VOLVER: Recuerdos de selva y mar

Durante varios días fuimos a ver las ranas. Había todo tipo de colores y una exquisita variedad de venenos. Maicol me las señalaba con el dedo y yo las fotografiaba como actrices de cine en cualquier ceremonia de entrega de premios. Premio al mejor vestido, premio al veneno más letal. Premio a la mejor combinación de colores fosforescentes.

Al final de nuestro recorrido siempre estaban las ranas venenosas y una cueva de árboles. Fuimos varias veces al mismo lugar, incluso cuando teníamos la intención de estar en otro, de conocer otro lado de la selva. Aún en esas ocasiones, al final de nuestro camino llegábamos a la casa de las ranas. Al mismo lugar de la piedra, del árbol, del olor a dulce. Aunque todo olía a dulce, a materia en descomposición. En realidad, no podría decir con certeza si llegábamos exactamente al mismo lugar, pero eso parecía. Yo sentía que dábamos vueltas en círculos en esa selva que Maicol parecía conocer y que nunca pregunté si en realidad conocía.

En mi caso no podía reconocer ningún lugar aunque la hubiera recorrido mil veces. La selva me parecía una sola y gran repetición de sí misma que terminaba mareándome. Asechándome. Constantemente sentía que retaba algo que estaba más allá de mí y solía pensar en Eugenio y su enfermedad: Cuando la selva se le mete a uno en el cuerpo y hay que ir hasta su mismo corazón para curarse de la obsesión, uno puede perder el rumbo y enterrarse ahí mismo.

Como tenía miedo de quedar enterrada ahí mismo, se me ocurrió que podía dejar piedras o incluso ramas que después me ayudaran a ubicarme y saber si estábamos en el mismo sitio. Pero eran señuelos inútiles. Si volvíamos a recorrer nuestros pasos era imposible para mi saber si habíamos estado ahí antes o no. Casi siempre estaba en un estado de éxtasis que me impedía pensar. Ubicarme. Siempre un poco borracha de tanto olor, de tanta selva, andaba sin recordar y solo atinaba a llegar a algún santuario de ranas que me parecía el mismo o igual al anterior. Entonces repetía la escena. Maicol me las mostraba y yo las fotografiaba. Algo muy parecido a imaginarse que en el espacio hay un planeta que es la Tierra y cuando quieres llegar a otro vuelves a llegar a la Tierra, en donde pasa exactamente lo mismo que pasaba antes. Muchos fractales o muchos espejos.

En cualquier caso, las ranas eran nuestro punto de llegada. El lugar seguro en esa selva que nos iba consumiendo para luego expulsarnos de sus entrañas como un par de intrusos, como el cuerpo que no resiste el trasplante de un órgano.

Solo un día no vimos ranas. El día que fuimos de visita a la cascada. La razón era que el camino era otro, totalmente distinto. Uno que era selva amaestrada, domesticada por los caminos y los cultivos. Maicol iba delante de mí, luego estaba el Meyo y de últimas iba yo cerrando el grupo. Caminamos por horas y paramos varias veces para coger unas flores rojas con forma de labios. Nos las pusimos en la boca, fingimos besos apasionados y nos tomamos fotos.

Luego pasamos un río y saludamos un grupo de mujeres que lavaban la ropa. Todas eran ancianas de pelo blanco. Siempre me ha parecido bella esa combinación de piel negra y pelo blanco. Es una forma de envejecer elegante, hermosa. En el grupo de mujeres estaba la tía abuela de Maicol. En realidad ella no era su tía ni su abuela, era la profesora que tuvo de niño hecha una anciana de cientos de años, que aún salía al río a lavar la ropa con otras ancianas un poco menos viejas.

Saludamos y Maicol se sentó a su lado un rato. Les contó que en Buenaventura se iba a hacer rico, que la próxima vez iba a venir por todas para llevarlas a comprar ropa y aretes.

Las mujeres se rieron a carcajadas, exhibiendo los dientes y las encías. El Meyo, que estaba al lado, refunfuñó porque no hay que creer nada de eso, que es mejor vivir con lo seguro y sin andar pescando cangrejos de aire.

Nos despedimos de las mujeres y seguimos andando.

Al cabo de una hora larga llegamos hasta la cascada. Era una caída de agua muy alta que bajaba cantarina chocándose contra las piedras. Maicol y el Meyo, que eran ágiles como monos, subieron por la roca en cuatro patas y, estando en la punta, saltaron sin miedo a quebrarse los huesos contra la piscina de agua. Por supuesto, esta vez tampoco les pasó nada. Era el arte de vivir al límite, rompiéndose contra el mundo y saliendo ilesos de todos sus intentos de morir.

Finalmente me motivaron a subir y lo hice como un animal torpe de ciudad. Solo después de varios minutos y con las rodillas peladas logré llegar a la punta y empujar mis piernas temblorosas al vacío. (Dos minutos de espera en el aire, caer, bajar kilómetros de agua, tocar el centro de la tierra, volver a la superficie, respirar).

Fue una emoción única e irrepetible. Fui tan feliz que estuve temblando un rato de la emoción y los nervios. No fui capaz de lanzarme otra vez.

Luego decidimos regresar.

Esa noche comencé a soñar en que volvía a Bogotá.  Fue una serie de sueños que sucedían de diversas maneras.

En el sueño de esa noche estaba al lado de Maicol y nos enterábamos que sus padres se habían marchado. Se los había tragado el mar, mientras él y yo andábamos de excursión por la selva. Nosotros sólo nos dábamos cuenta al regresar, cuando pretendíamos llegar a dormir a la casa y veíamos que se la había llevado el mar. Entera. Y la podíamos ver a lo lejos, meciéndose y alejándose cada vez. Dirigiéndose mar adentro hacia algún lugar inalcanzable para nosotros.

Entonces comenzábamos a llorar y les gritábamos que se lanzaran al agua, que nadaran hasta aquí. Pero ellos no parecían oírnos… ya estaban demasiado lejos.

Era el sueño de Salvador, el papá de Maicol. El sueño que tuvo durante los primeros cinco años cuando llegó a vivir aquí. Un sueño que ahora era mi pesadilla.

Al amanecer le conté a Salvador durante el desayuno mientras tomábamos juntos el café. Me escuchó atento, mirando las aves que se lanzaban de cabeza a pescar. Ágilemente y sin desnucarse.

Entonces me respondió: Creo que en el fondo quieres regresar.

Chocó 087

 

Foto: Adriana Puentes. Playa del Océano Pacífico- Termales, Chocó.

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

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