Regresamos a nuestra casa de El Bote, después de un fin de semana muy celebrado en Bogotá.
Fue el cumpleaños número cinco de Nina, así que viajamos porque ella quería ir a la casa de mi padre a festejar. Sus principales amigos viven en Bogotá y también todos quienes nos han rodeado siempre. La torta de crema y helado que más le gusta se consigue allá (porque allá las hemos buscando siempre) y por eso, antes que hacer venir a todo el combo de amigos y familia decidimos ir nosotros. Por eso, y porque honestamente, aún buscamos ir a Bogotá con mucha frecuencia. Creo que a excepción de Emmanuel y Nina, David y yo seguimos sintiendo que este no es nuestro lugar del todo. Es decir, sí lo es, pero aún estamos «trabajando en esta nueva temporada».
Para Emmanuel y Nina ha sido mucho más fácil. Un día, nuestro vecino Lorenzo (que vive de cuidar una finca y hacer trabajos varios de jardinería y siembra) nos dijo que traer niños de la ciudad al campo era igual que sacar un pajarito de una jaula y soltarlo. Lo dijo haciendo el ademán de lanzar el pájaro al aire para que alce vuelo, de una forma muy romántica que supone que ese pajarito no se ha acostumbrado a que le den la comida y que sobrevivirá solo. Sin pensar en los problemas de domesticar, los chicos han respondido como dos animales salvajes originales. Corren por todas partes sin parar, se meten en la casa de Lorenzo sin permiso a darle de comer a la nueva ternerita y robarle las moras (para dárselas también a la ternerita), se pierden en el paisaje y vuelven sucios como si llevaran sin bañarse desde sus propios nacimientos. Hacen piscinas en la ducha y corren desnudos por la casa hasta que logramos (entre cansados y furiosos) atraparlos para vestirlos. La última gran hazaña es que Nina aprendió a meterle los dedos a la ternerita en la boca, para que se los chupe como si fuera una teta, mientras Emmanuel se monta en su caballo imaginario y las persigue a las dos.

(Casa de Lorenzo. Vista del Yarumo que lo acompaña y que deja sus hojas secas sobre nuestra casa)
Y nosotros, David y yo, ¿qué tan domesticados estábamos o estamos? ¿por qué no funciona igual para nosotros, los adultos de esta familia, ese deleite por esta nueva libertad, esta nueva versión de nosotros mismos? Supongo, sin hacer mucho análisis, que los años nos han hecho menos flexibles a los cambios, tenemos más necesidad de un piso seguro y estable para nosotros mismos y para proveer al resto de la familia. Somos personas con apegos e inseguridades, que se rehúsan a dar cambios radicales más fácilmente que nuestros chicos. (Aunque efectivamente hayamos hecho el cambio, lo que quiere decir que no estamos tan tiesos después de todo). Pero también creo que nuestra identidad lleva más tiempo en formación, y esa formación está construida con relación a personas y lugares que responden de formas distintas, a esa pregunta por ¿quién soy yo?
Y ¿quién era yo? Yo era la que vivía en Bogotá, en la 127, la que se enamoró de David el día de las elecciones al Congreso, cuando Claudia Lopez quedó senadora y nosotros pudimos reconciliar nuestras diferencias, la que acabó una novela que todavía no ha podido publicar, y (ocasionalmente) obligaba a los chicos a ir al parque porque yo lo necesitaba. Era la que hacía yoga diariamente, la que iba día de por medio a la oficina, la que parió a Emmanuel en el cuarto del apartamento que antes era la habitación que arrendaba a mi pareja de amigos Charlie y Stephan, cuando vivía sola con ellos. La que se arrejuntó con David en ese mismo apartamento hace cinco años y pasado ese tiempo fue a cine con él a ver una película que a ninguno de los dos les gustó. Yo era la que añoraba con vivir en el campo hasta que llegué aquí y lloré día tras día, hasta que lentamente dejé de llorar.
Yo era y soy todas esas versiones de mí, esas versiones que han quedado en mi cuerpo, en la memoria de mis células, y que responden parcialmente a la pregunta por quién soy. Parcialmente sí, porque nunca habrá una respuesta definitiva, ni siquiera cuando muera y entonces la pregunta sea respondida por quienes me sobrevivan y en una tarde se sienten a recordar quien fui. Y ese recuerdo también será incompleto, o no, a lo mejor entonces ya no importará. Solo habrán versiones cortas de esa identidad que me resume y que nunca abarcará lo suficiente, que nadie ni yo misma puede responder de forma definitiva. ¿Por qué? Porque cambiar es lo natural, modificarse, sentir distinto a partir de acciones y ejercicios, entrenarse a sí misma hasta ser alguien que efectivamente siente, reacciona, actúa y toma decisiones distintas a las habituales. Así se vaya la vida intentándolo y de vez en cuando una vieja punzada en la panza me recuerde los miedos que siguen latentes, los de toda la vida. Así esos miedos estén en el cuerpo físicamente, el cambio estará sucediendo. Inevitablemente. Siempre estamos “en obra”, porque nada, ni siquiera la creación del mundo y la naturaleza, ha terminado. Lo raro, en realidad, es pensar que sí, que somos proyectos concluidos, redondos y perfectos (a imagen y semejanza de un Dios que tampoco nos hemos acabado de inventar), y en ese camino, creer que hay una esencia, una nuez que responde a la pregunta por quién se es.
Vamos a Bogotá a repasar nuestros pasos y a tomar impulso para seguir por los caminos destapados del campo. Vamos a repasar que hacíamos, qué queremos seguir haciendo y qué necesitamos dejar del otro lado del peaje, de una vez y para siempre (ojalá).

(Nina, Apple y yo)
Llegamos en la noche a nuestra casita roja, los chicos estaban profundamente dormidos en el asiento trasero del carro. Era de noche, hacía frío y el piso estaba encharcado después de un aguacero fuerte. Por fin uno, después de muchas tardes de ese sol picante que quema los pastos y provoca incendios cuando se encuentra un vidrio tirado.
Me bajé del carro a abrir la reja para entrar y Apple, nuestra perrita vecina, vino hacia mí a saludarme. Se recostó sobre mis piernas para que le sobara el cuerpo y comenzó a gemir. No sé si queda claro, pero Apple me recostó todo el peso de su cuerpo en las piernas, al tiempo que gemía entre dándome un saludo y haciéndome un reclamo. Cómo te fuiste tanto tiempo. Pero si solo fueron tres días. Justamente, fue su gemido final y se recostó más. Tuve que correrme para no terminar en el piso. Apple pesa mucho, es una perra grande, labradora dorada adulta. Cuando me dio su peso, sentí que me abrazaba ella a mí. Y me hizo sentir Bienvenida: “Sí, es aquí. Está muy bien que hayas regresado”.
Regresar a Bogotá. Regresar al Bote. Regresar a la versión vieja de mí para perfilar la nueva, parcialmente nueva. Como sea. Regresar supone que ya hemos estado ahí y si alguien nos da la bienvenida, supone también que hemos creado lazos. Lazos de amor. Esa noche, con su abrazo y su gemido, Apple me dio su amor. Y lo más bello es que aún lo hace.
Ahora creo que nos es gratuito que Nina y Emmanuel la quieran tanto, que haya sido el primer animal al que hayan tomado confianza, al que quieran alimentar con cualquier pan tieso que tengan a la mano, y que sea la excusa para muchas de sus aventuras.

(Hoy por tus pulgas, mañana por las mías. Nina y Apple)
Apple tiene un frisbee hecho con la tapa de una lata de pintura que cuando viaja por los aires, recorre toda la montaña, la circunda con su vuelo, y luego cae en la boca de la perra que se queda mordisqueando su tesoro un buen rato.
Hasta que inicie un nuevo viaje.
Un viaje sin final.
No terminamos de construimos, de conocer nuestros miedos, de descubrir unos nuevos pero siempre el camino nos lleva hacia adelante, debemos continuar con la certeza de construirnos con amor y fuerza por nuestros hijos y quien rodea. Un abrazo grande, los quiero
gracias Majo. Me gustan mucho tus palabras Qué lindo sería tenerlos aquí, con las profes y los chicos del Bau. Nina todavía se pone triste cuando oye el himno nacional.
Adriana, me encantó esta entrada también. Sentí una nostalgia enorme al empatizar con tus niñxs ❤ e imaginar lo felices que deben sentirse rodeados de tanta naturaleza. Estoy segura que ese regalo te lo agradecerán siempre. Tus reflexiones sobre tu proceso también son preciosas y comparto totalmente contigo la afirmación de que somos incompletos y estamos hechos de cada una de las personas, experiencias, conversaciones, pensamientos, etc. que vivimos. La parte de Apple es entrañable. Espero ansiosa la tercera entrega de esta aventura =) Saludos!
Muchas gracias por tus palabras. Me emociona mucho escuchar lo que dices porque no me imaginé nunca que este texto pudiera generar esa nostalgia. (y es que no eres la primera que lo dice). Te animo a que leas la tercera entrega, que está totalmente dedicada a Apple, que dicho sea de paso, ahora viene todas las mañanas y se tira en al puerta de nuestra casa solo para mirarnos y escuchar la música que suena en esta casa. 🙂