El estuario

Llevo un rato en el baño, escondida, desaparecida de la vida afuera. Me gusta esconderme aquí. Me miro al espejo largamente. Juego con mi pelo y a veces me maquillo con un labial que tiene mamá. Veo mi cara y me sorprende cuanto me parezco a ella. La gente lo dice todo el tiempo “ustedes son la misma estampa”. Yo pregunto, ¿qué es una estampa? Mamá dice que es como imprimir una cara feliz en varias camisetas. La misma cara, distintas camisetas. Todas quedan igual. Pienso en las flores estampadas en papel de colgadura que siguen un patrón que se repite. En el baño de mi casa hay papel de colgadura de flores. Siempre lo veo cuando me quedo sentada mil horas mientras hago chichi; cuando me encierro con cualquier excusa para desaparecer, esconderme de la vida afuera. 

La palabra estampa me recuerda las estampillas que pegan en las cartas. Algunas tienen dibujos de lugares, barcos, caras de gente. Se imprimen muchas estampillas y se ponen en los sobres que se envían por correo con una carta adentro, a veces alguna foto. Cuando salga del colegio una de mis amigas se irá a vivir a Estados Unidos. No recordaré a donde exactamente. Le enviaré una carta con un texto, noticias de mi vida y un recorte de periódico con la foto de Betty la fea y Don Armando, finalmente juntes y felices. Esta será la última carta que envíe de esa forma, porque entonces abriré una cuenta de correo electrónico.   

Foto del final de la telenovela Betty la Fea, justo en el matrimonio con Don Armando. Este fue el recorte que incluí en esa carta que envié por correo a mi amiga del colegio. Una carta con sobre y estampilla en la esquina superior izquierda.

Mamá dice que somos la misma estampa porque nos parecemos mucho y luego me estampa un beso en el cachete. El beso no se queda pintado con la marca del labial, porque mamá solo se maquilla en la mañana y luego no vuelve a retocarse. Abro el cajón que hay bajo el espejo del baño y descubro otro labial. Es viejo y está roto. Su color es rojo marrón. No recuerdo haberla visto nunca con este tono en los labios y me pregunto quien la habrá animado a comprarse este. Pienso en usarlo, pero escucho su voz y salgo apurada, incluso con culpa por saberme escondida tanto tiempo. Mamá me pregunta algo del colegio, las tareas, vamos a iniciar la requisa de los cuadernos, pero al segundo se ocupa, recibe a una mujer que quiere comprar unos tacones en su almacén de zapatos. Estamos en su almacén de zapatos en donde paso mis tardes después del colegio.

Mis ojos siguen a mamá, sin que ella se dé cuenta. Es dulce y amable. Esta tratando de vender esos zapatos, sonríe, trae el color que la clienta necesita, la invita a probarse otros modelos. Sostiene en sus manos los tacones que la señora descarta. Parece que mamá hará una venta. Lo dejo en suspenso y me escapo al baño de nuevo. Voy al espejo. De nuevo el cajón con el labial roto, rojo, marrón. Le meto un dedo y me dibujo unas mejillas coloradas y una nariz de pimpom. También me retiño los labios y juego a dejar unos besos estampillados en papel higiénico. Después mojo papel y empiezo a limpiarme, aunque no sale fácilmente porque es grasoso. Busco en mi cara que queda muy colorada, las diferencias con mamá. Su nariz fina, la mía más ancha, sus ojos miel, los míos verdes, su peinado como llevar un repolla en la cabeza. El mío, una media cola que ella me hizo en la mañana con una bamba de terciopelo verde. 

Hay otras diferencias, pero no se ven tan claramente en el reflejo del espejo. A mamá no le gusta que sea brusca, pero no puedo controlar mi fuerza y torpeza. Mamá habla de las niñas bonitas que no hablan con la boca llena, ni dicen groserías. Yo amo ese estilo que me enseñó la Potra Zaina, que aparece sudada en toda la telenovela, moviendo caballos y tomando aguardiente. A mí no me gusta que mamá sea tan gentil con las clientas y tan seria conmigo (a veces). Mamá es muy calientica y yo, también, así no me ponga el saco. 

Hay días en que mamá y yo somos amigas. Le cuento lo que me ocurre, lloro en su pecho, comemos juntas mantecada y kumis y cuando papá viaja, me deja dormir a su lado. Hay días en que solo peleamos porque pareciera que nada en el mundo es un punto medio entre ella y yo. 

A veces me molesta esa idea de que somos la misma estampa, porque en esa reproducción de imágenes iguales, es la figura de ella la que se repite, no la mía. Yo soy su estampa y mis diferencias no tienen espacio en el dibujo. Soy yo quien la repite. Y no quiero repetirla, quiero ser mi propia estampa, aunque no entiendo exactamente eso qué significa. 

Tampoco creo que mamá quiera que yo sea ella, supongo que anhela que sea mejor. 

Escucho que me llama y termino de limpiarme la cara rápido. Creo que vendió los zapatos porque su voz canta mi nombre, mientras me busca.

***

Desde niña todes decían que mi madre y yo éramos idénticas. Incluso cuando se enfermó de cáncer y bajó tanto de peso, y lo mismo me pasó a mí después de la lactancia de mis dos hijes, fue como si nuestros ángulos se hubieran afinado y acercado aún más. Durante muchos años sentí que el parecido físico era inversamente proporcional a nuestras personalidades. Imaginé un abismo entre mamá y yo. Un abismo sin fondo. 

Mamá murió hace ocho años. Ahora soy yo quien envejece, mientras mis hijes crecen. El tiempo y los cambios me han servido para descubrir todos los hilos que tejen ese abismo que hay entre mamá y yo. Hilos que hacen un puente hecho de tela de araña, guaduas y bambúes, lianas y nudos. Una servidumbre por donde cruzan ideas, sentimientos, creencias, espíritus, alimentos, animales y genes que van de aquí hacia allá y de regreso. 

El puente existente entre el espacio que divide su cuerpo y el mío, como las palabras invisibles y los gestos, hacen el humedal que se forma entre la tierra y el agua. Transforman justo ese espacio intermedio entre nosotras, que nos diferencia y al tiempo, existe para juntarnos y hacernos dialogar (así mamá ya no esté físicamente). Es el fango donde juegan los camarones, los estuarios que reciben el agua dulce y el agua del mar; ese ecotono que une dos ecosistemas distintos y que, justo al ser punto de encuentro desarrolla las características para la biodiversidad más particular y exuberante. La misma que tierras o aguas adentro ya no existe. Claro que somos diferentes, físicamente y en nuestra personalidad. Claro que necesitamos el tiempo de encerrarnos en el baño para estar a solas y descubrir algo en nuestro interior; pero entre nosotras hay un ecotono lleno de amor y conflictos, de bellezas y rarezas, de ella y yo y aquello que amamos de nosotras y nos incomodaba con más intensidad.

A veces solo vemos abismo y vacío, porque la forma binaria de ver el mundo no se enfoca en los intermedios y la tensión incómoda que nos hace reconocer las incoherencias y los encuentros. Como la idea de que las plantas son un reino distinto al de los hongos, dos individualidades separables y distinguibles en el espacio tiempo, aunque bajo tierra y en los capítulos anteriores del origen de la vida, las plantas y los hongos se han necesitado mutuamente para existir. Hablar de dos reinos separables ignora la historia en donde han sido sus interrelaciones las que han hecho su existencia algo posible.

Cuando era chica y pasaba horas frente al espejo, estaba muy empecinada en encontrar aquello que era solo mío. Una belleza única que me hiciera protagonista de mi propia telenovela. Pero las telenovelas nunca me contaron que la identidad y la belleza está hecha de los puentes que las unen con el mundo afuera. Que no son nueces en el corazón de una bellota, sino tejidos, lenguajes en constante transformación. Corazón mutable, vibrante, que envejece y muere para darle paso a nuevas historias, identidades y bellezas. 

Abrazar ese diálogo no es fácil, construir en colectivo no es fácil, sobre todo porque no nos hemos enseñado a hacerlo. Pero no es imposible. Nuestra memoria como seres comunitarios, seres que son parte de un todo más que grande que sí mismos, está ahí, en nuestros cuerpos, en la piel. Solo hay que buscar un poco y abrirse, así salgan heridas. 

Queridas gentes,

Gracias por llegar hasta aquí. Con esta reflexión/cuento me invito (y les invito) a salir del cuerpo y pensar en las redes que nos tejen con el territorio y los ecosistemas. Los ecotonos que se crean entre el mundo y nuestra existencia individual. El estuario. Las maneras de estar para tejer, afuera y adentro, relaciones empáticas y afectuosas que superen nuestra idea de individualidad. 

Pero qué difícil no pensar solo en términos individuales, del cuerpo como límite de quien soy, de un sistema nervioso que solo habla consigo mismo. Habrá que ponerse a prueba y darle espacio a las otras voces, para que entren en el territorio que somos a jugar y desordenar. 

*

Por otro lado, pasando a temas más cotidianos, he estado pensando en crear espacios en la huerta, donde podamos hacer talleres de plantas, tierra, dibujos e historias. Algo que nos haga poner el cuerpo en disposición de “matiar” o dibujar mientras charlamos de los poderes antiguos de las flores, sus amantes los insectos, historias de pueblos y otras formas de inteligencia. ¿Les gustaría participar de algo así? Así fuera solo por juntarse entre el verde y escuchar las historias que tenga preparadas como aventuras de viajes subterráneos, mientras hacemos garrapiños y nudos?

Esta foto fue tomada por mí en la huerta Sol Verde. El libro que aparece es de Phoebe Wahl y es precioso.

También les cuento que hicimos otro video mostrando el trabajo en la escuela Divino Niño. Por supuesto, quiero que todas las personas vean el video y se antojen de que hagamos algo así en sus colegios, espacios educativos, hogares, jardines, geriátricos y en fin, que estamos listos para tomarnos las calles, los parques y edificios. Si les llama la atención y quieren hacernos propuestas, pueden escribirme a mi WhatsApp

Bueno, espero leerles a ver qué opináis…

Abrazos miles, 

Adriana

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

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