
Una mañana, fría, sin lluvia, con nubarrones gordos que aún no estallan en llanto.
Estas en la huerta. Bueno, solía ser una huerta.
Ahora se asemeja a un mundo de retazos, más orgánico, menos organizado. Espontáneo.
Potrero- romero- bosque- enramada de fríjol- ruibarbo en flor- feijoas medianas- un plátano y dos papayuelas espontáneas- pasto- diente de león- trébol- yerbabuena blanca- ruda- pepino que renace insistente- kale- gulupa- arracacha pasada- curuba en el piso- tallos llenos de orugas, fresas peludas y fresas frescas.
Unos días atrás viste a la Susanita de ojos negros. Ha pasado mucho tiempo desde que esa tierra solía el lugar dónde ibas a sumergirte para no pensar en nada distinto a las plantas, imaginarlas en su plenitud, aprender de ellas, entender sus horas, formas y acciones.
Ahora la visitas poco, aunque sigues yendo, es menos. Tu mundo gira alrededor de otros mundos. Quieres leer más y sentarte. Vestirte e ir a trabajar sin estar llena de tierra. Cantar en las tardes, caminar hasta el río, trabajar en la huerta de la escuela donde todas las personas ayudan. En esa huerta no estás sola, hay muchas risas y gente pequeña que siente mucho y se emociona y te contagia de ese vivir descubriéndolo todo por primera vez. También quieres pensar y escribir, tener más tiempo para conocer el mundo. Un mundo viejo y joven, humano y más que humano. Un mundo que está en guerra, lo sabes, y duele. Nunca antes habías usado la palabra “genocidio” en tiempo presente. A veces sientes miedo.
Mientras giras alrededor de esos otros mundos, la Susanita de Ojos Negros llega a esa que solía ser una huerta y se hace una casa.
Es invasora, tremenda, muy potente. Tiene pelitos para agarrarse de cualquier esquina, no necesita raíz para sobrevivir. Tiene hambre y ganas de saciarla. No tiene malas intenciones, cuando llegó a esta casa, nada le impidió quedarse.
Hoy tienes las botas puestas, es una mañana fría, sin lluvia, con nubarrones gordos que aún no estallan en llanto. Has venido. El vínculo que te une a esta tierra, la que solía ser una huerta y ya no sabes cómo llamarla, sigue ahí, se llama amor. El amor persiste como persiste la esperanza, no puedes soltarlo. No quieres. Es un refugio, un descanso de tus otros mundos, un vínculo que les hace conversar.
Hoy deseo que la guerra y la hambruna se acaben. Hoy es siempre
Hoy espero que los árboles de olivo rebroten y nadie jamás vuelva a talarlos. Hoy es siempre
Anhelo que aparezca viva la niña perdida en Cajicá. Hoy es siempre
Despido con tristeza a las personas muertas en el atentado en Cali. Hoy es siempre.
Abrazo los ríos contaminados del Amazonas con las aguas tristes y enfermas de mercurio por la minería del Pacífico. Hoy es siempre.
Hoy vivo en este plano pequeño y mundano, con el corazón puesto adentro y afuera.
Hoy es siempre.
Arrancas la Susanita que encuentras. No quieres verlo todo sepultado bajo sus ojos negros, ojos de poeta, que miran a quien las mira desde las profundidades de un pozo con agua muy profunda.
Arrancas toda la Susanita que encuentras. Toda.
Aunque intuyes que ella persiste más que tú.
Pero hoy estás aquí.
Y la tierra lo sabe.
Te llama.
Toda la gente tiene algo para contarte, pedirte y darte.
Toda la gente tiene hambre y regalos.
La gulupa, te mira colgando, redonda y jugosa. Radicalmente dulce. Sus guiños son gritos y te acercas. Llevas unas tijeras y una caja de cartón donde recoges más de veinte. Peinas sus ramas, tan delgadas y flexibles, le quitas las hojas secas, la enredas en los alambres que guían su camino para no tirarse al piso.
Después los fríjoles. Secos y verdes, todos juntos, buscando espacio, abonando su tierra con hojas muertas, cosechas que nadie recogió. Llevas vainas por puñados, así algunas estén viejas, deshechas como alas de polilla. Más tarde, cuando encuentras una silla para desgranar, sus semillas se presentan como cuentas de un collar, blancas, cafés, lilas.
El ají rocoto, lleno de fruta color naranja encorvando las ramas, te suplica que vengas. Grita con su color, con su manera de moverse, un mensaje que dice “Ven antes de que llueva”. Recoges la cosecha. Cortas sus ramas viejas, secas algunas, las hojas amarillas, le sacudes el cansancio de cargarse a sí mismo. Podar es quitar lo que sobra para que no pese, enjugar las heridas con vinagre, secar las lágrimas, dejar que lo viejo se haga tierra y polvo de universo.
Estás cansada. El clima ha cambiado varias veces desde que llegaste. Las nubes dejaron su color gris, y se corrieron para dejar entrar el sol que brilló e iluminó las orugas que devoran las coles. Después volvieron a cerrarse y cayeron gotas de agua finita, agujas de agua finita. Quieres irte. Ya fue suficiente de amor, suficiente de escucharles, atenderles, cuidarles.
Pero como es de esperarse, cuando estás por salir, unas vocecitas te vienen de abajo, un murmullo que al principio es suave, pero crece. Se hace barullo. Las fresas están cargadas de flores y frutas rojas y podridas bajo las hojas verde floresta. Vistas desde arriba, ocultan los frutos llenos de pelos, mordiscos de gusanos, deformes. Te arrodillas y descubres su lamento, nadie ha venido a llevarse sus regalos. Bueno, sí que han venido, los hongos siempre vienen, están listos para regresar la miel de los frutos de vuelta al suelo, para que nada se pierda.
Cortas las fresas negras y blandas, las hojas secas, las frutas a medio podrir. Recoges las buenas, que siempre hay, a pesar de todo, siempre consigues fresas buenas que te alcanzan para saciar el hambre y compartir otro tanto.
Antes de irte, prometes venir por la cosecha que viene en camino. Porque siempre hay cosecha futura, que llegará más adelante, en los próximos días, una tarde sin fecha, una mañana en la que una fresa, los fríjoles, la gulupa, las moras, el pepino, la curuba estará lista de nuevo, jugosa, dulce, seductora. Y deseará ser devorada por otro alguien, una boca, un pico, las mandíbulas de un gusano, el micelio, la tierra misma. La planta que se comerá sus propias hijas, si nadie lo hace primero.
Si la Susanita de ojos negros, ojos de poeta, pozo oscuro, no se traga el mundo antes con su belleza naranja y perturbadora.
***
Querida gente,
Gracias por llegar hasta acá.
Tenía muchas ganas de escribir sobre las hormigas. He identificado un aumento en su población, en lenguaje técnico. Hormigas en la cocina, hormigas en el piso del estudio, hormigas donde antes no había hormigas.
Pero entonces, comencé a escribir y el texto salió por otro lado, como una planta espontánea… Una planta que encontró lugar entre el espacio que dejé desde que vi las hormigas, deseé escribir sobre ellas y finalmente me senté a hacerlo: Ese espacio incluyó mi regreso a la huerta, terminar el libro de Siete Plantas, perder otra convocatoria (la sexta convocatoria perdida este año, sumando las propias y las colectivas), sentirme cansada y aliviada y triste y amada y en fin.
Perder una nueva convocatoria me hizo querer escribir, agradecer el tiempo que de pronto tenía al no tener ese trabajo adicional. Qué puedo decir. A veces sigo deseando llevar a cabo tantos proyectos y otras veces, solo quiero hacer mis tareas de oficina y el tiempo extra dedicarlo a vivir mi vida. Ambos deseos viven en mí, como vive la Susanita en la huerta, como me resulta hermosa e indeseable.
Ahora tengo emociones mezcladas. Alegría, melancolía, cansancio, tristeza, decepción, esperanza.
En el mundo más grande, también hay otras emociones y hechos que se conecta conmigo: Dolor por el genocidio, preocupación por la poca alfabetización que tenemos frente al uso de las redes y la AI en la crianza y con la gente más joven (de eso iba la convocatoria), gente increíble luchando contra Spotify, yendo en flotillas a buscar justicia para Palestina, una expedición al océano en Argentina que revela una biodiversidad suprema. En una esquina del jardín una Guayabilla sabanera da por cosecha cuatro frutitas dulces y, en el piso de la casa, las hormigas rodean un maní y descubren lo divino, una vez más.
Jardín doméstico y bosque salvaje
Deseo el tiempo del universo
llevar
los sonidos al texto,
anhelos imaginarios de vivir
una vida en otra vida en otra vida
materializar las recetas que antojan al cuerpo
pero este cuerpo
con su tiempo real
su hambre
el sueño que llega sin falta
tan de ser humano corriente.
Este cuerpo finito
Sueña con infinitos
Solo las rocas materializan los deseos divinos.
Al concluir este texto, (el espacio entre sentarme a escribir y efectivamente terminar de hacerlo) llegó la noticia de la aparición de Valeria Afanador, la niña de diez años desaparecida en Cajicá. Me parece importante hacer algunas precisiones del lenguaje: Su cuerpo no desapareció. Fue raptado. Y ella no apareció en el Río Frío de Cajicá. Alguien la asesinó y después puso su cuerpo inerte en el río. En un lugar donde habían buscado antes.
La noticia me rompe de dolor y rabia. Siento tristeza por el destino de Valeria, su familia rota por dentro, siento horror ante la posibilidad de que algo así nos pase. Quiero cerrar las puertas, escondernos bajo la tierra solo por si acaso, porque nadie quiere exponerse. Yo tampoco. Los míos tampoco.
El duelo no sucede solo por el caso puntual, sino por ver su repetición constante, entender -una vez más- que no estamos seguras en los espacios públicos, en los colegios o en nuestras casas. Es cierto, como es cierto que salimos a caminar con Nina, bajamos a tocar el agua del mismo Río Frío (solo que en un punto antes de llegar a Cajicá) y regresamos a casa. Y lo hacemos porque es hermoso, porque la gente del camino es conocida y nos saluda, aunque de un tiempo para acá, desde el asesinato de la señora Cecilia cuyo cuerpo también apareció en el Río Frío, de ese tiempo para acá siento miedo subterráneo, miedo tras este acto. Siento miedo y tomo acciones: No se puede ir después de tal hora, ya no tocamos el río solo nos asomamos y le saludamos desde el puente, mejor si vamos con David, siempre aprovechamos para llevar los perros. La vida se hace angosta.
Hay muchos duelos en esta noticia.
El hecho de elegir el río para dejar el cuerpo asesinado de una niña o una mujer. Es horrible, pero el río no tiene la culpa, aunque luego algunos quieran pavimentarle para evitar que pasen estas cosas.
El hecho de sentir tranquilidad al saber que pueden enterrar a la niña (como enterraron también a la mujer), porque la desaparición forzada me resulta peor que la muerte misma. Aunque esta soy yo, hablando desde el privilegio de tener una vida sin gente desaparecida, ni asesinada a manos de nadie.
Eso no debería ser un privilegio.
Vivir no debería ser un privilegio.
Gracias por leer este texto completo. Eso es un privilegio y un regalo de ustedes hacia mí.
Con cariño,
