No recuerdo con exactitud qué día llegó. Solo sé qué en la mañana, mientras ayudaba a vestir a mis hijes para ir a la escuela, David gritó
“Rápido, vengan, necesito que vean algo”
Seguro va mostrarnos a alguien espectacular, pensamos. Cómo esos días de enero, que vimos llegar a las tángaras rojas a nuestra casa y Nina corrió desesperada para avisarnos. «Vengan pero en silencio. Están en el Trompeto comiendo semillas” (nota al pie, a las gallinas también les encantan las semillas de Trompeto, las he visto saltar metros, solo para agarrar una. Sospecho que las tángaras viajan muchos, muchísimos kilómetros, por la misma delicia… y bueno, también por el clima, como la gente que se va a tierra caliente en vacaciones 😉
“Rápido, vengan, necesito que vean algo”
Nina, Emmanuel y yo caminamos hacia la cocina, temerosos y aguerridos, esperando ver un animal -insecto pensé yo- muy raro. El más raro registrado en la historia de los animales (insectos) raros.
Entonces, con la mirada en búsqueda de ese ser asombroso y/o espeluznante, un gato maulló.
Un gato de pelo blanco y miel.
Un gato dentro de nuestra casa.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
No quise acercarme.
Nina y Emmanuel hicieron esos sonidos que hacen cuando algo los enternece tanto que los ojos se quiebran en lágrimas: “AAAaaaaahhhhhhhhiiiiii”, exclamaron como si les doliera la belleza del gato, o lo conmovedor, o lo mágico de su llegada, o lo pequeño al lado de su cuerpo de niñes, o todas las anteriores. Y se arrodillaron para tocarlo, para confirmar que era real, para darle la bienvenida al gato, que caminaba con la cola alta y sus huesos sobresalientes.
“No puede estar en la casa” sentencié y regresé a la habitación con algún objetivo necesario, urgente, práctico: tender la cama o recoger las pijamas tiradas en el suelo.
Una vez solos, los adultes de esta familia concluimos que el gato no podía quedarse. No vamos a cuidar a nadie más, ni a comprarle comida, ni a pensar si hace daños en el jardín de una casa que no es nuestra. No hay opción, Nina y Emmanuel tienen que entender. Así como llegó, debe irse. Ese es su destino. Y nuestras vidas seguirán como siempre. Suficiente tenemos con cuidar a Tomillo y Canela (una pareja de perros hermanes que adoptamos hace 3 años), y a Nina y Emmanuel (nuestros hijes) y a nosotros como pareja y como individuos, y a la huerta y a la oveja que se llama Almohadita y a la camura que se llama Ternura, y además hacer el oficio de la casa y trabajar para mantenernos.
No hay opción, aquí los cupos están llenos.
Tomillo y Canela estaban locos con la llegada del gato, pero, como duermen en una casita afuera, agarrados a ella, no tenían opción de salir a pelear por la invasión de su territorio.
Concluidos los razonamientos, David le dio algo de comer al gato y luego, lo cargó hasta la reja. Dejó el gato en el piso, esperando que saliera, y éste a su vez, hizo algo como dar vueltas en círculos y lamerse las patas, sin entender mucho el mensaje.
Al minuto soltamos a Tomillo que corrió como un toro tras él.
Ante la embestida, el gato se escondió en unas pencas, se empinó, mostró garras y dientes. El gato estuvo, literalmente, erizado toda la mañana, evitando que Tomillo se acercara mucho. Y Tomillo estuvo, literalmente, inquieto toda la mañana, ladrando y sin saber cómo sacarlo de su predio.
Canela, la perra, menos territorial y agresiva, miraba cautelosa a la distancia.
David en sus cosas, iba y venía cada tanto, para seguir la historia y ver que nadie resultara herido.
Y yo, deseaba en silencio que Tomillo terminara con todo el asunto. No…no que lo matara, solo que lo “uchara”.
A la mañana siguiente, lo escuché maullar.
La escena se repitió. Pero esta vez con algunos agravantes. Nina y Emmanuel le pusieron nombre: Flaqui. El gato estaba flaco, muy flaco, con el pelo sucio. Pero con energía suficiente para regresar, a pesar de los perros que, para su suerte, duermen todas las noches agarrados a su casa.
Emmanuel le compartió la cola de un pescado y Nina sacó de sus ahorros para comprarle comida. David se acercó a consentirlo, hacerle cosquillas para que se retorciera como un gusano. Pero ¿qué pasó con nuestra decisión? pensé. ¿Acaso no acordamos que era lo más sensato? Tal vez sí, pero la ternura del animal se impuso.
Yo le hice saber a toda la familia que no quería un gato. También se lo hice saber al gato. A todos les demostré que los cupos estaban llenos, que no podíamos cuidar a nadie más.
Pero mis reclamos fueron enviados a un buzón de quejas, sin funcionario que las atendiera.
“Estamos trabajando para brindarle un mejor servicio”
Mi capacidad física de sostener que, está copada y no puede albergar nada nuevo, se llenó de impotencia. Yo no quería que aceptáramos la presencia del gato, su incorporación a la familia, pero todos estaban tan felices, tan prestos a recibir su amor. Una vez más era yo, la mujer huraña que ama la Naturaleza, que no quiere vivir con otros animales, sobre todo, animales que no pueden conseguirse su propia comida, la única que no está de acuerdo con el deseo de los demás. (Nota la pie: Ya antes me pasó exactamente lo mismo con Tomillo y Canela)
Pero la realidad era que, cada mañana, el gato estaba ahí, en el patio. Listo para maullar su necesidad de desayuno y luego, dormir la siesta en su nuevo lugar favorito. Es cierto que es tierno y que estaba en muy mal estado. Es cierto que Nina, Emmanuel y David estaban conmovidos y querían ayudarlo. Es cierto que necesitaba ayuda. Pero yo… yo solo quería que alguien más se conmoviera.
No tuve opción.
Toda la familia, a excepción mía, expresaban amor hacia él, alegría de que viviera en el patio de nuestra casa, preocupación por su comida, sus pelotas sin castrar, su reflujo mañanero.
Toda la familia, a excepción mía, decidió ayudarlo.
Incluso los perros, dejaron de luchar con él y comenzaron a convivir en el mismo territorio.
Solo en algo estuvimos todos de acuerdo: El gato no entraría a la casa. (Para mi suerte, David es alérgico al pelo de gato)
El gato.
El gato se llama Flaqui, aunque con el paso de los días ha mejorado su aspecto y ya no está tan “flaqui”.
A veces lo veo dormir y reconozco su belleza, su cuerpo ligero y hábil. Incluso, le pienso y escribo un texto dedicado a la experiencia de su llegada.
Hay días en que estoy de buenas y me agacho a rascarle la panza para que se retuerza como un gusano. Pero hay otros días en que me despierto con los dientes apretados y sin darle un saludo, le lanzó un disparo de agua para que salga de mi camino.
– Mami, nooooo, grita Nina.
Emmanuel se enoja y me mira mal.
A mí me da risa. Y también placer fastidiar al gato, verlo salir corriendo, recordarle que no lo quiero.
– Por qué eres así?, pregunta Nina.
– Perdón, respondo apenada y de pronto, soy yo quien tiene nueve años. Siento culpa, una culpa redondita y brillante.
– Voy a tratar de no hacerlo más. Me perdonas Nin?
Ella gira los ojos, me sonríe y dice «Bueeeenoooo».
Nina sabe que soy una buena mala persona y me perdona. Confía en que la Adriana que sabe portarse bien, pueda contener a la otra, al menos en parte, enseñarle con cariño que no está bien golpear o mojar sin razón aparente. Confía en que esa misma Adriana, pueda imponer a mis otras facetas, las oraciones que inventa y recita en voz alta para toda la familia, agradeciendo la existencia de todas las formas de vida, su compañía y hermandad, aunque esto no signifique estar obligada a quererlas o tener amistad con ellas.
Ambas sabemos que no hay una única versión nuestra. Y tampoco una única versión del gato, ni de nadie.

***
Queridas gentes!
Les escribo con pudor al confesar mi antipatía. A mi favor diré que la convivencia ha ablandado los malestares y que, dado que no pude lograr que el gato se fuera y buscara refugio con otra familia más sensible a sus necesidades, he podido respirar mis impulsos de mojarlo o, en el peor de los casos, pegarle.
En mi vida adulta he descubierto que esa persona que quiere golpear a los otros animales o incluso a mis hijes, también vive en mí, aunque cada vez habla menos duro. Ahí voy, aprendiendo a llevar esa energía, esa rabia, a otros lados. A bajarle la intensidad.
Yo sé de donde viene ese impulso… lo veo subir en mi cuerpo y si tengo hambre, hambre de comida, se vuelve más intenso el ruido que hace. Como una persona dándole palazos a una cacerola. O un hombre enloquecido y colorado, pitando en un trancón que no avanza. Yo también soy esa persona (la de la cacerola o el tipo del trancón) que reacciona golpeando a otres. Cada vez menos, pero me ha pasado. Lo aprendí de quienes me criaron y actuaron así contra otres y contra mí. Quienes me criaron, lo aprendieron a su vez, de quienes recibieron y replicaron distintas formas de maltrato e intolerancia. Una trenza muy bien tejida, que intento soltar para liberar todo ese pelo y bajarle al dolor de cabeza histórico del linaje que continúa conmigo y mis hijes.
Escribir esto me hace bien. Supongo que puede ayudarle también a otras personas, decir en voz alta que también la cagamos y que estamos en proceso de aprender de nuestras emociones y las acciones en consecuencia. Aprendiendo a transformar esa manera hostil de relacionarnos con aquello que irrumpe en nuestros pequeños mundos. Esa rabia que puesta en altavoces se transforma en discursos de odio, frente a diferente, lo raro, lo que no soy yo. Ahora que Estados Unidos acabó de elegir de nuevo a Donald Trump, un hombre condenado por abuso sexual, negacionista del cambio climático y con toda una política antiinmigración, me pregunto cómo puede ser que la mezcla explosiva de discursos de odio y desinformación, hagan ganar las elecciones. Igual que pasó en Argentina con Milei y en el Salvador con Bukele.
Es horrible y da mucha impotencia, dolor, tristeza y miedo lo que nos está pasando.
Pero en el patio de mi casa, o en la crianza de Nina y Emmanuel, yo hago un esfuerzo diario por moderar mi rabia, mis deseos de anular o golpear. Por soltar el pelo. Por actuar distinto, y hacerme otros peinados.
Siento que el gato es una carga, y no me presto o no me interesa mucho, recibir su ternura. Pero cuando lo hago, Flaqui deja de ser solo un peso. Recibir su ternura no es algo que se me facilite. Lo rechazo más de lo que le permito estar a mi lado. Pero, en ese baile, respiro y trato de mirarnos con compasión. Finalmente, eso es lo que quiero que mis hijes aprendan, viéndome actuar. Además, de respirar el desespero que, a veces, me genera la pura existencia.
Y ustedes, ¿qué ejercicio practican para liberar la rabia o cualquier otra emoción?
¿Alguna vez les ha llegado a la casa un animal que no puedan no adoptar?
Y en general, ¿cómo les va con la crianza y sus retos? (si es que aplica, claro…)
Bueno, y en noticias del espectáculo les invito a conocer el trabajo que estamos haciendo desde Sol Verde, con la escuela San Isidro. Esta escuela también es aquí en la vereda donde vivo, en Tabio. Ha sido relindo todo el trabajo, porque la profe es muy amorosa y aprovecha las actividades que hacemos, para integrarlas en el aprendizaje. Pero esto no siempre pasa… Así que, qué rico y liberador, encontrar docentes que resuenan con esta manera de abordar el conocimiento y las actividades que nos conectan con la Naturaleza.
Muchas gracias a ustedes por leer.
Y hasta la próxima.
Les saluda y quiere,
