El LUGAR INTERMEDIO

Tal vez el otro lado existe

y es también la mirada

y todo esto es lo otro

y aquello esto

y somos una forma que cambia con la luz

hasta ser sólo luz, sólo sombra.

Fragmento de Máscara de algún Dios. 

Blanca Varela

La experiencia de existir está en un lugar intermedio. 

El afuera es aquello que nuestros sentidos humanos sienten, cuando sienten el afuera. El afuera es aquello que no es nuestro propio cuerpo, aunque la piel que nos separa sea porosa y permeable. Adentro es tocarse el ombligo y sentir que la panza se hunde. 

Hay un cuerpo mío y muchos que no son yo. Los límites son necesarios para que la experiencia vital sea posible. Pero los límites también son borrosos.

Afuera y adentro son palabras. 

La palabra afuera y la palabra adentro, parecen anteponerse. Y en algunas de sus esquinas, las esquinas de las palabras “adentro y afuera” son antónimas

Pero, si las palabras son figuras geométricas y tienen muchas caras, muchas pero no infinitas, entonces afuera y adentro pueden ser conceptos distintos y ser, en otro lugar del cuerpo-palabra, parte de lo mismo. Pueden compartir, por ejemplo, un lugar intermedio en donde los ángulos de las figuras geométricas, que son las palabras, se componen de las mismas líneas, que a su vez, son muchos puntos unidos llenos de portales abiertos.

Los portales abiertos que hay entre los puntos de las líneas son universos y como universos, parecen infinitos. Pero a su vez son un cuerpo, uno con límites posibles de tocar. Un cuerpo que puede dibujarse y estar tan cerca de otro, que se funden en sus límites y forman líneas compartidas, figuras, palabras. 

Pienso en estar adentro e imagino mis propios órganos. El tejido de mis músculos, la red eléctrica, las venas, la estructura de huesos grandes y pequeños. 

El mundo de órganos, dentro de mi propia piel, me ayuda a percibir el afuera, y también es el afuera. El afuera de otros seres que habitan dentro mío, la microbiota, las bacterias, toda la gente que técnicamente no son yo, pero también son yo y sin las cuales yo no existiría. 

Es la misma experiencia de vivir en esta Tierra y al mismo tiempo, Ser esta Tierra.

Nuestro intercambio entre mis habitantes y yo, hacen este cuerpo que soy. El cuerpo que soy es materia. La materia dialoga con otros seres, se crea a partir de tejidos que sostienen su adentro y crean un afuera. Los tejidos son límite y vínculo. Los tejidos son las hamacas que se guindan entre las columnas de las casas, las hebras que forman el tapiz. Los tejidos son el lugar intermedio. La energía.

Pienso en la materia. 

La materia es tangible, pero también imposible de asir, imposible de atrapar con un puño cerrado. 

Si la materia es aquello que toco y también es aquello que atravieso, como el aire, el oxígeno en la sangre, el sol en la clorofila, la gente que me habita, el espíritu. Si el espíritu es lo divino, el alma de todos los seres, entonces la materia también es el adentro. 

La materia también es espíritu y es la divinidad en la Tierra. 

Es la energía que hace posible la materia misma, sin ser materia. 

La energía es Dios. Dios es todo lo que toco y lo que se escapa a mis sentidos. También es, el lugar intermedio entre el eterno reciclaje de las moléculas, los espíritus y las historias. 

Afuera y adentro, se diluyen entre las distintas capas de la existencia. Y sin embargo, seguimos teniendo cuerpos identificables, con una percepción única del mundo, única y compartida. 

La percepción no es igual para todos, aunque hay puntos de intersección. 

El biólogo Jakob von Uexküll también pensó en esto hace rato, y le puso un nombre Umwelt, es decir el mundo perceptivo subjetivo y único que experimenta un organismo, moldeado por sus capacidades sensoriales y cognitivas específicas.

Los humanos tenemos un umwelt, una experiencia particularmente humana que nos permite tocar, ver, oler, digerir, transformar, imaginar. Esa experiencia se complementa en sus intersecciones con otros mundos de seres no humanos. Mundos longevos o fragmentados, donde no solo la perspectiva o la dimensión de cada habitante cambian. Cambia el tiempo mismo, cambia el espacio, la tierra que alimenta, el erotismo que mueve, la materialidad de lo que coexiste y es necesario para estar aquí. 

La Tierra se compone de todos los encuentros de todos los mundos. Los encuentros también conectan nuestros espíritus, y entonces lo divino crece. Se ensancha.  

Dios es todo lo que toco y lo que se escapa a mis sentidos, a mis historias, a mis umwelts.

La percepción subjetiva, única y conectada, se me antoja como ese mundo intangible que contiene y es contenido por la existencia material. Un mundo que necesita un cuerpo que lo evoque, pero no es ese cuerpo, aunque se nutre del mismo y viceversa. 

El lugar intermedio. 

El lugar no lugar, alma o espíritu, hamacas e hilos, tan grande y complejo que es el mundo mismo. Uno solo.   

El lugar intermedio es una experiencia colectiva y particular, con los seres y personajes que otros cuerpos también crean, imaginan, aman, honran. Son los portales que se abren entre la espesura del aire, los edificios y los carros, el caos y el silencio, los muertos en la guerra, las ranas croando en charcos estancados, la gente que nace, los monos que sueñan abrazados por la rama que los sostiene, el aire calientico que recibe a los viajeros que bajan de las montañas, las rocas en su eterna oración. Los bosques que son un solo ser y charlan bajo tierra. Salmones que migran río arriba. ¿A quien ofrecen sus momentos finales, cuando después de desovar y hacerse rojos, mueren y nutren el agua? ¿A quién sino al agua misma que los vio nacer? Y el agua, a quien se entrega cuando baja por los caudales y se purifica al golpearse con las rocas? ¿A quién sino a las rocas mismas que son el sostén, la estructura de esta Tierra?

Los mundos dentro del mundo, que son el mundo mismo. Uno solo.

El lugar intermedio abarca todas las experiencias de la historia de este planeta. Es el espacio narrativo y creativo entre el adentro y el afuera. Las múltiples formas cómo la Tierra ha encontrado maneras de decir “yo”. 

Decir yo, como decir “nosotros”. Abrir el lugar intermedio, como las puertas de un armario y buscar la trama que junta nuestra existencia con todas las existencias. Crear puentes que nos recuerden que no estamos solos.  

*

Sembré 80 árboles. 

Sembramos

cuatro manos, dos piernas, cuatro ojos, veinte dedos y 

un destino.

No son árboles, son arbustos, pero son ochenta. 

Los sembramos en pasado, 

Ahora están sembrados, en presente. 

Estar sembrado. Estar en un lugar

en un suelo, con las raíces entrando

en movimientos que danzan

se abren camino

pero también se abren

al camino, 

eróticamente

en contacto y desnudas

a los microorganismos que habitan 

a las lombrices que hacen túneles 

lugares intermedios, 

para que pasen las corrientes de oxígeno

los espíritus transparentes entre el negro.

Echar raíces es sembrar la sangre, 

la sangre del cuerpo de una mujer

la sangre nido, sangre abrigo, 

cobija y ruana, 

cocina y olla

sangre preparada para un banquete que

se le ofrece al suelo, donde existe.

Porque existe con ese suelo.

Ese suelo que no es ella, pero también es ella.

Y ofrenda 

su propio tejido

la historia de los mamíferos. 

La memoria de los cuerpos

vertebrados.

Fueron 80 árboles

que son arbustos

arbustos de Mermelada

que hablan el idioma de las flores dulces

llaman a los pájaros 

Espíritus de seres muertos

vivos como espíritus

como colibrís.

*

El 31 de mayo del 2026, mi mamá cumplió diez años de haber muerto.

Es decir, hace diez años el cuerpo que conocí y nombré como Madre, se transformó. 

Mi mamá está en el lugar intermedio. Donde, a veces, o paralelamente, también estoy yo. 

En el lugar intermedio nos encontramos, nos amamos, aunque no nos tocamos, sí nos sentimos. 

Creo que creemos mutuamente en la existencia de la otra. 

*

Queridas gentes, gracias por leer. 

Hoy les ofrezco estas ideas escritas en distintos tiempos. Con su propio orden y caos. Justamente como los tiempos que estamos viviendo. 

Inicié la escritura de este texto hace varios meses. Meses cercanos al final de mi texto anterior. Me emocioné con la idea del lugar intermedio, como un lugar no lugar de donde salen las ideas, nacen las canciones, donde están nuestros muertos o las oraciones de las montañas, los tejidos de las arañas, y los diálogos de los hongos, la memoria del agua. Una amiga me habló de esto y yo comencé a jalar de ese hilo. 

El hilo fue haciéndose largo, con otras ideas de adentro y afuera, solo para quedar atrapada en una red muy compleja. Una red donde todo parece diluirse y sin embargo, este cuerpo que soy existe y también el de ustedes. 

Pero luego, en la cotidianidad, el texto se fue perdiendo entre los días y los meses que hay en la mitad del tiempo, entre las primeras letras que puse y hoy. 

El escrito no lograba salir del lugar intermedio al papel. Para lograrlo, tuve que sumergirme y ayudarle. Por el bien de ambos. 

En el tiempo a escala humana, pasaron varios acontecimientos importantes. 

David, Nina, Emmanuel y yo compramos un terreno aquí, en Río Frío.

Río Frío, Río Mío.

Esta vereda nos vio llegar, y ha sido nuestro mapa y nuestro camino. Compramos el terreno en el mismo lugar que nos recibió. El Bote. Hace casi siete años, reactivé este blog para escribir cómo estaba siendo nuestra llegada. En ese entonces dije que el nombre del sector de la vereda era un presagio de todo lo que estaba pasando en nuestra vida. Y ahora, es también el inicio de un nuevo camino. Otro bote, esta vez para sembrar la sangre aquí. ¿No es acaso demasiado hermoso?

Mi papá nos ayudó a comprarlo y también mi mamá, quien dejó una herencia para nosotros, antes de irse. 

Estamos muy felices. Es un regalo enorme. 

En la tierra, sembramos 80 arbustos de Mermelada. Tres jornadas apoteósicas de abrir huecos, poner abonos, cubrir el suelo, llenar de amor. Las vacas del predio vecino se comieron una parte, las flores que despuntaban, los brotes nuevos y jugosos . Era algo predecible. Pusimos las Mermeladas en la medianía, es decir, el lugar intermedio entre nuestro terreno y el vecino. Las vacas no conocen de medianías y sus lenguas son largas como jirafas.

Nombramos a nuestra tierra, El Cuenco, porque la topografía tiene un desnivel que es hondo en el centro, porque el espacio nos contiene igual que un abrazo a un pajarito que se alza, ahuecando las manos. 

Estos somos David y yo, el día que firmamos la escritura. Atrás y bajo los cuatro pies: el pasto. A mi izquierda, un inclinación montañosa, la fila de árboles que marca el límite del terreno que ahora es nuestro y nosotros, suyo. Por el lado derecho, el techo de la casa de un vecino que no vive ahí, pero tiene un empleado que todas las noches prende las luces de la casa, y la fila de árboles de Eugenia que separa, ilusoriamente, nuestras tierras.

También hubo otro acontecimiento importante. Las elecciones en Colombia. Para expresar un poco tanta confusión, escribí una carta a una amiga. Les comparto aquí algunos extractos, con pequeñas variaciones:

“Me conmovió saberte tan triste y entender que yo también estoy triste. Una noche soñé que le decía a Nina y a Emmi, «perdón… perdón por haberlos traído. Yo no sabía que las cosas iban a ser así». 

Y sin embargo. 

Y sin embargo, ahí están, justo ahora, jugando a cocinar con las plantas y alimentar perros de peluche que llamaron Empanada, Paleta y Brujita. Eso también está pasando. Pero me entristece saber que estos tiempos están siendo tan confusos, turbios y que todas las personas estamos ahí, y todos los seres de esta Tierra, siendo parte de esa colección de emociones y tiempos, de acciones y omisiones que hacen el collage de este momento. 

En ese collage está la ternura, la amistad, el amor, la compañía, el río que sigue corriendo y se hace grande o delgado, según las lluvias. Está la guerra, la extrema derecha, la IA, la ingenuidad de que la tecnología nos salvará del colapso ecosocial. 

He estado escuchando mucho The Emerald, y me pregunto dónde está el final del ruido, de la tormenta. El momento en que alguien toca la flauta en medio de una colina arrasada, y los ánimos se calman. No lo sé. Tenemos poca paciencia los humanos y deseamos finales concluyentes. Pero no es así. Casi nunca es así. Como dices, el tiempo se siente en cámara lenta, pero es a máxima velocidad para los tiempos de la Tierra. Pero sí, aquí se siente en cámara lenta. 

También es un alivio que así sea. No quiero acelerar nada. Quiero tener una buena vida y que la gente que amo, tenga buenas vidas. Por gente, incluyo aquí a todos los seres de esta Tierra, hasta los que no puedo contener en el puño cerrado.

Confío en el Tiempo, como un gran Dios que se encargará de restaurar el equilibrio. El Tiempo es un alivio, porque él se encarga, con su conocimiento antiguo y su paciencia, de hacer que todo caiga y todo nazca. Tiene la sabiduría de su propia existencia, aunque en nuestro cotidiano, el tiempo parezca un reloj que marca las horas de la vida, con sus desafíos, sus alegrías y dolores… en fin. 

Las elecciones fueron un punto de quiebre con mi familia. Discutí con mi papá y mi hermano. Me sentí ofendida y cansada de esconder quien soy solo para no incomodar, porque decir lo que pienso, lo que deseo, así nos cueste la comodidad, es ser comunista, petrista, es ser reducida y no escuchada. Con el paso de los días, también los extraño y los quiero. Ellos no son solo eso y lo sé. Pero ellos también son eso, como muchas personas están siendo eso: radicales y extremistas. Adeptos al discurso del miedo, la tecnología, el crecimiento infinito. 

Los extraño y los quiero. No sé como cambiar nuestra relación, por una donde los vínculos sean respetuosos.

Quiero poner la energía, el tiempo y el amor, en eso que quiero cuidar más. La ternura radical, los espacios de libertad en donde se permite hablar y ser, dónde quiero que Nina y Emmanuel crezcan y sean, donde la Tierra tiene espacio y es nuestra Diosa y no un recurso desechable. 

Quiero un mundo, donde todos desaprendemos lo que somos y vivimos de otras formas. 

Sí, más empobrecidos, seguramente. Reconozco que la idea me da miedo. No sé cómo vivir con menos agua, menos energía, menos recursos. Solo pienso, “has parche”. Júntate con otras gentes, no permitas que Emmanuel y Nina crezcan imaginando que lo deseable es ser independientes, con sueldos que les permitan pagar todo solos, como si conseguir plata fuera lo más relevante de la vida y hacer sus deseos realidad a toda costa. 

Mentira.

Los deseos también están en el lugar intermedio, y tienen que cruzarse con los otros deseos, de quienes también existen en esta Tierra y no son solo humanos, y también son humanos. 

Solo hay una cosa cierta:

Esta tierra herida, sigue estando viva. 

Y nosotras también. 

mientras el Tiempo pasa y nos pasa”. 

*

Gracias siempre por leer,

Sus lecturas y su tiempo, en el lugar intermedio de los días que componen sus vidas, es un regalo infinitamente grande.

Publicado por Adriana Puentes

Me gusta pensar en la vida como un viaje en bicicleta. Viento en la cara, el cuerpo a tope de placer y movimiento, amigxs en cada parada y naturaleza viva, conectada, en transformación y conexión. Estoy convencida de que estos viajes, así como la vida en sus diferentes capas de complejidad y diversidad, son políticos, y que, en el diálogo y la apertura de los sentidos, hay un enorme poder de creación y cambio. Creo en la planeta que somos y en nuestro deber como animales humanos de ajustarnos a los límites del mismo. Creo en la simbiosis, como la forma de evolución que no parte de la supervivencia del más fuerte, sino de la cooperación y la comunidad como fuente que sostiene la vida. Me gusta dibujar, escribir, bailar, moverme. Además soy mamá.

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