El lavadero

Así son los domingos. Descansamos de madrugar, desayunamos tarde, limpiamos la casa que acumula motas de polvo y grasa. Los domingos saco un cupo enorme de ropa que hace rato decidí, era mejor lavar a mano. A veces, muchas veces, la lavadora no sirve, solo mueve la ropa con una mezcla de agua, vinagre y jabón. Pero, finalizado el proceso, esas medias mugrientas que consiguieron su color gris oscuro por usar botas rotas en la huerta, salen tal cual entraron. De la montaña de ropa que se ensucia semanalmente, elijo un grupo que quiero estar segura de limpiar bien. Un grupo por el que siento un especial cariño: los uniformes de la escuela (admito que les quiero), medias y calzones, esa chaqueta, las camisetas preferidas, un jean percudido que me propuse rescatar, el saco beige que me heredó mamá y yo misma le regalé en su último cumpleaños. A veces quisiera lavar todo a mano, dedicarle tiempo a cada prenda, restregarla y estar segura de hacer un trabajo impecable, esmerado. 

Agarro la ropa elegida y voy al lavadero. Vivo en el campo y tengo el privilegio de contar con un lavadero amplio con alberca, en la mitad del patio, y una cuerda para extender la ropa al aire libre. En mi vida citadina, me sorprendía la falta de pudor que hay en la colada expuesta a todo el vecindario. Esa lógica extraña en secar la ropa afuera, expuesta a la lluvia, a los vaivenes del viento que la tira y ensucia de nuevo. Recuerdo que, al llegar a Tabio, el lavadero estaba adentro de la casa como una extensión de la cocina, la ropa se secaba en el cuarto de ropas y yo me sentía tan segura, tan tranquila. Al menos la ropa estaba bajo control. Pero en la segunda mudanza, todo cambió. Incluyéndome. Hoy nuestra ropa se extiende en el espacio de los árboles y el camino, escurriendo gotas gordas de agua lluvia, cuando nos sorprende. 

Decido usar una pantaloneta y me aseguro un sombrero. Hace sol, aunque el día anterior llovió tanto que en la madrugada había láminas de agua sobre el pasto y una rana logró llegar e instalarse a los pies de la cama de nuestra habitación. Nina la encontró. La pobre rana tenía motas de polvo enredadas en sus patas pegajosas.

Organizo la ropa según tamaño y color y la humedezco con varios baldes de agua. Le toma tiempo entrar en las fibras, pero finalmente todo se moja. La barra del jabón rey tiene hojas de pasto que volaron de la última poda. No me importa quitárselas. Me gusta restregar la ropa y hacer espuma así tenga pasto. Después más agua y así. Es una tarea y un juego. 

El sol de la mañana, me acaricia la espalda. El aire se siente húmedo. Hay millones de gotas subiendo, hechas vapor, de regreso a formar nubes. 

Me acompaña el sonido del viento que mece los ocales del frente, las hojas del zapote blanco serpentean como campanitas. El desagüe del lavadero da directo al pasto, así que lentamente veo como se va empapando de agua jabonosa, mientras paso primero las prendas blancas y luego las oscuras. El agua saca a las lombrices de la tierra, así que pronto, hay un grupo de ellas que saltan, como bailando, como brincando, como si alguien les quemara el trasero. Sus saltos las llevan a buscar un lugar menos húmedo, no entrapado, tierra adentro.

Mientras lavo se va el tiempo, a veces escucho podcasts y otras, pongo mi atención en los árboles que se mecen. Los pájaros llegan, mensajeros y mensaje, a quedarse un rato en las ramas. 

Cucarachero en el Cucharo. 

Tángara en el Trompeto. 

Copetones en el pasto, en los bordes de las ventanas, en el cidrón que se comen las orugas.

Las abejas van y vienen, se enredan en su vuelo. Les gustan las flores amarillas, parecen ir directo a un diente de león, pero antes, pasean, saludan a sus vecinas, entran en las flores fucsias, besan y enamoran a su paso. Me recuerdan mis días de huerta. Tengo un propósito y por el camino me distraigo, riego el helecho que cuelga y le quito las hojas secas al geranio, cambio de puesto a la oveja, la consiento, canto una canción, entro a los surcos invadidos con el propósito de desyerbar porque quiero sembrar algo distinto a trébol y llantén y, entonces, me entran unas ganas enormes de sentarme a comer pepinos dulces y aplastar las caquitas que dejó la chiva a su paso. 

Consigo una pirámide de espuma y necesito litros de agua para sacarla. Abro la llave y lleno la alberca, pero, en el fondo tiene residuos de tierra que comienzo a levantar de tanto mover el agua. El sonido que baja del grifo no apaga ese crujir de los ocales como puerta vieja. 

Imagino a unas mujeres lavando la ropa de sus familias. Se encuentran el mismo día y salen con palanganas llenas de camisas sudadas y pantalones entierrados. Comparten el tiempo de refregar la ropa en los ríos. Viven una vida que conocemos, que hemos escuchado. Comparten la memoria colectiva y presente de los pueblos. 

Caminar hasta el río, es duro. Cansado. Tengo los músculos adoloridos y las manos callosas. Pero me gusta salir de casa. Lavar es el tiempo del afuera, lavar y cultivar la Tierra. El tiempo de encontrarse con las comadres para hablar, llorar, reírnos. Sentir el río, que el viento levante las olas, el olor de la hierba, los sembrados que anuncian la cosecha. La sombra que da el monte y la dulce compañía. 

Mientras lavo, soy con ellas, cantamos juntas y, entonces, no me parece imposible conseguir que tanta ropa quede limpia. Soy poderosa. Juntas restregamos las penas contras las piedras, los trapos sucios que se exponen para sentirse menos solas. El poder de juntarse, tan intenso, fuerte como una red de telaraña.

Hace unos años, vi la charla TED de Hans Rosling “la lavadora mágica”, en donde él hablaba del invento de las lavadoras, como la oportunidad que tuvieron nuestras abuelas para dejar estos oficios y dedicarse a leer libros. La oportunidad de no usar su tiempo, en esta actividad tan improductiva. 

Reconozco la ayuda de los electrodomésticos en la vida doméstica, y agradezco la posibilidad y el privilegio de elegir si uso la lavadora o no. Sé de antemano que las labores de cuidado se han impuesto a las mujeres, como si estuviera en nuestro ADN. Pero a veces solo quiero dedicar las horas de mi vida a lavar a mano la ropa de (y con) mi familia, oyendo historias, o en compañía de otros seres con manos y cuerpos que escuchen mis ruegos y pidan atender los suyos. A veces solo quiero dedicarle tiempo y energía a las tareas de cuidado, tareas que a veces elijo y otras, odio. Como la huerta, la crianza, hacer la comida, escribir este texto. 

Dedicar tiempo a lo no productivo, a lo que no da un peso y se va como viento entre las hojas… Tiempo a la nada, a los ojos siguiendo el vaivén de las acacias y la llegada de los chulos a eso de las cinco, después de limpiar el reguero de tripas de un becerro tirado en la vía. Tiempo a dibujar en la espalda de mi hijo con los dedos fríos, o leerle cuentos a mi hija, mientras ella teje otro muñequito destinado a dormir con todes en nuestra cama colectiva. 

Tiempo a sanar las heridas que nos hemos hecho, con años de exigencia productiva, al cuerpo que somos y a la Tierra que somos, como si fuéramos cosas sin alma. Máquinas que miden su existencia por cuantas horas sin descanso son capaces de sostener, siempre que se puedan facturar. 

Queridas gentes, 

De nuevo aquí. Escribiendo, haciendo el aseo de la casa, imaginando mucho más de lo que soy capaz. Han pasado millones de cosas desde mi última carta. Cosas. Por cosas me refiero a acontecimientos importantes, rutinarios, significativos, vida cotidiana. Por cosas me refiero a que han pasado muchos domingos lavando ropa. Odiando que la ensucien y al tiempo, disfrutando el salir a desconectarme de ese tiempo rutina, tiempo que se mide en acontecimientos importantes (productivos), mientras restriego… Una interesante ecuación.

De aquello que pasó, quiero compartirles que fuimos de paseo familiar a Honda, una ciudad preciosa y colonial, llena callecitas empedradas y con el paso del majestuoso río Magdalena. Me encantó, (del verbo encantar y quedarse como hipnotizada) pensar que el Río Frío desemboca en el Río Bogotá que a su vez desemboca en el Río Magdalena, que a su vez pasa por Honda en su camino hacia el mar. Y entonces cuando sus aguas y yo nos encontramos, me di cuenta que contenidos como una matrioska iban guardados los hilos plateados que bajan de mi montaña y la mezcla turbulenta del río Bogotá, la ciudad donde nací. Las aguas de esos ríos han marcado mi vida, aunque no de forma evidente. Son ríos que están dentro mío y yo en ellos. Todo lo cual significa que, el agua del río Magdalena también es mi agua, que compone mi cuerpo, bajando rumbo al mar. Y el mar también es mi cuerpo, y yo el suyo, porque estamos ahí y aquí. 

Los ríos cuestionan el tiempo. Nacen y mueren, en un pasado, presente y futuro en donde todo sucede a la vez. Están aquí, ahora, adentro y afuera, del cuerpo que son, fueron y serán. Todo al mismo tiempo. En una gran espiral en donde gira y gira y no se marea. 

Son como lavar la ropa. Enjabono y enjuago y cuando pienso que por fin terminé las tareas, aparecen las nuevas medias sucias. El eterno retorno. La vida, con todas sus capas de mugre.

Es todo por ahora, espero que hayan hecho el oficio de sus casas escuchando una buena historia, o que al menos, alguien ayude en las labores y puedan reírse en el entretanto con esa persona (ojalá sea más de una). Yo estoy convencida de que hacer las tareas de cuidado, por nosotras mismas, con nuestras manos y atención, es otra herramienta (una más, como bailar o apagar deliberadamente el celular) para combatir este fin del mundo, este colapso al que nos lleva la productividad y el orden que elimina todo ocio y tiempo diluido en el agua. 

Un abrazo enorme y gracias por leer. Siempre. 

Adri 

Esta foto la tomó mi papá. Somos mi hija Nina y yo sentadas en el Bocachico que hay junto al Museo del Río Magdalena

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

5 comentarios sobre “El lavadero

  1. Adri, gracias por compartir tus experiencias con el lavadero! Para mi el mejor momento de la semana es el de la limpieza. Yo no tengo lavadero. Desafortunadamente donde vivo eso no se usa. y la verdad es que lo extrano muchisimo. Yo no quiero prender la lavadora siempre para lavar prendas pequenas que se ensucian en el dia, o solo para restregar el sobaco de las camisetas, pero he tenido que acostumbrarme a usar la lavadora.

    El momento de la limpieza en mi caso, me da la oportunidad de escuchas musica nueva, artistas que no conozco y nuevos productores que traen sus recomendaciones!

    Y que chevere que fueron a Honda!!! los rios Adri, Y el rio Magdalena. Ese rio que hemos maltratado tanto y al mismo tiempo hace parte esencial de nuestra identidad. Hay un libro muy bonito de Wade Davis sobre el Magdalena. Es como una carta romatica muy larga.

  2. Adri, gracias por compartir tus experiencias con el lavadero! Para mi el mejor momento de la semana es el de la limpieza. Yo no tengo lavadero. Desafortunadamente donde vivo eso no se usa. y la verdad es que lo extrano muchisimo. Yo no quiero prender la lavadora siempre para lavar prendas pequenas que se ensucian en el dia, o solo para restregar el sobaco de las camisetas, pero he tenido que acostumbrarme a usar la lavadora.

    El momento de la limpieza en mi caso, me da la oportunidad de escuchas musica nueva, artistas que no conozco y nuevos productores que traen sus recomendaciones!

    Y que chevere que fueron a Honda!!! los rios Adri, Y el rio Magdalena. Ese rio que hemos maltratado tanto y al mismo tiempo hace parte esencial de nuestra identidad. Hay un libro muy bonito de Wade Davis sobre el Magdalena. Es como una carta romatica muy larga.

    te quiero mucho

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