Las hormigas, las maestras

Pongámonos en situación.

Soy una niña. Me llamo Adriana y de vacaciones, con mucha frecuencia visitamos la familia de mi padre que vive en Neiva. Neiva es tierra caliente. Muy caliente. Todo el año. De día y de noche. Un valle en Colombia, ubicado entre la cordillera central y la occidental, en el fondo profundo de las montañas, donde el calor no puede escapar.

Un plan para refrescarnos es ir a tomar guaparo.

El guaparo es jugo de caña de azúcar. La caña tiene la forma de una escoba larga y verde, pero sin el peinado punk de las escobas (¿lo han notado?). Para sacarle el jugo, las personas meten la caña en una prensa que la aplasta hasta que le sale toda el agua. El jugo ya viene dulce y color amarillo quemado.

Un burro se encarga de girar la prensa, cuando camina en círculos amarrado a ella. Así, mueve el molino y hace el guarapo para nosotros. A mí me gusta el sabor y también me gusta el burro y siempre que puedo le acaricio el pelo (me pregunto si tendrá momentos de salir a jugar como un ser libre). Contra todos los pronósticos, el lugar del guarapo es fresco porque el Río Magdalena pasa a su lado, y trae la brisa y humedad del páramo de las papas.

El dulce de la caña y los afrechos, o sea la caña aplastada, llaman un montón de bichos que siempre están volando alrededor, embriagados por el dulce, el fermento. Es como un bar junto al río. Muchos pájaros llegan atraídos, los Colibrís Chupasavia van de primera porque son tremendos borrachos. Seguro también hay ratones, cucarachas y otros animales con baja reputación que también aman el dulce. Las abejas… ufff… son las más atrevidas. Si no te fijas, se meten directo en tu vaso de guarapo.

Noto que me rasca un tobillo. Me rasca intensamente. Cuando bajo mi mirada, el zancudo sigue ahí, chupando, chupándome. Lo aplasto y me queda una mancha de mi propia sangre en la piel. Me alegra haberlo matado mientras comía. Me agacho para entregarme a la rasquiña, cuando veo una fila de hormigas. Dos filas, para ser exacta. Una va y la otra viene. Las que van de regreso, cargan trozos de hojas que han cortado, para llevarlas a su nido. Las otras vienen por más. En el grupo, se puede ver un combo de hormigas cargando entre todas, un señor cucarrón. Hay quienes llevan un pedazo delgado de tronco o una flor podrida. Sigo con la mirada aquellas que regresan con las viandas para todas. Su trayectoria es larga y tiene momentos retadores, especialmente donde hay mangos reventados que cayeron desde lo alto de los árboles (repletos de moscas y otras hormigas) o alguna caca de perro.

En el camino de las hormigas hay un árbol, sus raíces han roto el cemento del suelo y están expuestas como cordilleras bajo tierra. Es un árbol grande, un Samán, con ramas que se extienden horizontalmente haciendo una gran sombrilla. El Samán es muy grande, debe ser uno de los seres vivos más antiguos aquí, después del río. Seguro llegó como semilla volando, traída por el viento o en la panza de un pajarito, hace cientos de años.

En el Samán están las mismas dos filas que he seguido. Son muchas, millones de hormigas. Solo en el tronco hay más hormigas que humanos tomando guarapo. Humanos, pájaros, perros y el burro, todos juntos. Tal vez los únicos que pueden igualar las hormigas en cantidad son los zancudos. (El tobillo me sigue picando, fatal) Claro, porque estamos hablando del reino animal. Qué si metemos plantas y hongos, la competencia se pone muy desigual.

Ahora mismo no lo sé, pero cuando tenga cuarenta años, leeré un poema titulado Ant Familias de la poeta australiana Meera Atkinson, y entonces sabré que las hormigas tienen tres diminutos ojos sobre su frente y, sin embargo, son casi ciegas. Ninguna tiene cerebro y, sin embargo, juntas pueden construir pensamientos y acciones, tejer un nido, comunicarse y alertarse mutuamente a través de feromonas. Se parecen a mí en algunas facetas. Ninguna de las células de mi cerebro puede imaginar, y, sin embargo, juntas forman este texto.

De regreso al Samán, mi hermano mayor, también atraído por esta fila de movimientos circulares, se acerca. Le cuento, sin que me haya preguntado, que las hormigas no se comen nada directamente, sino que hacen una gran masa de fermento, con todo lo que llevan, hasta el cucarrón. Y luego, se alimentan de ese hongo cuando esté listo, porque es la mejor forma de digerir todo aquello. Las hormigas son más antiguas que los humanos, en la historia de la evolución de la vida, y claro, nos llevan un montón de tiempo cocinando y jugando con las levaduras para comer, beber y hartarse de placer.

Mi hermano me escucha y luego hace algo que no me espero. Elige una hormiga y ¡zuuuup! le quita la hoja que lleva y la tira al piso. Luego, elige otra y hace lo mismo. La acción se repite dos, tres, cinco veces más. Me enfurezco. Oyeeee, pero qué haces, grito y lo empujo con todas mis fuerzas, pero mis fuerzas no son todas las que necesito, porque mi hermano escasamente se corre unos milímetros. Me mira y se ríe. Eso me enfurece aún más. Entonces toma otra hoja y la suelta de la hormiga que la ha cargado por quien sabe cuántos metros, cuantos pasos de distancia. Estoy roja y rabiosa, nuevamente lo empujo y fallo. Mi hermano se ríe más y me dice, Ayyy no seas tan intensa. Estira su mano, elige otra hormiga y ¡zuuuup! Le quita el trozo de flor y lo tira al piso. Yo que soy menor en fuerza, tamaño y edad, me siento muy impotente porque, aunque peleo, no puedo hacer nada. Entonces decido golpear a mi hermano, lo pellizco fuerte y eso le duele, así que se desquita con las hormigas. Elijo seguir pegando y le jalo el pelo. Esta vez viene hacia mí y me hace lo mismo. Me duele mucho, muchísimo, lloro con fuerza y mis lágrimas se mezclan con un chorro de mocos que salen de mí y no sabía que tenía guardados. Mi hermano va directo a las hormigas y les quita las hojas, flores, cucarrones, trozos de mango, afrecho de caña y los tira al piso. Su mano es una avalancha que arrasa con todo su trabajo, esfuerzo y alimento.

Acudo a mi familia.

Les grito que necesito ayuda. Explico entre sollozos lo que está haciendo él, lo señalo, lo empujo de nuevo, impotente. Mi familia me dice que no llore por eso, que no es para tanto. Le dicen a él que no me moleste, y eso es todo. Nadie se levanta de la silla para ayudarme. Nadie aboga por las hormigas, nadie le dice No hagas eso, ellas han hecho un trabajo increíble y tú no lo puedes destruir en un segundo. Piensa en lo que tú sentirías en su lugar.

Pero las hormigas no sienten individualmente, no tienen cerebro, actúan en grupo. Si una hormiga pierde su cosecha, regresa y va por más. Seguramente, si se trata de un ataque masivo, alerta a las otras, comunicándose a través de feromonas que viajan por el aire, para hacerles saber que deben detenerse, esperar, desviar o picar, si pueden, a los atacantes. Mis neuronas tampoco sienten individualmente, pero todas juntas hacen que yo me retuerza de dolor y rabia. Dolor y Rabia, porque en la mesa, donde están los adultos, nadie considera que mi reclamo es importante.

Decido alejarme del árbol, las hormigas y toda la situación. Tal vez si me voy, mi hermano deje de hacer lo que hace. Su problema no es con las hormigas, las ataca a ellas, para molestarme a mí. Me escondo en el baño y lo observo marcharse aburrido. El juego ya no tiene gracia.

Al momento nos vamos del sitio, parece que nuestra pelea aceleró el tiempo y ahora todos tienen mucho afán de llegar a otro lado. En el carro, tengo que dejar de llorar a fuerza, porque mis primos se ríen y me siento ridícula por sentir lo que siento. De pronto, soy una niña muy pequeña, estúpida, que no sabe diferenciar lo que es importante de lo que no, lo que merece mi llanto de lo que no. No importa que cumpla 11 en poco tiempo, ni que tenga cicatrices de mis hazañas o que pueda ganar en algunas competencias contra mi hermano. Me he hecho tan pequeña, que quisiera desaparecer.

***

Treinta años después soy madre de un niña de 8 años. Se llama Nina. Hoy, al regresar de la escuela, llega llorando. Entre sollozos dice que, escondida en una sombra del salón de clases estaba una mariposa negra. Estaba, en pasado. Ya no está. Una mariposa que no es mariposa sino polilla y que no es negra, sino de colores cafés y grises, con formas en sus alas. Una polilla que no es de mala suerte, aunque todos digan que sí, y que atrae la muerte y el mal de ojo. Y que estaba ahí, escondida en la sombra, tranquila sin molestar a nadie. Pero muchos ojos de niños y niñas la vieron y se sintieron amenazados por su presencia. Y muchas manos decidieron buscar una escoba. Y una voz dijo que la mataran. Y una niña pequeña, de apenas primero primaria, decidió aplastarla con la escoba, haciendo caso a lo que la voz decía. Y Nina estaba ahí. Impotente. En su desespero dijo con un hilito de voz, Déjenla en paz. No la maten. Pero nadie la oyó. La mariposa negra, la polilla de colores tierra, cayó al piso, fulminada por el golpe. Unos dedos la agarraron con asco y la sacaron por la ventana abierta del salón.

Nina se hace un río de lágrimas tristes. Su historia y la mía se encuentran como dos fuentes de agua, que al unirse forman una más grande y fuerte. Un ancho caudal que llegará a un mar salado y antiguo, donde se originó la vida sobre la Tierra. Donde animales como hormigas, polillas y humanos encuentran su ancestro común.

La abrazo con fuerza. Mis neuronas individualmente no pueden recordar, pero todas ellas forman una película, un momento que está en el pasado, en mi infancia, y que sabe exactamente lo que está sintiendo mi hija. Qué reconoce en sus lágrimas, las mías. Le ofrezco lo que quise recibir de mi familia, ese día, treinta años atrás. Le ofrezco empatía por aquello que siente. Empatía a pesar de que yo también he aplastado hormigas y creído que las mariposas negras son amenazantes. Porque nadie tiene una sola faceta y relación perfecta con el mundo. Porque todos matamos y somos matados, comemos y somos comidos. Todos. Y, sin embargo, tenemos derecho y permiso a sentir y cuestionar con genuina curiosidad, cuando los actos de otros, o nuestros propios actos, reflejan esa premisa de que el resto de los habitantes de esta Tierra, no valen tanto como los humanos y por eso, estamos fuera de esa red.

***

En el calor de Neiva, es obligado ir a nadar. Junto a la casa de la tía Digna, en el barrio la Cordialidad, hay una piscina pública abierta hasta tarde. Vamos allá. Mi mamá me ayuda a ponerme el vestido de baño. Está especialmente cariñosa y yo especialmente antipática. Me siento traicionada por lo sucedido, sobre todo, traicionada por ella. De mi papá no esperaba nada diferente. Siempre que lloro no importa por qué, me regaña. Mi hermano me busca para jugar y me charla de cualquier cosa. Entramos al agua y, aunque sigo triste, mi cuerpo sabe que es una pelea perdida, que debo aprender a no llorar por eso, tal como me lo dijeron (efectivamente, durante muchos años, logro neutralizar aquello que siento). Pronto estamos haciendo caballitos de guerra y nos reímos tanto, que se me olvida la rabia. Bueno… no se me olvida del todo, en un momento, le lanzo una ola de agua tan alta a mi hermano que lleno con ella toda su barriga, esófago, boca y nariz. En medio del juego, no se sabe quién fue, y puedo esconderme detrás de mis primos mayores.

En la noche, mi hermano tiene dolor de barriga y me arrepiento de hacerle tomar agua a propósito. ¿Habré actuado igual que él al llenarle el cuerpo de agua de piscina?

***

Días después, la tristeza por la muerte de la polilla se pasa un poco, y Nina tiene el valor suficiente para preguntarle a Matías, el niño de la escuela, porqué pidió que la mataran.

¿Por qué?

Matías la mira con asombro, también con curiosidad. ¿Acaso ella no lo sabe? Entonces le responde, con la voz más tierna del mundo. ¿No ves que podía hacernos daño?

Nina se queda en silencio. Ahora tiene más preguntas que antes. Más preguntas y también un montón de sentimientos que se hacen un remolino en su panza. Ella misma dice, cuando me lo cuenta más tarde, ¿Qué le habrán dicho a Matías, en su casa, de las mariposas negras? A Matías y a todos los de la escuela? Sobre las polillas, las hormigas, las vacas, los burros, los hongos, las plantas, la caca, los tréboles etc, etc.

Si nuestras culturas tejidas construyen relatos del mundo ¿Cómo hacer para que en sus conexiones cambien y cuestionen esos relatos aprendidos que rechazan, silencian y limitan? En la curiosidad, unas respuestas. En las preguntas que nos lleven a más preguntas. En el acto de conocer y reconocer nuestros sentidos y sensaciones en el cuerpo, y en relación a otros cuerpos, humanos o no, muchas respuestas. Revisando el pasado, para imaginar el futuro.

Las hormigas hacen conexiones y mundos llenos de complejos laberintos, cocinan su alimento, se avisan cuando hay peligro, sin cerebro y casi, totalmente ciegas. Su comunicación sensorial, de olores y hormonas que vuelan por el aire, las conecta entre sí y juntas, son un ser que habita el mundo externo. Sobre y Bajo tierra. Juntas son un ser poderoso, magnifico, potente. Les humanes no somos hormigas, pero también somos interseres. En nuestra posibilidad de ser individualmente hay tantos poros, hongos, bacterias, microorganismos, conexiones, que parece inútil seguir pensando que podemos considerar nuestra existencia sin relación al resto. Roca, piedra, agua, guarapo, samán, perro, burro, mango, hormiga, polilla, mariposa, pájaro. Somos con el todo, gracias al todo, dependientes del todo, e identificables individualmente, como cualquier otro ser que habite esta Tierra. ¿Cómo hacer entonces para crear un colectivo con el resto del mundo, en donde nos permitamos escuchar y dignificar la voz de lo pequeño, lo repulsivo, lo baboso, lo peludo, lo femenino, lo queer? ¿Para que todo tenga espacio y sea valorado, así no nos guste y tengamos conflictos con aquello?

Por ahora, por hoy,

se me ocurre,

contar este cuento.

Y acudir a las hormigas, como maestras, guías del camino, más antiguas en la evolución que nosotres. Sobrevivientes y astutas. Ellas traen hoy, sus respuestas a estas preguntas.

Respuestas sin palabras, sin cerebro, sin individualidad.

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

Un comentario en “Las hormigas, las maestras

  1. Me leí el cuento de las hormigas yo soy del campo y llevo 36 años en Bogotá y el cuento me llevo a mi miles todo lo que cuenta Adriana lo viví gracias y puedo volver a vivir en el compo donde pueda respirar aire limpio y aler la naturaleza y muy chévere el cuento Adriana y gracias

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