La invención camaleón

A mi Aquanauta.

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Se estaba bañando sentada en una silla. Helena siempre había sido fuerte y ahora más, porque tenía 11 años recién cumplidos. Sin embargo, se estaba bañando sentada en una silla. Era una orden del médico. Tenía que quedarse lo más quieta posible para recuperarse. Lo peor que le había pasado en su vida y justo cuando se estaba preparando para el campeonato de fútbol femenino y gimnasia olímpica. Ella estaba en todo, por supuesto. Y en cambio ahora, estaba acostada la mayor parte del tiempo o sentada en diferentes sillas. Eso era lo más interesante de todo, cambiar de silla. Bueno, también leer e inventar. Pero eso vendría después.

El día que visitaron al médico, la noticia le cayó como una pared. Sintió su corazón aplastado y también su cabeza y sus piernas. La recuperación sería lenta, así que necesitaba quietud. Era insólito que algo así pudiera pasarle a una niña como ella. Pero la sentencia estaba fijada: no podría moverse durante al menos tres meses.

Como sus papás trabajaban todo el día, tuvo que quedarse en la casa de sus abuelos para que ellos la cuidaran. Era una casa extraña pero amigable. Sus abuelos la consentían y le traían comida y dulces a la cama. Su mamá nunca le había permitido comer ahí porque temía que se llenaran las sábanas de pulgas. Sin embargo, a la abuela parecía no importarle. Le subía galletas y bizcochos que al morderse esparcían sus moronas por el espacio.

Su primer pasatiempo favorito fue ver televisión. Toda la televisión de todos los canales con todos los colores e historias posibles. Gente que cocinaba al otro lado del mundo, niños que nadaban hacia el fondo del mar, un perro que era lanzado de un avión a mil pies de altura, accidentes imposibles de creer de aviones y trenes, dos mil programas de muñequitos animados, una guerra de pasteles y un reality de famosos presidentes abandonados en una isla.

Con los días comenzó a aburrirse lentamente de la televisión. Le dolían los ojos y también la espalda. No podía aguantar mucho tiempo frente al aparato, porque sus ojos se ponían rojos y comenzaba a lloriquiar. Entonces prefería estar acostada mirando hacia la ventana que daba justo al edificio de los vecinos. En la mañana cuando todas las cortinas estaban cerradas, veía solo el amanecer y escuchaba los pájaros. Pero luego, cuando sus vecinos las abrían, descubría parejas desayunando, un perro que revoloteaba frente a la puerta buscando salir, dos niños corriendo escaleras abajo para irse al colegio, una mujer quitándose los pelos del bigote frente a la ventana de la sala. Era interesante y la distraía unas horas, mientras llegaban con algún suculento pastel para las onces. Al menos podía seguir comiendo lo que quisiera durante el tiempo en cama.

Las tardes, sin embargo, eran mucho menos movidas. Solo en algunas casas con personas se veía actividad. En las demás ventanas todo era silencio y quietud. Hasta el perro parecía dormir la mayor parte de la tarde.

Helena a veces se quedaba con la mirada perdida, recordando el colegio. No se imaginaba que algún día iba a extrañarlo de verdad, pero así era. Durante todos los años que llevaba ahí, lo más interesante habían sido sus clases de futbol y las de gimnasia olímpica. Lo demás la tenía sin cuidado, así que era asombroso que ahora hasta recordara con nostalgia las horas muertas de biología y las tardes dedicadas a practicar en el coro donde les obligaban a aprender una canción que odiaba y que hablaba a un sapito que tenía un sombrero y hablaba en inglés.

Ella era de pocos amigos. En realidad solo tenía una amiga, Amalia, que a veces la llamaba al teléfono. Pero Helena tenía la impresión que Amalia se había ido a otro país porque cada vez la llamaba menos y ni qué decir de una triste visita. Al parecer sus papás se la habían llevado para siempre. Era evidente que Helena no era del gusto de doña Mercedes. Lo supo desde el día que trasquiló a Amalia luego de hacer un experimento con gasolina e icopor, que le había enseñado un primo y que daba como resultado una melcocha tornasolada. Melcocha que terminaría en la cabeza de su amiga.

No había sido su culpa, pero desde entonces doña Mercedes se había encargado de mantener a Amalia alejada de ella, y cuando hablaban juntas por teléfono, su pobre amiga debía estar atenta para que su mamá no la descubriera.

Era una pena. Al menos Amalia le hubiera podido traer noticias del mundo exterior.

Helena se imaginaba el día en que volverían a salir juntas al parque e irían a los campeonatos de gimnasia olímpica, en donde competían representando al colegio. Aunque a ese sueño lo precedía otro deseo aún más profundo: poderse mover.

No es que estuviera paralítica, no. Nada de eso. Era que debía permanecer quieta para recuperarse del todo. Por supuesto, podía levantarse al baño, vestirse y algunas cosas mínimas. Pero nada de futbol, ni de gimnasia, ni de nada que pusiera su corazón a palpitar con fuerza. Era como si tuviera un tesoro en su estómago que se podía salir si permanecía mucho tiempo de pie.

Los que sí venían sagradamente a visitarla todos los días de su vida, después del trabajo, eran sus papás. Todas las noches llegaban a la casa de los abuelos y los fines de semana se quedaban a dormir. Al verla se les notaba la tristeza en la cara y Helena se daba cuenta. Pero siempre fingían y en cambio, la hacían reír, le consentían la cabeza, jugaban a hacer música, le hacían masajes en la espalda y las piernas y le leían cuentos. Muchos cuentos que ella iba memorizando para sus horas de soledad.

Un mañana, luego de quedarse mucho tiempo espiando la vida pasiva de los vecinos, descubrió que tal vez podría explorar un poco la casa. Explorar era algo que no requería mucho movimiento y en vista de que la abuela dormía siempre una siesta de tres horas después del almuerzo, y el abuelo hablaba con las plantas la mayor parte del día, era evidente de que nadie se daría cuenta si ella decidía investigar un poco de la vida familiar.

Su primer gran descubrimiento fue el vestido de la fiesta de quince de su mamá. No podía creer lo que veía, pero el vestido siempre había estado ahí, al alcance de sus manos, en el closet del cuarto donde estaba durmiendo. Era un vestido naranja con una falda ancha que debía usar debajo otra falda cancán. Un vestido que emulaba la época de los cincuenta, seguramente inspirando en alguna película como Brillantina. Eso también lo supo porque descubrió el álbum de la fiesta, impreso a todo color, en donde además se explicaba lo que estaba sucediendo en el pie de cada foto. Su mamá había decidido celebrar así, aunque para la época cualquier fiesta de quince que pareciera fiesta de quince, había pasado de moda y se usaba el vestirse informal e ir a una discoteca. Su mamá a veces vivía en otro planeta, uno en donde no pasaba el tiempo. Ahora que lo pensaba, nunca fue una chica de vanguardia. No. Más bien se lo pasaba hablando de los ancianos y sus conocimientos, de los indios y de toda esa vida anti tecnología en donde la gente tenía más tiempo para sentarse a comer y hablar en familia.

A Helena le gustaba hablar en familia, pero no siempre quería contarles todos sus secretos. A Amalia le compartía muchos, pero la mayoría se los quedaba para ella o los anotaba en un cuaderno rojo como lo había aprendido de la chica Karateca.

Junto al vestido también descubrió un chal de lana, que hacía figuras en su tejido y era color blanco crema. Se lo puso como un velo de novia y luego como un manto. Se imaginó que a lo mejor podría usarlo como una capa de bruja que hiciera juego con el caleidoscopio que le había traído su papá. El caleidoscopio era color violeta, y según él, era lo más parecido a un viaje a lo desconocido. O un viaje psicodélico.

Rebuscando en algunos cajones también encontró una peluca de pelo largo que había usado alguien para Halloween, unos cursos de inglés que venían en acetatos y eran de 1970, un frasco vacío de perfume con cuerpo de mujer y el diario de viaje de su tío Miguel.

Su sorpresa no pudo ser mayor. Era el mejor tesoro, por encima del vestido de quince ―que aún le quedaba muy grande para poderlo usar. Aunque evidentemente lo había intentado, concluyendo que era más adecuado como tienda de circo―  y mejor que el reboso. En realidad ningún descubrimiento había sido tan bueno como este.

Primero le dio una ojeada rápida. El diario estaba todo escrito a mano. Tenía algunas fotos de lugares, dibujos, recortes, boletas de lugares que había visitado y la foto de una chica, junto a una foto más pequeña de los dos tomando café al lado de una ventana. Sin embargo, al darle una segunda ojeada, Helena descubrió que el diario estaba escrito en otro idioma. Ni siquiera podía entender qué idioma era ese. Tenía las mismas letras del español pero no se entendía un pepino. Era una tragedia. Helena volvió nuevamente a la foto de la chica. Era hermosa. Tenía el cabello crespo y la piel morena. El tío se veía muy enamorado de ella, o al menos eso le pareció.

A la hora del almuerzo, decidió averiguar con su abuelita que subía a traerle una comida deliciosa. Spaguetti boloñesa con pan, ensalada con durazno y jugo de fresas. Helena quería hablar con el tío Miguel, saber en dónde había vivido en esa época, que idioma se hablaba ahí y conseguir un diccionario para traducir el diario al español. Pero entonces supo por su abuela, que el tío Miguel vivía en Moscú en este momento. Había conseguido un trabajo con una empresa y se había marchado allá. No, no estaba casado, pero vivía con una mujer rubia de piel transparente que la abuela no conocía en la vida real. Solo la había visto un par de veces por Skype y en muy mala definición. Curiosamente siempre que la chica ―de nombre impronunciable― llegaba a saludarlos, la señal se caída, se ponía lenta o se llenaba de cuadritos.

A la abuela le aburría un poco estar frente al computador, así que prefería aprovechar el tiempo hablando solo con su hijo y no con los dos. Extrañaba al tío Miguel, pero él siempre había sido un viajero consumado. En el fondo, pensaba que sería un hombre solitario, de esos que conocen medio mundo pero no echan raíces en ningún lugar. La abuela creía que era bueno echar raíces.

Y entonces, sin darse cuenta, le contó a Helena de aquella vez en que el tío Miguel había ido a vivir a Berlín. En Alemania, eso queda en Alemania. Nunca había vivido tanto tiempo en un lugar, pero en esa ocasión duró cinco años. Por supuesto que los visitó, claro que sí, pero se quedó allá todo el tiempo porque estaba enamorado de una chica africana que era su novia y que viajó con él a conocerlos. Eso fue hace muchos años, tal vez unos once, Helena era apenas una bebita sin memoria. Pero la abuela recordaba. La chica era morena, guapa, sonreía y Miguel sonreía también. Ella quedó embarazada y perdió el bebé. Luego de la pérdida ninguno de los dos pudo soportar la tristeza y eso lentamente fue acabando con todo. Se separaron y Miguel estuvo unos años en China y de ahí se fue para Rusia. De la chica no volvimos a saber. Pero fue un momento tan doloroso que hasta tu papá, que siempre está alegre, se puso triste y les compuso una canción de esperanza para que siguieran adelante. La canción siguió pero ellos no.

Helena escuchaba atenta. De pronto le pareció que el tío Miguel había dejado el diario abandonado para poder olvidar. Cuando terminó de almorzar y la abuela bajó a llevar los platos a la cocina, volvió a abrir el diario. Terminaba de repente, en una hoja dejada a la mitad, en una palabra dejada a la mitad. En las siguientes páginas en blanco había una hoja amarilla que alguien tomó de un árbol. Helena sintió tristeza por el tío Miguel y por la chica. A lo mejor habrían podido superarlo todo y seguir adelante. Pero a veces lo peor que puede pasar no es quedarse inmóvil, sino moverse cuando es mejor esperar.

Esa noche, Helena le pidió a su papá que le cantara la canción de esperanza que había inventado y no pudo aguantar las lágrimas cuando él terminó. Era una canción alegre, pero Helena estaba más conmovida que cuando vio la película Leyendas de Pasión protagonizada por un Brad Pitt joven y soltero. Su papá la consoló y ella terminó contándole su secreto. Sacó de entre las cobijas el diario y se lo mostró. Su padre lo abrió y estuvo ojeando las páginas. Si recordaba. Claro que recordaba a aquella chica y al tío Miguel de esa época. Era diferente. Pero ahora, dijo el padre, el tío estaba contento y la nueva chica rusa era en realidad muy divertida. Ellos también la conocían por Skype y se notaba que estaban enamorados. Además, probablemente vendrían a Colombia y para ese momento, Helena ya estaría mejor. Ella sonrió. Eran buenas noticias en medio de todo. Su padre sacó una caja de chocolates que había traído en secreto y le compartió antes de que llegara alguien y tuvieran que darle también.

Helena estaba sentada sobre la cama, comiéndose el chocolate, cuando se le ocurrió que su papá podría inventar una nueva historia con el diario. El padre pensó, tomó su guitarra y cantó:

Había una vez un tío Miguel que tenía un hermano idéntico

Un hermano que también se llamaba Miguel y también era tío de Helena.

Uno se fue para Alemania y el otro para Rusia.

Uno conoció a una chica morena y el otro a una rubia.

Ninguno sabía de la existencia del otro

Del tío Miguel, del tío Miguel.

Un día los cuatro, cada uno por su lado, decidieron venir a Colombia.

Colombia ¿por qué? Porque allí vivía su otra familia

La familia del único tío Miguel

Y vinieron y un día en una calle desconocida se encontraron los cuatro

La morena, la rubia, la alta, la baja y el tío Miguel con el tío Miguel.

Y sin darse cuenta los cuatro se abrazan y en el abrazo se funden

Se juntan las caras

Y el resultado son dos pájaros que vuelan con todos los colores del mundo y el sol

Y vuelan los pájaros, juntos los dos.

Helena sonrió y su padre la abrazo. Era una historia bonita, pero no lograba sentirse mejor del todo.

Pasaron los días y Helena aún en la cama, o en una silla, se dedicaba las tardes a tratar de descifrar el diario. Definitivamente la tranquilizaba la versión de los pájaros que se había inventado su papá, pero ella quería saber todo el intríngulis de la frustrada historia de amor. Ahora sentía que la situación había pasado de ser triste para convertirse en un diario de suspenso. Una historia que ella debía revelar porque era su destino, o porque seguramente contenía un mapa cuyas indicaciones estarían puestas en clave entre las palabras escritas en alemán. En general, Helena se negaba a agotar la historia. Si era necesario hablaría ella misma con el tío Miguel.

Como no sabía nada de alemán, su primer intento fue traducir palabra por palabra en el diccionario de internet. Pero tenía un problema tenaz, la conexión de la abuela era lenta y al revisar letra por letra, para escribir cada palabra, su espalda se agotaba y sentía la necesidad de volver a la cama. Además, las traducciones que finalmente lograba eran frases locas y sin sentido. Desistió de esa forma de traducción, pero cayó en cuenta que si la conexión no servía para google, menos podría hablar con el tío por Skype. En realidad cualquier cosa que implicara internet era imposible en la casa de los abuelos y a lo mejor las conversaciones de ellos con el tío eran imaginarias.

Más tarde se le ocurrió que podía pedirle a su padre que llevara el diario con un traductor, aunque existía la posibilidad, muy alta a decir verdad, de que él se negara. Esa en realidad no era una opción real. Y ni qué decir de pedírselo a su madre, quien seguramente le daría un discurso sobre el respeto a la vida privada de los demás.

Helena paseaba la mirada de un lado a otro, pensaba desde la cama que podía hacer sin internet, ni diccionario, ni facilidades al mundo exterior, ni nada. Hasta que finalmente optó por una tercera alternativa. Se inventaría un significado para cada palabra. Haría el diario a su medida.

Entonces se inventó una historia, como la historia sin fin. Una en donde el tío Miguel no había terminado el diario porque si lo hacía, significaba que ese día terminaría su vida. Y nadie quería eso. Además, la chica morena sería una chica que cambiaba. Es decir, hoy era morena, mañana era rubia y así. Era un camaleón porque en realidad venía de otro planeta. Era de una raza especial. Igual que la raza de Helena. Por eso ella debería permanecer en cama. Era la única manera de consolidar sus poderes. Ese era el tesoro que guardaba en el estómago y que se le podía salir si se levantaba.

Helena pasó tardes enteras inventando más y más detalles de cómo esta raza camaleónica cambiaba de forma y de color. Pero también podía cambiar por dentro, cambiar su corazón y sus decisiones. Era una especie mágica, porque permitía a quienes fueran dotados con sus poderes hacer de su vida lo que quisieran. Era el poder de cambiar cuantas veces fuera necesario para acercarse más a los sueños.

Finalmente, con esta invención los días fueron pasando más rápido y los tres meses de quietud llegaron a su fin.

El día que sus padres fueron a recogerla, estaba feliz y sonriente. El tiempo había volado y Helena había descubierto la razón de ser de todo aquello. Estaba lista para ser una chica nueva cuantas veces quisiera.

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

6 comentarios sobre “La invención camaleón

  1. Je je je me encantoooo. Me imagino que yo metafóricamente soy amalia jajajaja. Muy muy lindooo cuento y apoyo a Daviiiiiiiii porque me encantó la canción del tio Miguel. Cuando lei la canción tararie la letra jajaja
    Te quierooo infinitooooo

  2. Adrii, que maravilla. .. me sacaste las lágrimas de la emoción. Helena, como mi hijita 🙂 eres lo máximo. Una excelente escritora, tan profunda, original y creativa. Te quiero y te extraño un montón.

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