Estás armada
Estás armada
ESTÁS ARMADA
¿Y cómo no estarlo? ¿Acaso no estamos en una guerra? Eso dicen porque les encanta pensar todo en términos binarios. Los buenos y los malos. Batman vs. El Wason. El coronavirus vs. Los humanos. Qué fácil y simplista a la vez. Pero tú haces caso y por eso, estás armada. Tu arma suena, hace un escándalo de miedo, de fin del mundo y carros volando en un torbellino que se come todo, como hemos imaginado el día del juicio final. Cuando la usas no se escucha nada más, solo su estruendo de aire succionando todo. Aunque te molesta, la valoras como nada. Te hace sentir poderosa, invencible, capaz de monitorear cada milímetro del piso, esa vida de los insectos y hongos que sucede en el bajo mundo y se nutre del tuyo (y viceversa). Tu arma tiene fuerza y sabe comer a bocanadas. Aspira y sus pulmones son tan grandes como el vacío.
Por tu cuenta, jamás llegarías a esas esquinas tan difíciles de acceder, a las moscas que se mueren en las hendijas de las ventanas, a las telarañas del techo, a ese mundo inasible e imbatible. Jamás lograrías nada y menos con una escoba que deja una línea eterna que no es sino el recuerdo de que nunca ganarás. Pero esta vez, la guerra está ganada… o eso te gusta pensar, porque tienes la mejor aspiradora que hayas podido soñar en una casa de campo. Una tanque de guerra contra la tierra que se acumula, los cadáveres de polillas, los esqueletos de araña, las huellas del barro que entró pegado en las botas, la caca de la ternera que vive junto a la casa y que tu hija bautizó Luna. Un tanque de guerra en una guerra perdida, porque ahora vives en el campo y el campo es igual a Tierra. Y la tierra infinita no cabe en los límites de tu aspiradora con pulmones tan pequeños como una caja de trasteo.
A pesar de todo, te empeñas en sacudir el polvo y buscar pequeños momentos de limpieza y orden. Fracciones de segundo, tal vez, antes de que entre la vida a tu casa y con ella, el caos. Antes no eras así, no te importaba tanto y cuando te importaba podías olvidarlo rápidamente, porque siempre y tras de ti, tras de tus hijos y tu marido, había una mujer invisible (algunas veces anciana y otras joven) que silenciosa recogía todo aquello que tiraban a su paso. Una mujer (algunas veces anciana y otras joven) que cocinaba para ustedes los alimentos cosechados en el supermercado y puestos mágicamente en la mesa cada 4 horas. Una mujer (algunas veces anciana y otras joven) que cuidaba de tu familia sin que te dieras real cuenta de su trabajo porque, aunque le pagabas las prestaciones y tenía un salario mínimo, no lograbas entender el significado de cuidar y sostener una familia. Pero ahora… ahora es distinto. Supongamos que el «ahora» empezó hace más de dos años, tal vez tres, cuando un día por fin (y a regañadientes), empezaste a hacerte cargo de tu propio caca.
***
Hace unos días fuiste a la casa de tu vecina Ana Elvia. Una campesina de Tabio que heredó la casa de sus padres y también una parte de la tierra familiar. Ana Elvia le regala a tus hijos feijoas y duraznos dulces que crecen en los árboles de su predio. Ana Elvia ordeña sus vacas en la mañana y al caer de la tarde y vende el litro a 900 pesos al camión que sube cada amanecer hasta aquí. Es un negocio malo y esclavizante, todos los campesinos de la zona lo saben, pero todos lo hacen. Y diariamente sube el camión a comprar la leche de las vacas eternamente preñadas, inseminadas artificialmente cuando no hay toro, cansadas de parir terneros que no alcanzan a conocer, para vendernos esa leche pasteurizada, libre de grasa, libre de vacas, en bolsa y en caja.
Luna, la ternera que permanece junto a tu casa, llegó a la semana de nacer. Era pequeña y peluda. Mugía sin parar. Su mugido llamó tu atención y la de los chicos. Preguntaron. «No la separaron a tiempo de su madre y por eso la llama», dijo la dueña. La llama. Y tal vez llora, y el sonido de sus lamentos se pierden en las montañas de Tabio. Entre los pastos de vacas ajenas que no son su madre. Ahora Luna toma leche en polvo, hasta que le salgan los dientes y aprenda a comer hierba. Hoy saliste con Nina y Emmanuel a saludarla. Le sobaste el lomo, las orejas caídas. La viste a los ojos. Luna olvidó a su madre o se resignó porque ya no muge. Luna toma leche deshidratada, hecha polvo, de vaca pero sin ningún rastro de su origen animal. La misma leche que antes lograron vender a 900 pesos, con mucho esfuerzo. “Diario hay que ordeñar dos veces, en la madrugada y al caer la tarde”. Un negocio malo, esclavizante, todos lo saben, pero todos lo hacen.
Luna te chupa los dedos como si fueran las tetas de una ubre. Y tú la dejas. Su lengua es carrasposa, sientes que los dientes de abajo se asoman, tienes risa nerviosa y sientes cosquillas. La dejas un poco más, porque el momento es tierno y porque te compadeces.

Luna vive amarrada a una cuerda. Cuando llueve agacha su cabeza y las gotas de agua se deslizan por su hocico. La cuerda que la sujeta del cuello, solo le permite moverse en un perímetro de un metro. Con suerte uno y medio. Cuando sus dientes estén formados y sea una vaca adulta, la cambiarán de potrero cada mes (o antes) y ahí podrá caminar dentro del espacio cercado que compartirá con otras vacas. Cuando vas a saludarla, terminas por pisar las plastas de caca que deja en la tierra. Un caminito que empieza en la planta de curuba y termina en la huerta de Lorenzo, tu otro vecino. La boñiga muestra los lugares del potrero donde Luna espera, mientras crece. Y al llegar a tu casa, habrá pasto, tierra y estiércol en el piso.
Es un camino difícil y tal vez innecesario de cruzar, ese de limpiar, pero te alegra el corazón ver el piso recién trapeado y los baños relucientes.
***
En la casa de Ana Elvia descubriste un día que el desagüe de su lavadora da al potrero de la misma casa. Quedaste de una pieza, los pelos parados, los ojos como platos. Ahí estaba el desagüe, un chorro de espuma blanca saliendo por una esquina de su casa, llenando de un blanco tóxico primero la baldosa y después el pasto. «Aquí no hay alcantarillado», te explicó. «Si le dijeron que su casa tenía alcantarillado, le echaron mentiras» (mentiras como agua sucia a la cara).
Pero cuando viniste a conocer la casa que tomaste en arriendo, nunca pensaste en eso y por supuesto no preguntaste. En la ciudad el alcantarillado se da por sentado, dudar de su existencia sería como preguntar si la casa tiene paredes. No hay que pensar en esa tubería, que lleva todos nuestros secretos, la historia oculta del consumo en los hogares. Ni siquiera se piensa en eso, aún cuando se viva cerca a una antigua cañada convertida en alcantarilla abierta, como siempre fue tu caso (De niña vivías junto a un río enorme y muerto que pasaba detrás del barrio y después, viviste al lado de una cañada más delgada pero también muerta). Aquí en el Bote, donde todo da botes sin parar, comprendes que el agua que consumes y se va por el sifón, tiene un destino cercano. En realidad no “se va”, sino que se queda acechante y a la expectativa en algún potrero. ¿Dónde queda el desagüe de tu casa?, te preguntas. ¿Y las aguas negras?, te preguntas. «Su casa tiene un pozo séptico», explica Ana Elvia. «Y las otras aguas llegan al potrero que también está junto a su casa». El agua contaminada, sin plantas de tratamiento, salvajes y putrefactas, saliendo por un tubo que lleva la espuma de tu lavadora hasta otro lugar para vomitar el jabón. Nunca antes habías siquiera considerado esto. Nunca antes. El tiempo de ahora ya no es el tiempo de “nunca antes”.
Tu jabón es biodegradable en un 99.9%, dice el fabricante. El shampoo es en barra. La crema dental es aceite de coco con hierbas. Y para limpiar usas vinagre y bicarbonato. El curso de lo sostenible, lo empezaste hace un rato, cuando la falta de dinero y la presión de David hicieron que comenzaran a hacer el aseo de su casa. Pero NUNCA ANTES habías visto los efectos que hacen todos esos productos en la tierra, ni habías realmente considerado que limpiar la superficie puede destruir lo profundo.
Contaminar la tierra y mirar hacia otra lugar era aparentemente fácil en Bogotá, o tal vez allá solo estabas más anestesiada. Aquí entiende que el agua jabonosa realmente contamina el agua que nutre las plantas y el pasto para las vacas. Las aguas subterráneas y las quebradas.
Días después, David y los chicos irán a conocer el vertedero de agua de su casa y de paso bajarán los duraznos del árbol del mismo potrero. No huele mal y eso es positivo. Saber que el jabón no es un tóxico te alivia, pero… no es fácil. Nunca antes y nunca más, te dices y suspiras esperando que el agua jabonosa de la casa de Ana Elvia no toque tu huerta, aunque de antemano sabes que también llegará ahí. Y llegará al río y también al mar, y entonces habrá que renunciar a tener la ropa perfectamente limpia, sin machas que solo el cloro saca o sin los olores aceitosos de los suavizantes, si queremos que el agua podrida no sea nuestro delito y nuestra condena.

Y renunciarás a estar dormida. Entenderás que en el “nunca antes” vivía en la comodidad de tu existencia, esa donde se está sin calcular los efectos colaterales de las decisiones.
Y el “nunca más” será la renuncia constante que tendrás que enlistar y anotar en un papel imaginario donde las acciones serán muchas,
pero
cada vez
tendrán
raíces más sanas
y
profundas.
.
Te felicito por los «nunca antes» y los «nunca más», todos vamos recorriendo nuestro camino y llevando nuestros propios procesos, una vez las semillas están sembradas es que pueden empezar a crecer y ser visibles para otros también, así configuramos nuestra nueva realidad, una que nosotros elegimos y no la que nos fue impuesta. Un abrazo muy grande para los 4 🤗
Gracias por estas palabras. Y gracias a ustedes cuatro también por enseñarnos nuevos caminos, sin quererlo. Solo con la amistad hemos aprendido un montón de sus luchas con la educación y cada vez nos hacemos más preguntas en ese escenario también. Los queremos mucho 🙂
“Y renunciarás a estar dormida”
Gracias x compartir tus despertares, tus “nunca mas”.
Me sentí muy identificada con la aspiradora, esa batalla que libramos sabiendo que está perdida de antemano, pues la naturaleza de las cosas (sobre todo cuando vivimos en lugares “menos controlados” x el hombre ) pulsa por ser, existir, estar presente, siempre, centrimetro a centrimetro, aun cuando hayan perdido la vida.
Te abrazo y gracias x compartir tus sentires. Lindo e inspirador!