Mayo

Un seis de mayo de 1950 nació mi madre. De estar viva, este mes celebraría setenta y cuatro años, pero esa cuenta se interrumpió en el 2016. El 31 de mayo del 2016. Entonces dejamos de lado el conteo de su vida y pasamos a contar sus años de muerta y a reunirnos para recordar esa última fecha. Mamá murió hace un año, dos, cuatro años…

El próximo 31 de mayo cumplirá ocho … 8 …

Imagino que mamá lleva ocho años de muerta y entonces, en su vida de muerta es una niña. Una niña que recorre un camino en donde va desprendiéndose de su propio cuerpo y se desparrama, haciéndose invisible a nuestros sentidos y visible al mundo microscópico (menos que microscópico) que nos rodea y hace cadenas para construir cosas. Cosas, objetos, elementos, seres, hechos de cadenas que tupidas y juntitas, son el tejido que crea y recrea todo. TODO.

Una niña de ocho años. Mi madre, en su vida de muerta, sabe que hacer. Lo sabe, no tiene que ir a la escuela a aprenderlo, no necesita que nadie se lo explique, porque lo que tiene que hacer es «no hacer». Se me ocurre que morir es justamente no hacer, poner el cuerpo y dejarse hacer. Esa infinita pasividad, está impresa en la memoria de sus células que aprendieron desde el origen de los tiempos a transformarse y a dejar entrar la vida de otros seres, en la suya. Nadie le pregunta si quiere, o si se siente bien. Nadie pregunta porque en la vida de muerta, las preguntas… las preguntas no parecen necesarias. La inteligencia de la vida actúa por sí sola, sin dudar.

En mi vida como humana, tengo preguntas y muchos sentimientos. Me pregunto si mi madre me observa, si está presente como un espíritu que tiene su forma, su misma edad madura, un saco amarillo y pantalones chocolate. Me pregunto si se sienta a mi lado o confía en mis decisiones. Me gusta creer que ella sigue viviendo a través de mi, como una planta perenne, a pesar de nuestras enormes diferencias.

Desde que era niña, su muerte me aterraba. Quedarse sin mamá, se sentía como nunca más tener abrigo, abrazos para dejarse llorar, o dedos que viajaran por la espalda e hicieran caminitos de cariño. De niña, ella era mi mundo entero. Escribí hace varios años, cuando mi mamá aún estaba viva, el texto Adiós a la Nostalgia dedicado a recordar esa sensación de vacío que me invadía considerar, por un momento, que ella no existiera.

No existiera en su forma de madre mía.

Ese evento finalmente sucedió hace ocho años. Mi madre dejó su vida humana y se entregó a la transformación última de su existencia. El gran final que todos conocemos y a todos nos sorprende. Yo, que para entonces ya era madre de otra, sobreviví al hecho de perder la mía, sin darme cuenta… simplemente sobreviví.

Y todo sucedió en Mayo.

Mayo es el mes de su nacimiento y su muerte. El mes de la madre, de la Virgen y de muchos otros eventos que espero y desconozco. En un texto que estoy escribiendo, Mayo es el nombre de un niño y también el nombre de un conejo negro. Mayo es un ramillete de flores, una lápida y una mano pecosa en mi recuerdo.

___________________________________________________________________

Querida persona, gracias por leer.

Desde que escribí mi ultima entrega la lluvia retomó con fuerza y el río ya no parece enfermo. Al contrario, está rebosante de agua, viajando sin detenerse cuesta abajo. Un sábado de los que ya pasaron, Nina, Emmanuel y yo fuimos a verlo. El agua subió hasta el borde del cauce que conocemos de otros tiempos. Las piedras que antes pisamos, ahora están bajo el agua.

Nina nos tomó ventaja. Iba sola, explorando el mundo incluso por senderos que parecieran, no tener nada que explorar. Emmi y yo caminamos juntos. Nos acercamos a ver la corriente. «Parece como si la empujara el mundo», me dijo, y pensé en esa energía que lleva el agua río abajo. El agua empujada por el mundo, constantemente empujada. Como la energía de la vida que se transforma y finalmente la empuja a desembocar en la muerte del cuerpo presente.

Cada tanto vuelvo a este tema, a la muerte de mi madre, a su energía que siento en el aire, como las esporas de los hongos que hacen llover, torrentes que caen de nubes negras y evidencian una y otra vez, las goteras de la casa, las semillas latentes en la tierra, las ranas que sobrevivieron al verano o los caminos rotos.

Mientras escribo este texto, llueve con fuerza. Nina y Emmanuel salieron en calzones a meterse bajo los chorros de agua helada que resbalan del techo. Es el juego que resultó, después de obligarnos a no ver tele, ni jugar videojuegos. Exigirnos no estar frente a la pantalla, les recordó lo que su cuerpo sabe hacer mejor: jugar. Sus cuerpos vivos, juegan, como si no hubiera un mañana, mientras la corriente los arrastra. Nos arrastra. A todos.

Gracias por leer. Una y mil veces.

A.

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

Deja un comentario