerta, con el objetivo de usar mejor el espacio.

Cuando las chicas estuvieron en su nuevo hogar, comiendo el concentrado que tanto habíamos criticado y retomando la postura de huevos, dejamos el tema en pausa y sembramos la huerta con hortalizas, maíz, papá, cubios, cebollas, aromáticas y otras delicias.

Fuimos felices comiendo alimentos sanos y limpios. Viendo crecer cada una de estas plantas, con sus particularidades, sus formas, colores, enseñanzas. Las cuidamos, abonamos y comimos. Y luego, recogimos nuestras primeras semillas para volver a sembrar.

Y celebramos después de todas las curvas que nos llevaron hasta ese lugar.

Que las gallinas no estuvieran muriendo era algo fundamental para nosotros, que estuviéramos supliendo parte de nuestro mercado con la cosecha de nuestra huerta, era un sueño hecho realidad. La realidad de la Tierra y la tierra, la generosidad materializada. Todo parecía encontrar un lugar, una razón de ser. Ahora, que las gallinas estuvieran comiendo concentrado no era ideal, pero el proyecto tiene intenciones más allá de la comida de las gallinas. Queríamos y queremos un espacio para transformar nuestra relación con el resto del mundo que habita esta Tierra.

Pero ¿Cómo se materializa este deseo? No lo sabíamos bien. De alguna forma, fuimos lo que somos los seres vivos en su primera infancia, hechos bajo los mismos principios de una Naturaleza desordenada y curiosa, despilfarradora y con ganas de hacerlo todo con sus propias manos, narices, patas, ramas, hongos, rocas, agua y todo eso junto.  Una Naturaleza que no es eficiente y no piensa en lo que cuestan sus excentricidades, porque en cierta medida, no cuestan, porque en la abundancia de vida, seres y energía, la magia puede ser posible y repetirse muchas veces. Una Naturaleza que, por el camino, resuelve el caos, antes de volver a caer en él.

Sin embargo, en los procesos creativos no todo son celebraciones y la alegría. Por supuesto, hubo y aún hay, momentos de oscuridad, en donde todo es fangoso, lleno de tinieblas. A veces estamos perdidos y a veces, parcialmente perdidos. La huerta demanda mucho trabajo, las cosechas hay que planearlas mejor, el pasto crece y nos obliga a revisar cómo resolver ese tema sin estar podando, queremos sembrar árboles, pero son un impedimento para que las cabras pasten y nos ayuden a controlar ese pasto. Trabajar en equipo es hermoso, pero también agotador. Y por supuesto, hemos gastado dinero para llevar toda la idea acabo, y gastar dinero me genera ansiedad porque tengo un chip instalado (que estoy intentado transformar) que me dice que lo mejor es ahorrar, siempre y sin importar para qué.

Para dedicarme a este proyecto decidí renunciar a mi trabajo, con ayuda de muchas otras razones y sentimientos que me llevaron a dejar la empresa familiar (por tercera vez). Por supuesto, verme nadar en círculos, ante las dudas por cómo materializar una idea tan deseada, me hacía sentir agotada y deprimida. Como las algas que se golpean contra las rocas una y otra vez por el movimiento de las olas, mis sensaciones eran dolorosas y confusas, y transitarlas también lo eran.

Pero la evolución, la historia de la vida y sus múltiples transformaciones, su resiliencia, nos ha mostrado que justamente es en los límites y las crisis donde las especies se transforman. Fueron las algas que lograron agarrarse de las rocas, las que luego lentamente y en simbiosis con los hongos, comenzaron a poblarlas, a crear nuevos organismos como los líquenes. Y también el musgo, quien, con sencillez y simpleza, tapizó el mundo, nutriéndose de poco, haciéndose fuerte y resistente a todas las extinciones que ha atravesado nuestro planeta. Estos organismos pequeños, resistentes, líquenes, musgo, hongos, algas, y seguro otros que jamás podremos enumerar, ayudaron a crear el sustrato para que más adelante nacieron árboles de troncos imposibles de abrazar y follaje espeso y colorido.

Pero paralelo a la simbiosis entre las especies, hay crisis, pérdida de energía, desgaste. A veces quisiéramos que estos periodos duraran menos de lo que efectivamente duran. Pero el tiempo es algo complejo, difícil de explicar. A las gallinas les llevó meses recuperarse. La arracacha necesita un año estar lista para cosechar. Construir un baño seco nos ha tomado más tiempo que la cabaña que es más grande.  A veces trabajamos mejor en un día, que una semana completa. Solo el tiempo nos ha permitido tener celebraciones como cosechar los alimentos, juntarnos a trabajar, reírnos de alguna tontería, compartir el nacimiento de pollitos o cabras, o ver retoñar un árbol que podamos por equivocación. Y algo muy importante: El tiempo ha pasado en compañía. No soy yo sola, golpeándome contra la roca, jalando un proyecto muy romántico pero muy costoso de realizar, a pesar de tener el privilegio de hacerlo. Somos un grupo que cree en esta idea, somos micelio haciendo red en la oscuridad de la tierra. Un colectivo que confía en que el caos puede ser agotador, pero también es transitorio y está lleno de alegrías y victorias.

Cuando hablo de grupo, quiero decir que, además de las gallinas, las cabras, la huerta, los árboles, las abejas, David, mis hijes y Gustavo, al proyecto también se juntó Paco, nuestro vecino y amigo, quien tuvo una experiencia con agricultura orgánica en una finca en Tenjo y estaba feliz con la idea de participar. Con su llegada, vino Laura, su pareja, quien también tiene un proyecto de agroecología llamado Origen, junto a su mamá, una mujer campesina nacida en Tabio. Ellos han estado casi desde el principio de todo este camino, pero los nombro hasta ahora porque así son las palabras en el texto, lineales. Y es muy complejo narrar en una línea lo que sucede de forma paralela y espiral.

(Aparecen en estas fotos de izquierda a derecha: Laura Pérez y alias Paco. David, mi pareja. Gustavo, el mapá de las gallinas. La huerta y yo, Adriana, y mis hijes: Nina y Emmanuel)

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Con la falta de lluvia, tenemos que turnarnos para ir a regar la huerta. Afortunadamente muy cerca de ahí, hay un pozo de agua que baja de la montaña, que se nutre de otras aguas subterráneas, y nos ha ayudado a sostener los días de sequía. Ese mismo pozo da beber a las vacas que cuida Nancy, la hermana de Gustavo, alegra a los patos y gansos cuando les llevamos allá, da resguardo a las ranas y sapitos que cantan al caer la tarde, y surte de agua a la casa de Gustavo (es decir, se usa para preparar los alimentos, bañarse, hacer el aseo, prepararse una infusión, un café, hacerse una vida). Es un pozo donde la existencia se sostiene, se crea, se composta. Un lugar sagrado donde llevar rituales y cantos para que la lluvia vuelva, aunque hasta ahora, no lo hemos hecho.

Hoy nuevamente hace sol, pero tengo fe en que pronto empezará a caer el agua. Confío en que así será e incluso temo por la fuerza con la que caerá. A veces, ante tanta lluvia imagino que las montañas puedan colapsar y casas como la mía, la de nuestras vecinas, o la cabaña que construimos para resguardarnos en el proyecto, se derrumben por la falta de sostén de una tierra firme, disuelta entre tantos días de agua, arrancada de sus cimientos.

Los extremos son peligrosos. El cambio climático es peligroso. Pensar en que los humanos estamos fuera de la Naturaleza es peligroso y sobre todo le hace daño a la red de la vida y nos genera una enorme herida en el alma. Me duele pensar y sentir lo que le está pasando a esta Tierra. No sé qué pasará y justamente eso me da esperanza, como enseña Rebecca Solnit. En la incertidumbre, yo le apuesto a sembrar, a mostrarle a mis hijes y mostrarme a mí misma que hay posibilidades de crear con un sustrato nutritivo en un mundo roto. Que los deseos propios se deben mediar con la vida y deseos de todos los seres que aquí han habitado.

Incluso las semillas plagadas de tóxicos, nos alimentan y prosperan en nuestra huerta, sostenidas por un suelo rico en abono limpio y manos que lo han arado y consentido. Semillas que, a pesar de ser producto de un sistema hostil, logran reproducirse y generar otras que no están intoxicadas, que puedan ser el camino para regresar a casa. Una nueva forma de narrar y recrear esta historia.

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Un día a inicios de enero del 2023, tuvimos nuestra primera reunión oficial del año. Decidimos hacer seguimiento a nuestras ideas, ser más organizados y no iniciar una nueva actividad, antes de terminar el anterior. Las ideas bullen en nuestra cabeza, pero nuestros cuerpos no pueden sostener tanto a la vez, y no queremos dejar las promesas a medias. Era evidente que había pasado el tiempo y con él, sí habíamos aprendido de nuestros errores. Pero claro, aunque decirlo parece fácil, nos cuesta encontrar el equilibrio dinámico en esto. Es un camino de nunca acabar.

Uno de los pendientes que queríamos revisar en esta reunión, era el nombre del proyecto.

Entonces Paco contó que había soñado la noche anterior, con esa misma reunión. En el sueño, como luego sucedió en esta realidad, nos propuso llamarnos SOL VERDE. Dijo que las plantas, al absorber la energía del sol, sintetizan su propio alimento y este proceso, da el color verde a sus hojas gracias a la clorofila. Dijo que nosotros nos alimentamos del sol, cuando comemos esas hortalizas. El sol, transformado en verde, dijo. O tal vez no dijo, y nosotros que escuchábamos, completamos la idea con nuestro propio chisporroteo.

Así nació Sol Verde.

Así nace cada día, cuando sostenemos este espacio, con tanto amor y decisión, a pesar del mundo o justamente porque el mundo.

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Al terminar de escribir este texto cayó un aguacero monumental en la montaña. Y luego, vinieron más días de sol y riego manual.

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

2 comentarios sobre “SOL VERDE

  1. Doy gracias a la vida por siempre Ser y Estar en nuestras vidas. Solo deseo que la naturaleza siga recibiendo todo tu Amor junto a David, Nina, Emmanuel, los amigos y se les devuelva multiplicado
    Graciassss

  2. Que orgullo deben sentir , al realizar este proyecto , con esfuerzo . lucha y dedicación Espero conocerlo pronto
    FELICIDADES!!!!!

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