Agua Ardiente de Páramo de Guacheneque

Graciela derrama un chorrito de aguardiente al piso antes de entregarme el encargo. Con las gotas que cuelgan del pico, limpia el frasco con un trapo amarillo que forra su dedo. Su dedo que dibuja cada estría de la boca de la botella. Usa el aguardiente para curar, pringar el vidrio. Como quien pone alcohol en una herida y la desinfecta.

Después cierra la botella con un corcho de plástico.

– Me regresa el corcho… y las botellas también, me dice y sonríe.

El rastro del aguardiente sigue fresco en el piso de la cocina, de cemento negro como tierra pisada. Graciela me entrega la primera botella y luego hace lo mismo con la segunda. Un chorro a la tierra, usar las gotas colgantes para limpiarla con el mismo trapo y ponerle una tapa rosca. La segunda botella tiene la boca enroscada, reciclada de un antiguo vino espumoso. 

Mientras envasa el aguardiente, hablamos de los tomates que sembró el nieto. Sí, se enfermaron. El ajoají que usaron para controlar el hongo, no sirvió. Es que el ajoají no lo cura todo, menos los hongos. Hay que decirle para que cambie la receta. Mejor ponerle azufre a las hojas y un chorrito de aguardiente a la tierra. ¿Eso sirve? ¿El azufre o el aguardiente? Pues el azufre… porque del aguardiente no tengo dudas. Yo tampoco.

Me ofrece una copita y la recibo.

Santamaríamadrededios. El aguardiente quema la garganta. Hace un camino abrazador y dulcísimo que baja hasta mi estómago. No sé cuántos grados de alcohol tiene, pero sé que con dos copas estoy borracha. Ya lo he probado antes. Tomo despacio, apenas mojando los labios. En la ventanita de la cocina, entra un rayito de luz tenue. Y todo se ilumina, como un mensaje divino “Del aguardiente no tengo dudas”.

Graciela prepara aguardiante. Lo cocina y consiente. Lo mantiene vivo, como un espíritu que se invoca con flores y magia. De la plaza de Pacho, manda traer el melado de panela y así alimenta su guarapo. Un fermento de cebada, una colonia de bacterias que hay que calentar, sostener, llevarle azúcar y cantarle canciones de cuna para atraer al niño que ya viene, o calmar al niño que ya vino, pero no se duerme. El guarapo tiene un punto, si se pasa, se enfuerta, y si se olvida, se muere. El aguardiente es el guarapo destilado. El punto exacto es difuso y preciso a la vez. Solo los dioses saben.

Saca una botella y otra, y con un embudo pasa el trago de un lado a otro. En el camino siempre riega, y los muertos se alegran. Las palabras también bailan y el aguardiente me enrojece. Me gusta acompañarla, verla en ese espacio que conoce tan bien. Aún no me cuenta quien le enseñó a sacar “chirrinchi”, quien le enseñó a su madre, a su abuela, a quien la haya criado porque quedó huérfana desde niña. Aún no me cuenta, pero alguien a su lado lo preparó y ella aprendió. Otras gentes de la vereda dicen que antes todo el mundo hacía. Era como tener agüepanela para la gripa. Todos preparaban su bebida, todos tenían la olla, el fuego y la técnica para destilar. Pero solo Graciela conserva el oficio y solo los muertos que viven en la tierra de su rancho, se alegran.

La cocina se siente caliente y pequeña. El aguardiente se apodera del espacio y hace que la única ventana se empañe. Hay platos con restos de comida, ollas con el culo negro por la estufa de leña, otra estufa de gas con grasa pegada, una mesa con bolsas de mercado sobre el mantel de plástico, el mueble blanco donde guarda el aguardiente, la pesa de carnicería que cuelga del techo, una nevera dañada que sirve de alacena, dos sillas, la ventana pequeña que da hacia el potrero, una ternera recién parida que asoma la trompa

Graciela se mueve sin tumbar nada, como si su cuerpo no ocupara espacio. Podría repetir sus movimientos con los ojos cerrados. Y sin embargo, ocupa espacio, peso, vejez. Tiene las piernas cansadas. En la mañana fue a ordeñar. Ordeña desde niña y sus manos están rojas. Quienes ordeñan tienen manos del color de la carne viva de tanto coger la ubre y halar los pezones y lavar la ubre y enjuagar la cantina y mojarse de leche, agua, escarcha mañanera y lluvia de fin de tarde.

– ¿También lleva mantequilla? Don David me dijo que le guardara las dos libras que saqué.

La abuela prepara, cocina, consiente, arrulla, mima la mantequilla. Cuando ordeña, separa la grasa de la leche con una cuchara. La nata amarillenta, suave, que arropa la superficie de la leche cuando hace frío. Graciela quiebra la costra, y acumula esa grasa en un recipiente hondo hasta que tiene suficiente. Después toca batir, hasta que toda la grasa que iba para la cría, forma mantequilla. Mantequilla en forma de bola, forrada con papel plástico. La leche “sin crema” la vende al camión, aunque el acuerdo es vender la leche entera. En el mar blanco que se acumula, su leche puede fundirse entre todas las leches de todas las vacas que llenan la gran ubre metálica del camión.

Graciela tiene el pelo blanco, dorado y blanco. Los ojos azulosos y grises. La piel pecosa y rosada. Se viste de ruana y pantalón de sudadera. A veces usa un sombrerito de lana. Camina cada mañana y cada tarde. Sube la loma hasta el potrero donde están las vacas y ordeña. Ordeña y remuda los animales.  Mueve las vacas para que no se queden sin pasto, pero tampoco coman a medias y solo pisen y caguen la hierba.

Cuando sube la loma a ordeñar, la veo desde la ventana de mi casa. Lleva un palo, una ruana, un perro y carrito de mercado con la cantina adentro, vacía. También su sombrerito de lana. De regreso, la cantina llena entre el carrito de mercado que sostiene con fuerza para que el peso no la arrastre montaña abajo. Y el perro al lado, avisando con ladridos, que ya vienen bajando.

-Le empaco la mantequilla en una bolsa adicional?

-No señora. Hoy traje este canasto.

*

Queridas gentes,

Gracias por leer. Desde la historia del gato no había vuelto a contarles nada. Llegó navidad con su ajetreo y el nuevo año, como un lunes largo y festivo. Justamente fue en diciembre que hicimos nuestra última visita a Graciela. Compramos mantequilla y aguardiente.

Todo eso ya pasó hace rato. Y yo llevaba un tiempo pensando en esa mujer que vive arriba, en lo alto de la montaña donde solíamos vivir, hasta agosto del año 2023, y donde nos encontrábamos por casualidad cuando ella, o su marido, subían y bajan a ver las vacas y ordeñar. O nosotros subíamos y bajábamos a comprarles aguardiente.

Afuera de la cocina, una sala rectangular apenas da espacio a la mesa del comedor y sus bancas largas. En la pared una foto de Graciela un poco más joven, con falda de paño ajustada en la cintura que baja plisada hasta las rodillas. La blusa es blanca con arandelas y botoncitos de perlas que decoran su pecho. Su pelo está recogido, es dorado y gris oscuro. Su mirada tranquila y severa a la vez. No sonríe, pero las arrugas de su cara delatan los caminos de la piel cuando grita, llora o algo la pone contenta. En la foto, Graciela toma la mano de una niña de cabello dorado, ojos azules y vestidito rojo. Ambas tienen medias cortas y zapatos de cuero. Parecen la misma persona. Una Graciela niña da la mano a su abuela Graciela, que la cría, la quiere y la castiga por igual. Juntas están en el parque principal. Alguien les hizo la foto después de entrar a la misa de doce y justo antes de irse a almorzar. El tiempo se detuvo para ellas y al tiempo siguió pasando, como si no fuera con él.   

Graciela niña está triste porque Graciela vieja la regaña y le pega y se queja y siempre está cansada y nunca tiene tiempo para jugar, ni para abrazarla. Graciela hace caso, no quiere que le peguen, no quiere estar triste, pero a veces se aburre y juega y no puede evitar que Graciela vieja la castigue, le ponga más oficios, la obligue a ordeñar con sus manos pequeñas que se congelan cada día y le duelen del frío.

*

Hace algunas semanas subimos al nacimiento del Río Bogotá en el páramo de Guacheneque en Villapinzón. Guacheneque significa “Indio Guerrero” en lengua muisca. La laguna surge del medio de las montañas, custodiada por abuelas frailejones, estrellas de páramo, paja, musgo y otras personas. La laguna es una olla India que cocina sancochos para doscientas gentes y tiene el culo negro por la estufa de leña.

Laguna

Olla

Caldero

El agua nace y crece y desemboca. Siempre paralela, viviendo un tiempo que pasa y no se va. Un tiempo donde es posible nacer y desembocar, dejar la olla para transformarse en río, decirse mar, correr lluvia abajo, llorar, hacerse leche, neblina espesa, mantequilla de glaciar, aguardiente para brindar, y seguir siendo laguna, río, mar, Graciela abuela y Graciela niña.

El eterno presente.

Como un regalo y un puñal.

Agua que arde. Sagrada. Que alegra a los muertos, trae los espíritus, que nace del gran caldero, Indio Guerrero, donde se condensan las aguas subterráneas, para destilarse, salir por un hilito, el riachuelo, que llena las botellas que más adelante, nos emborracharán y enguayabarán a todos por igual.

No sé qué más decir.

Nos emborrachamos.

Sí.

Recordamos la historia que nos precede, nos condena y nos salva.

Y en esta ocasión, junto a la Laguna, decidimos cantar y agradecerle por seguir siendo ese espiral de agua. Por hacer un camino sin cansarse y sin poder detenerse. Y a la piel del Páramo, un chorrito de aguardiente para que las aguas preciosas se junten. Para que Graciela, allá en su ranchito, pueda abrazar sin rabia a la nieta de la foto, y recibir su abrazo de vuelta. Para que las mujeres de nuevo se junten.

Como un conjuro

Una magia.

El punto del destilado

Solo los dioses saben.

Gracias por leer,

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

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