El domingo fuimos al río. Al Riofrío que da nombre a la vereda y cuyo cauce atraviesa la depresión que divide las montañas del lado oriental y el occidental.
En la nueva casa, bueno, no es nueva, es vieja, pero nosotros llegamos a ella en agosto del 2023… nuestra tercera mudanza en Tabio. En la nueva casa, el río queda muy cerca. Podemos ir a visitarlo en cualquier momento. Caminando o en bici. Antes teníamos que bajar desde la montaña para verlo, llegar a los pies y ahí estaba el río, terminando una gran loma y dando inicio a otras. Ahora no es así, no hay que caminar más de una hora, sino apenas unos metros para encontrarlo fluyendo. Lento, infinito. Eterno presente.
Cuando vamos al pueblo por el camino del Salvio, cruzamos el puentecito estrecho que también atraviesa ese río. Es un atajo para llegar más rápido a Tabio, pero también es una de las formas de ir a ver el agua y saludarla. A veces, por ese mismo camino, las personas tiran animales muertos y entonces, cuando pasamos también saludamos los chulos que están comiendo. No me gusta que la gente tire ahí los animales muertos, pero tampoco me desagrada particularmente. Desde que vivimos en el campo, la muerte se ha vuelto cercana. Solo en nuestro perímetro de amigos y familia ha muerto una gata, una cabra, muchas gallinas, cuatro conejos, un ternero y algunos gansos. En Bogotá nunca tuve la oportunidad de enterrar o ver o comer animales que antes conocía.
Lo que realmente me desagrada de los animales muertos en el camino del Salvio es la disposición de tirarlos como si no fueran un cuerpo valioso. Y no es que la muerte le quite el valor, sino el hecho de tirar en el mismo punto, basura plástica mezclada con alimentos en descomposición, colchones y bolsas llenas de materiales que alguna vez parecieron necesarios. El acto de sentir que la muerte de los animales no humanos, no merece respeto y belleza.
Para mayor desconcierto, este cementerio al aire libre, cementerio de animales, basura y muebles, está junto al río, en un camino donde los árboles dan sombra y la humedad enverdece. Es una escena que se repite: justo en el sitio donde están los árboles y la Naturaleza en un estado salvaje (pasto crecido, plantas silvestres y a veces espinosas, agua, hormigas y zancudos) es también un tiradero de basura improvisado, al que le caben animales muertos y plastas de caca.
Cuando vamos por el camino del Salvio, saludamos a los chulos, como dije antes. Y también al río. “Hola Río, te quiero… recupérate” “Resiste” “Te amo Río” “Chao Río, descansa” “Muy bien Río, estás mejor porque ayer llovió” “No te mueras Río, te amamos”. A veces me parece irónico decirle al río que se recupere… y resista… como si dependiera de él. O de ella. El río es un ser que son todos los seres a la vez.
El río que baja cerca de nuestra casa, es este mismo río al que le pedimos que no se muera. En el camino hay un puente, desde donde solemos parar a mirarlo. Se le nota la enfermedad. La enfermedad del río es secarse, y la nuestra es vivir pensando que estamos desconectados de sus aguas.
El domingo, Nina y Emmanuel insistieron desde la mañana que fuéramos. Querían jugar a meter los pies, aclimatarse al frío, dejar que el agua les llegara a las rodillas y después al borde de la pantaloneta y las nalgas.
El domingo es nuestro día oficial de hacer aseo. Estábamos tan ocupados que no queríamos ir. Los adultos no queríamos ir. Pero cedimos. Agarramos las bicicletas y fuimos a tocarlo. Como quien lleva frutas a una persona que está hospitalizada, sentí que al río le venía bien saber que estábamos ahí para él y con él. Y que estar a su lado, entre sus aguas, era más importante que cualquier montón de ropa por lavar y extender. A nosotros también nos vino bien. Desde que salimos de la casa, el viento nos recibió fresco, los perros felices, la caída de la tarde y el calor en el aire tan amable y extraño. Al llegar, bajamos hasta la orilla y nuestros pies resbalaron en las rocas, en las pocas rocas, que aún están bajo el agua.
Yo imagino que este acto hizo que el río se sintiera amado, como quien recibe un abrazo que dice sin palabras “te acompaño en tu dolor, que también es el mío”. Yo me sentí mejor y pensé que ese domingo, en ese momento en que tocamos el agua y jugamos un rato, no tuvimos amnesia. Ese domingo recordamos que sus aguas son aquellas que vemos afuera y también las que recorren nuestro cuerpo, la historia compartida de la Tierra que habitamos y los ríos que nos atraviesan. Históricamente.
El río no viene a visitarnos porque vive en nosotros. Es el agua que hace posible nuestra vida. Y también es el cauce que baja en la intersección de las montañas de Riofrío. Y también el mar. Y las nubes tan esquivas y la lluvia que no llega como las lágrimas estancadas en el corazón.
Daniel y Leonel, dos niños que estudiaban el año pasado en la escuela del Divino Niño, estaban en el camino, cuando llegamos en la tarde del domingo. Habían ido a lavar los uniformes de la escuela donde una tía y caminaban de regreso a su casa con la ropa húmeda en una bolsa de tela.
Los invitamos a bajar hasta el agua. Al principio dudaron, eran las últimas horas de luz y debían caminar unas dos horas hasta su casa. Pero al final cedieron. Todos jugamos a caminar en el río, con cuidado de no caernos por las piedras resbalosas, probando qué partes estaban panditas y que otras, tenían pequeños pozos de agua.
Mientras estábamos todos con los pies metidos en el agua, los perros descubrieron un olor a cadáver imposible de resistir, así que fueron y se restregaron en su carne descompuesta. Cuando regresaron oliendo a muerto, tuvimos que destinar un tiempo largo a bañarlos y tratar de quitarles ese olor que se pega a la piel como la muerte misma.
Después nos despedimos y regresamos a la casa. Chao río, Chao Chicos, Buen regreso. Antes de subir a las bicis, Emmanuel lanzó una hoja de eucalipto al agua y se quedó mirando, hipnotizado, su recorrido.
Los perros seguían oliendo a cadáver. Un horror, pero a veces, simplemente no se pueden resistir. Para ellos la muerte es un perfume que necesitan usar. Tal vez si el río no estuviera enfermo de sed, los peces se comerían el cadáver, gustosos. Pero el nivel del agua está tan bajo, que me pregunto si quedarán peces. O si están atrapados en los pozos minúsculos de agua que aún quedan. Quedan a pesar del sol, del desperdicio y de este sistema que enseña a vivir de espaldas al río, como si nuestra vida no fuera su vida, la vida misma.

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Hola gentes. Gracias por leer, una vez más, algunos de los pensamientos que escribo como pensando en voz alta. Este domingo fuimos al río y fue, en serio, muy especial. Fue especial ver y sentir el agua, aunque el río este muy seco, resistiendo el calor implacable de muchos días. La buena noticia es que, desde el miércoles de esta semana empezó a llover con intensidad. Eso nos tiene muy felices a todos, al río mismo, a las vacas, caminos, peces. Confiamos en que la lluvia ayude a recuperar el río, el nacimiento desde donde tomamos el agua para el riego de la huerta, los embalses, los páramos y todas las fuentes de agua de esta Tierra. Pero sabemos que no es suficiente. Tenemos un problema estructural en la forma de relacionarnos con el agua y con la Tierra… y ese es el origen de muchos problemas ecosociales que vivimos. Y eso no se resuelve con unos buenos aguaceros, aunque no se puede negar que ayuda. Y mucho.
Pasando a otros temas, les cuento que ayer jueves inicié las sesiones de lectura en voz alta, en el espacio de tejido del Taller de ideas de Catalina. Es un lugar hermoso, con lanas de colores que adornan las paredes, plantas, una máquina de coser, agujas y, en fin, todo lo que necesita una tejedora para hilar sus deseos.
Llevé a la sesión cuatro opciones de libros, pero la elección se decantó por el clásico de Isabel Allende, Afrodita. Cuentos, recetas y otros afrodisíacos. Yo nunca leí con rigurosidad la literatura de Isabel, pero este libro me acompaña desde la adolescencia, cuando junto a mis amigas, solíamos acudir a ella como un oráculo en donde encontrar respuestas y encantamientos del amor, el cuerpo, la sensualidad y la comida.
Aunque llevé a la sesión cuatro opciones de escritoras distintas, tenía el presentimiento de que elegirían este libro de erotismo y comida. Creo que el placer de los sentidos es algo de lo que siempre queremos escuchar, ¿no creen? La sesión estuvo hermosa y aunque aún tímidas, creo que todas recordamos momentos eróticos de nuestro pasado lejano y reciente. Cuanto bien le hace el erotismo a la vida, el placer que puede darse una misma sola y en la relación con otres.
Ir al río y nadar es un placer. En nuestro primer año viviendo en Tabio, fuimos una tarde, nos desnudamos y nos bañamos en las aguas del Riofrío. Era el lejano 2020, cuando se terminaba la cuarentena y salíamos de nuestros refugios como animales que terminan su hibernación. Nunca antes me había desnudado para bañarme al aire libre. Nunca antes había dejado que el río me tocara sin telas de por medio. Cuanto amor en esa forma de hacer el amor.
Bueno, espero que este espacio de lectura y tejido se propague como la lluvia y que vengan más tejedoras a escuchar, deleitarse, dejarse seducir.
Por ahora, que la lluvia nos acompañe y lave los caminos, limpie los dolores y resguarde nuestras aguas.
Un abrazo a todas aquellas personas que leen estas líneas.
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